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miércoles, 31 de mayo de 2017

El ranger filósofo



Me gustan los western por la recreación imaginaria del viejo oeste norteamericano. Ficción y realidad se mezclan en la conquista de un vasto territorio. A veces desértico, otras rico en ríos, manantiales y minerales. El paisaje se confunde con la inmensidad misma. Llanura sin fin para decirlo con el poeta potosino, Manuel José Othón. El ferrocarril abrió las puertas a lo ancho y largo del duro territorio comanche, pero la disputa entre lo “salvaje” y la “civilización” continuó a lo largo del siglo diecinueve. Aunque el género cinematográfico predomina en interpretaciones historicistas, hay una vertiente que reinterpreta el western de manera contemporánea. El escenario tradicional es escenificado por vaqueros, indios y forajidos; el contemporáneo también es de rangers, indios y forajidos. En unos luchan por la riqueza y la promesa del progreso, en los nuevos sobreviven desde la pobreza, pero en ambos, siempre hay violencia. Todo se resuelve tan fácil en un western, sobre todo, si es a punta de pistola. En las historia del viejo oeste las fronteras son difusas entre Estados Unidos y México. Más que diferencias, aparecen dichos territorios, integrados por la economía, la migración, el narcotráfico, y amplios territorios despoblados. El paisaje del desierto es un protagonista tan importante como los actores mismos. “Los tres entierros de Mequiades Estrada” (2005), dirigida por Tommy Lee Jones y escrita Guillermo Arriaga, es un buen ejemplo del género.
Hace algunos meses, disfruté el western contemporáneo, “Hell or High Water” (2015), dirigido por David Mackenzie y escrito por Taylor Sheridan. Alejado de la prosperidad de las principales urbes texanas, la historia nos cuenta la travesía de dos hermanos que luchan por rescatar la hipoteca de una propiedad familiar. Sumidos en la pobreza, no pueden pagar la cuentas. A punto de confiscarles la propiedad, el banco amenaza con quitarles las tierras. Sin nada que perder, los hermanos Toby y Tanner Howard se proponen robar los bancos de la misma compañía a la que le deben dinero, el Texas Midlands Bank. La premisa encaja, y funciona bien, en el adagio popular: “ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. Con ese propósito, asaltan sucursales en modestos pueblos polvorientos. Desde el principio, un improvisado mensaje callejero en las espaldas del banco, advierte el presente estadounidense: “Tres vistas a Irak pero no hay rescate para personas como nosotros”.   
A diferencia The Big Short (2015), una película que narra los momentos decisivos del fraude bursátil y la caída de la bolsa en 2008, los protagonistas de “Hell or High Water”, no son banqueros, ni utilizan finos trajes y mucho menos trabajan en un rascacielos de Manhattan. Los personajes viven en el campo y padecen los efectos del sistema bancario. En algún momento, Toby Howard describe su condición para dar voz a la periferia americana: “He sido pobre toda mi vida, así como mis padres y mis abuelos. Es una enfermedad que pasa de generación en generación… eso es lo que es, infecta a cada generación, pero no a mis hijos, ya no más”.

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Mientras los hermanos Howard luchan por sobrevivir en medio de asaltos y balaceras, Marcus Hamilton (Jeff Bridges), un viejo ranger de Texas, los persigue, al mismo tiempo que libra su propia lucha interna. Jubilarse o continuar en el campo. Por momentos, sus intervenciones son las de un ranger filósofo que se resiste a vivir apoltronado al sofá frente al televisor. La imagen nos recuerda otro western brillante de Joel e Ethan Coen, “No Country for Old Men” (2007). Al igual que el Sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), sus reflexiones son las de un filósofo con pistola y tejana. Tanto uno como el otro, son lacónicos, pero el ranger ratifica en sus formas y lenguaje, chistes e insultos racistas, para mostrar que las diferencias nunca se fueron. Tan presente hoy como en el pasado. Pero lejos de ser una simple ficción, “Hell or High Water” muestra desde abajo la decadencia del sistema norteamericano, que tiene a su mejor representante en la presidencia de Donald Trump. Si tienen oportunidad, no se pierdan este western del siglo XXI.
https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1341590.el-ranger-filosofo.html
El Siglo
17 de mayo 2017

domingo, 17 de junio de 2012

Colosio, el asesinato



Bajo la premisa, una ficción basada en hechos reales, se estrenó con bastante éxito la película Colosio, el asesinato (2012), un film dirigido por Carlos Bolado. Si bien, la historia se centra en el terrible asesinato de Luis Donaldo Colosio, como película, independientemente del personaje histórico, tenemos un auténtico thriller que no le pide nada a los mejores de la industria hollywoodense. 


Desde la trilogía de Stieg Larsson, por supuesto en la representación sueca de Niels Arden Oplev (la gringa no es más que una degradación), hace tiempo que no disfrutaba tanto un drama donde la política, el crimen organizado y la violencia se unen de manera simbiótica.

Los años noventa en México así fueron, ¿así son todavía? Cursaba la secundaria, pero la sacudida de aquellos años no fue menor para alguien que comienza a interesarse por la vida pública. Fueron años turbulentos. Durante el salinato nos soñamos en el primer mundo, para luego despertar con la rebelión zapatista en Chiapas. Mi música de fondo no era La Culebra, sino el emblemático Nevermind. Luego sucedieron los asesinatos del cardenal Posadas Ocampo y José Francisco Ruiz Massieu. Por esos años, el deterioro no tuvo límites. Y no podía faltar la crisis económica provocada por un gobierno profundamente corrupto. Fue el colofón de Salinas, hoy empeñado en limpiar su memoria.

La historia que nos cuenta Bolado no pierde el hilo ni la intensidad desde la primeras escenas. Siempre tiene al espectador con la angustia y el drama de la violencia política. La representación de los personajes es impecable, tanto que no dejamos de sorprendernos con la fidelidad de Colosio, Diana Laura, el Fiscal, Don Fernando o el “Doctor” por mencionar algunos.

No menos inquietante que éste último, el siniestro consejero del presidente, interpretado espléndidamente por Daniel Giménez Cacho, es la aparición de un personaje apodado “El Seco”. Frío, discreto y eficiente, encarna la otra cara del poder: la violencia. Como sicario del Estado Mexicano cumple las órdenes de “limpiar” los testigos con precisión mecánica. A penas si debo repetirlo: 


ficción basada en la realidad o ¿realidad basada en la ficción? Una y otra se confunden para dar certeza a la explicación detrás del asesinato del candidato priista.

Desde la libertad que propone el cine, la película de Bolado nos confronta con el pasado reciente y al mismo tiempo ofrece una mirada a las generaciones jóvenes. Con todos sus asegunes, hoy vivimos en un México democrático que sin embargo, no termina de deshacerse de su pasado autoritario. Al fin las instituciones fueron forjadas desde ese ambiente. La película sobre Colosio nos recuerda oportunamente que en ellas estamos parados. Es preferible una memoria que nos cuestiona, a un olvido confortable.


17 de junio 2012
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9150602