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jueves, 29 de octubre de 2015

La casa del dolor ajeno (libro)



Bajo el sugerente título, La casa del dolor ajeno (Random House, 2015, y coincidentemente 303 páginas), Julián Herbert acaba de publicar un libro que relata el principal episodio tabú en la historia de Torreón: la matanza de 303 chinos en mayo de 1911. Su libro es una oportuna actualización a uno de los momentos más vergonzosos y terribles en la historia de México durante el siglo XX. Armado de un rigurosa investigación, y sobre todo, una excelente pluma, Herbert ahonda en el pasado como quien relata el presente. Masacres impunes, fosas clandestinas y hasta una "verdad histórica". Si bien, el libro aborda la matanza de los chinos en Torreón, es imposible sustraernos a nuestra realidad inmediata. La desaparición forzada de 43 estudiantes en Guerrero. La masacre sucedida en San Fernando, Tamaulipas, donde 72 migrantes fueron asesinados. De la misma manera, un grupo criminal arrasó con casas y personas en Allende, Coahuila. ¿Cuántos? El gobierno prefiere callar. En La Laguna tenemos docenas y docenas de personas desaparecidas como lo ha documentado Fundec y el Grupo Vida. En ese sentido, el libro más reciente de Herbert interesa no sólo a historiadores y académicos, sino a un público más amplio, que por momentos, vive en un país delirante y barbárico. De esa manera, la historia es importante en tanto nos ofrece lecturas, perspectivas y dimensiones del presente.
El libro está narrado como un auténtico western. El escenario es el Torreón porfiriano, industrioso, empresarial. La tierra prometida del capitalismo que devora a sus propios hijos. Lejos quedan las imágenes idílicas de La Laguna o complacientes de la historia de bronce. Herbert confronta al lector con los muertos. Son ellos los que hablan y habitan sus páginas. Más vale escucharlos, aunque sus testimonios desgarren.
El libro transita por varios géneros. Crónica, ensayo, entrevista, por momentos novela histórica. Y lo que más disfruté: las digresiones personales del autor que nos adentran en la escritura de la historia. Es así como nos enteramos de circunstancias, detalles, pormenores del libro y hasta la vida personal del autor. El libro revisa y discute bibliografía fundamental del tema; recurre a fuentes de primera mano como el archivo mismo de la matanza, un escalofriante expediente que rebasa las mil fojas. En el camino, también toma esa fuente maravillosa y sorprendente que son los taxistas. Es así como el autor reproduce un diálogo luminoso. "¿Tú sabes quién mató a los chinos? En la puerta del hotel desciendo del auto, doy las buenas noches y pago. Al darme el cambio, el muchacho murmura sin mirarme: "Han de haber sido los Zetas, ¿no? Esos weyes son los que matan a todos".
El libro de Herbert se inserta en la tradición revisionista, en tanto describe el "pequeño genocidio" lagunero y lo confronta de manera crítica con la interpretación de los historiadores, y sobre todo, la que hicieron las siguientes generaciones de torreonenses. Ocultar, tergiversar la verdad. Negarla. Enterrarla. Guardar un silencio cómplice. Es lo que el historiador francés, Pierre Vidal-Naquet, ha llamado "los asesinos de la memoria". No es casualidad que la casa del Dr. Lim, un personaje extraordinario y sobreviviente de la matanza, sea un museo más de la revolución.
Por supuesto, la crítica de Herbert ya genera polémica en algunos sectores muy conservadores de Torreón. Es un libro que no deja tranquila a la "casta intelectual" lagunera, y corta más de una cabeza. Julián dibuja bien a Torreón y los laguneros como una sexualidad violenta. Su relación con la ciudad me recordó dos poemas de Efraín Huerta: Declaración de amor y Declaración de odio.
Los fallidos memoriales a la colonia china en Torreón hablan por sí mismos. La última vez, la escultura del hortelano chino en el Bosque Venustiano Carranza, terminó con una soga al cuello. Los ladrones no alcanzaron a robar el monumento para venderlo al kilo. Sobre la ausencia de esa escultura, Herbert escribe: "lejos de la vista de una sociedad liberal, abierta y migrante que todavía hoy se niega a reconocer ante sí misma lo que sucedió a la colonia china entre el 13 y el 15 de mayo de 1911".
La publicación de La casa del dolor ajeno llega en momento muy oportuno después de la exposición "303: La matanza de chinos en Torreón", que a principios del año, abrió el prestigioso e inquietante Museo Memoria y Tolerancia en la ciudad de México. Pienso que interpretaciones críticas como el libro Julián Herbert y la exposición en su momento, contribuyen a entendernos mejor, pero sobre todo, a dignificar la memoria. Por supuesto, nunca faltará quien prefiera vivir en una mentira tranquilizadora.
28 de octubre 2015
El Siglo de Torreón 


sábado, 5 de julio de 2008

Retorno al Centro

Aplazado por una y otra administración municipal, abandonado por años, el Centro histórico de Torreón por fin encuentra un rumbo necesario. Primero fueron las negociaciones con los comerciantes ambulantes, luego la inscripción de los mismos para su reubicación, seguido del desalojo como aviso, y finalmente, el inicio de la obra el pasado primero de julio por el alcalde José Ángel Pérez. El alcalde torreonense inicia así un ambicioso proyecto de rescate para el Centro. Varias acciones lo constatan: el sector Alianza, la reubicación de los ambulantes, la iluminación de edificios históricos e incluso la construcción del Museo del Algodón. La administración municipal está retomando la dignidad urbana del principal espacio de la ciudad.

En principio parece sencillo, pero durante décadas, los ayuntamientos dejaron crecer una serie de problemas materializados en la decadencia del Centro. Los ambulantes y el comercio informal ganaron terreno a los peatones y a los reglamentos; el abandono de la imagen urbana, si es que imagen es algo, acabó con el viejo lustre de los paseos como la porfirina Plaza de Armas, la Morelos o las amplias avenidas de la Juárez e Hidalgo. Durante años el Centro de la ciudad acumuló una negligencia tras otra que bien puede resumirse en el estado lamentable de nuestras banquetas. Por otro lado, el desplazamiento económico, debido a la apertura de nuevas zonas comerciales, terminó por acelerar la decadencia del Centro, un espacio rodeado de edificios e inmuebles sin habitar.

Recientemente, en una serie de cinco breves artículos, Héctor Aguilar Camín, describió con claridad las desgracias de nuestros espacios públicos. La analogía comienza con las banquetas: “El estado de las banquetas mexicanas es el retrato involuntario de un país donde lo público va después de lo político y lo político puede desentenderse de lo público. Hay algo muy viejo, muy mexicano, en el desastre que exhiben las banquetas de nuestras ciudades, un desarreglo del espacio público tan antiguo y persistente que parece no haber empezado nunca”.

La dimensión política es la que suele desplazar el sentido de lo público porque siempre está por encima de ella. Por lo general, no es difícil encontrar que las autoridades en el ejercicio de sus funciones, sacrifiquen el interés público por el costo político que representa una u otra decisión. ¿Durante cuánto tiempo no se tocó a los ambulantes por el temor a pagar un “costo político”? ¿Qué pasa con las intransitables banquetas del Centro, quién es el responsable de arreglarlas? ¿Cuánto tiempo más tendremos que esperar a que se aplique la normatividad existente para hacer una mejor ciudad?

José Antonio Aguilar, quien ha sido referencia en la reciente discusión sobre la economía política de las banquetas, escribió: “Las banquetas revelan una parte del carácter nacional. Se encuentran a medio camino entre la propiedad privada y la vía pública. Son un espacio híbrido, una especie de tierra de nadie donde se permiten los despropósitos más escandalosos. Los particulares saben que son espacios públicos, pero creen que les pertenecen; el Estado sabe que atenderlas es una obligación que jamás cumplirá y por lo tanto le concesiona a los particulares sus banquetas”.

Si el gran Víctor Hugo pensaba que la ciudad es una escritura, las banquetas del Centro serían ilegibles.

Al final, nadie se hace responsable de un territorio que es de todos y es de nadie. Caminar por el Centro de Torreón se vuelve así en una odisea de obstáculos, grietas, hoyos, desniveles y trampas que el peatón tiene que sortear. Y con justa razón la analogía de las banquetas representa la incuria pública de autoridades y particulares. Bajo esta realidad no se trata de inventar el hilo negro, sino de aplicar la reglamentación que ya existe. La remodelación del Centro histórico, más que tratarse de “voluntad política”, como nos acostumbran a percibir, es una obligación que debe hacer cumplir la autoridad.

En este sentido, el inicio del paseo Cepeda-Valdés Carrillo y la decidida actitud del Ayuntamiento, resulta inédita. Tradicionalmente los gobiernos han rehuido a asumir sus responsabilidades públicas, se prefiere negociar la ley antes que acatarla, se pospone el bien común a cambio de no pagar el costo político, se desechan los planes de largo plazo por atender el presente.
Las remodelación del Centro indica ir por buen curso, aunque no se si el tiempo alcance, pero no se trata de inventar todo, sino de seguir lo que ya existe. Al menos tres reglamentos municipales que actualmente están vigentes, podrían ser eje del merecido y urgente rescate del Centro. El reglamento de Asentamientos humanos, desarrollo urbano y construcciones, un poco de orden no caería mal. El reglamento de Anuncios para los espectaculares desgarrados y la basura visual que demerita algunos edificios históricos. Y finalmente el reglamento del Protección y conservación del patrimonio histórico de la ciudad como una garantía a los inmuebles valiosos de nuestro paisaje urbano. ¿Alguien se acuerda del Hotel Salvador?

Cada uno de estos reglamentos contiene especificaciones que bien deben invocarse para el rescate del Centro. Otras ciudades mexicanas como Chihuahua, Aguascalientes, Querétaro y hasta Durango son muestra de una política bien dirigida. Centros limpios, ordenados, habitables y con espacios culturales insustituibles. ¿Acaso el Teatro Nazas o el Museo Arocena no lo son? La fealdad que arrastra el Centro, no es solamente un problema estético, sino un problema cívico que refleja nuestra cultura. ¡En horabuena por el inicio del rescate!.
5 de julio 2008
El Siglo de Torreón

lunes, 9 de junio de 2008

China y Torreón: 1911



El pasado jueves 15 de mayo, se realizó dignamente un acto de memoria pública por los herederos y amigos de la colonia china en Torreón. El motivo fue recordar la terrible matanza de más de 300 inmigrantes chinos en la ciudad en 1911. Vale la pena recordar el suceso, porque se ejerce la memoria en el sentido de aprendizaje, con la finalidad de no olvidar y no dejar que se olvide.

La historia ofrece posibilidades de aprendizaje en la medida que su difusión es la adecuada.

El filósofo y humanista Carlos Valdés, ha insistido en no eludir la historia, sino en “revisar el pasado, porque es la única manera de evitar en el presente cosas parecidas”. Por su parte el Dr. Sergio A. Corona Paéz, el mayor historiador lagunero, no sólo ha escrito diversos artículos en su Crónica de Torreón al respecto, también ha gestionado desde 2003 el acto de desagravio y reconocimiento a la Colonia China de la ciudad. Por una errata omití este comentario en la conferencia ofrecida el 5 de junio en el Museo Arocena, pero hago constar todo mi respeto y reconocimiento a la labor del académico lagunero.

No puedo menos que celebrar la reinterpretación de los sucesos de 1911, que desde hace tres años impulsan y recuerdan públicamente los miembros de la comunidad china en la ciudad. Hay que decirlo: es ejemplar la actitud que ha asumido Manuel Lee, presidente de la Unión Fraternal China de La Laguna, asociación que por cierto, existe desde 1908 en la ciudad y este año cumple 100 años de presencia.El memorial público dedicado a la colonia china está ubicado en la esquina de la avenida Juárez y calle Valdés Carrillo, y con justa razón, ahí se realizó una pequeña ceremonia. Lo significativo del hecho, es que a 97 años de la matanza, se propone oportunamente reinterpretar la historia de nuestra ciudad desde la perspectiva de la memoria pública. Conocer y que conozcan. Son tres años ya de la celebración, que sienta indiscutiblemente, un precedente en la forma de vivir la historia de nuestra ciudad.