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lunes, 4 de mayo de 2015

Lo que debemos ver y no ver



La política es un mal necesario. Nos guste o no tenemos que lidiar con ella. Más aún, tenemos que padecerla. En el camino, la maltrecha democracia que vivimos exige elecciones periódicamente a un costo irrazonable para los ciudadanos. Eso sí, el gobierno aprieta el cinturón a los contribuyentes para financiar su obesidad. Aunque en la próxima elección del 7 de junio tengamos miles de votos, se respira un aire de hartazgo, de ausencia de legitimidad. No hablo solamente de un partido, sino de la llamada “clase política”. En la política impera el discurso políticamente correcto como “ayudar a la gente”, pero en realidad domina la atracción de poder y el dinero. La motivación no es distinta en otras democracias consolidas. Sin embargo, el caso mexicano, y sobre todo a partir de la década de 1990, las elecciones se han vuelto un gran negocio. 

Desde entonces, para cada proceso, los presupuestos aumentaron a tal punto, que no se considera ni por error (“de no vivir en el error”), una disminución sustancial para el costo de las elecciones. En cambio sí se aumentan impuestos. Nada más para este proceso, que no incluye elección presidencial, ni renovación del Senado, las elecciones costarán más de 18 mil 500 millones de pesos. Como en otras cosas, lo caro no es sinónimo de calidad y mucho menos eficiencia. Por lo mismo, aunque en la generalidad del país se vive un bipartidismo entre el PRI y el PAN, partidos y más partidos se acumulan para extraer la renta ciudadana. De los chicos, el más eficiente para capturar la renta de los contribuyentes, es el Partido Verde Ecologista. Un partido gañán que ha destacado en los últimos años, por violar la ley reiteradamente, a eso súmele la complacencia de las autoridades electorales y sus tribunales. No obstante de haber elementos para quitar el registro al Verde, la sanción sólo es económica. Es decir, el dinero de los contribuyentes, paga también las multas millonarias del Verde. 

Bien lo dice su rapaz publicidad: El Verde ¡Sí cumple!. Este partido de índole familiar (de los González), con algunas concesiones amistosas, cuesta a los ciudadanos 1.2 millones de pesos diarios, lo que da un presupuesto anual de 444 millones de pesos. Vuelvo al punto, la política es un mal necesario, pero el sistema de partidos, no sólo es un abuso, sino un gran negocio a costa de los ciudadanos. Por las mismas están el resto de los partidos pequeños. Lo que menos reciben, 120 millones sólo para este año, son tres partidos: el partido de Andrés Manuel López Obrador (PAMLO), que también le dicen Morena; Humanista y Encuentro Social. Los grandes como el PRI y el PAN superan los 1000 millones cada uno. Para retomar el eslogan panista: ¿A poco no es un gran negocio? Pero lejos de que el sistema de partidos funcione como una auténtica  representación de los ciudadanos, los miles de millones son un gran atractivo para la llamada clase política. Nada más este año ya cuesta 5 mil millones de pesos mantener a los partidos.  Sería bueno aplicarles un presupuesto base cero.


Por lo mismo no extraña, que ante instituciones débiles, la impunidad sustituya a la justicia, y los partidos utilicen la democracia contra la democracia misma. Lo preocupante es que no parece haber freno ni límites. El INE en vez de hacer su trabajo, perdona al Verde. Qué lejos estamos de los precedentes que sentó el Instituto electoral en 2003, cuando aplicó una multa histórica al PRI por mil millones de pesos. Ahora el INE avala las violaciones del Verde y también guarda puntualmente los intereses de la Presidencia de la República, cuando de crítica se trata. Mientras Enrique Peña Nieto elogia la libertad de expresión, al mismo tiempo, la oficina de la presidencia impugnó el spot de PAN donde critica los gastos exorbitantes del reciente viaje a Inglaterra. El presidente del INE, Lorenzo Córdova no quiso quedarse sin chamba, y rápido atendió la queja de la Presidencia. No hay duda de que viejas prácticas están de regreso. Se puede criticar todo, pero no te metas con la Virgen de Guadalupe y con el Presidente. Para muchos gobernantes, no digo que todos, gobiernos como el de Turquía o Corea del Norte, son la envidia. Ahí sí pueden frenan las redes sociales. Pueden suspender Internet, bloquear Google y You Tube. Igualmente, si los tuits no favorecen, se pueden cortar las alas al Twitter. Su consuelo es el INE y el Tribunal Electoral. En medio de unas carísimas elecciones, la autoridad también decide que críticas debemos ver y no ver. Así nuestra democracia.  

22 de abril 2015
El Siglo de Torreón
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1107800.lo-que-debemos-ver-y-no-ver.html

lunes, 12 de mayo de 2014

Prohibido criticar

De Javier Bonilla (visto en)

Malditos críticos, todo lo ven mal. Nada les parece. Lo que hago bien ni lo ven. Y lo malo lo resaltan todo. ¡Deberían de trabajar! En realidad ese malestar se repite una y otra en nuestros hombres públicos. Algunos lo piensan pero no lo dicen. Otros, más sanguíneos no sólo lo piensan, sino lo dicen. Ahí demuestran su “altura” política y sobre todo, la ausencia de oficio. Pero más allá del estilo personal de gobernar, hay ciertas paradojas en la democracia. Por ejemplo, un sistema de libertades políticas, siempre puede ser ganado por los detractores de la democracia. Dicho en otras palabras, la democracia alberga en sí misma, sus propias contradicciones. En una democracia un dictador puede llegar al poder por medios legítimos. Igualmente, por el voto puede llegar al gobierno un hombre para desfalcar el erario bajo el lema de “mejorar” las cosas. La diferencia está en los pesos y contrapesos que tiene una sociedad para limitar al poder. Lo entendieron muy bien los ingleses, que en el siglo XVII evitaron una revolución como la francesa del siglo XVIII. En Francia guillotinaron a los reyes. Entre la tragedia y la comedia, parece que se repite la historia. El siglo XX fue pródigo en guerras y exterminios. Nuestro siglo emplea controles menos violentos, pero acaso más efectivos.

En Turquía llegaron las elecciones, y el eterno hombre en el poder, Recep Tayyip Erdogan, se volvió a reelegir: es la democracia que niega a la democracia. No obstante, a diferencia de sus pares árabes en Túnez, Egipto o Libia, Erdogan reprimió con éxito todo indicio de aquélla Primavera. Cuando las críticas aumentaron de tono por varios escándalos de corrupción, especialmente en Twitter, el indignado gobernante decidió “arrancar de raíz” la red social. De esa forma, y ya con la reelección en la mano, cumplió temporalmente su promesa de campaña electoral: "Limpiaremos Twitter, no me importa lo que diga la comunidad internacional al respecto”. Así, la Dirección de Telecomunicaciones de Turquía mostró que Twitter quedó bloqueado por orden de la Fiscalía de Estambul. En esas circunstancias tuitear es un peligro. Ya en junio de 2013, 29 tuiteros fueron detenidos por la policía turca bajo la acusación de incitar a la sublevación. Para fines prácticos: prohibido criticar.

Cerca de ahí, Valdimir Putin, el hombre que regresó a Rusia al escenario internacional, ha demostrado con creces quien manda en ese inmenso territorio. Olvídense que ahí es una democracia. Su historia es más cercana a los hombres fuertes y dictadores que se perpetúan en el poder. En su tercera reelección, el exagente de la KGB, no dejó lugar a dudas sobre el control de Rusia. Recientemente “anexó” Crimea con una amplia votación. En su larga justificación, Putin recordó que si Estados Unidos puede invadir, Rusia también. Al gobernante ruso como al turco, le fastidian los críticos. En su momento encerró a su detractor y opositor, Mijail Jodorkovski, por entonces el hombre más rico de Rusia. Irónicamente, en 2013, después de diez años en la cárcel, lo indultó su mismo verdugo. Si no es el magnate petrolero, es el colectivo Pussy Riot. Después de la última reelección de Putin, el grupo de punk criticó en sus canciones al presidente. La respuesta no se hice esperar y envío a dos cantantes a la cárcel. La lección quedó clara:  prohibido criticar.

Para no ira tan lejos, en América latina, la República Bolivariana de Venezuela continúa la tradición antidemocrática desde la democracia. Si creíamos que la exuberancia política concluyó con Hugo Chávez, Nicolás Maduro es una versión más degradada, pero no menos intolerante y represiva con la crítica, la oposición o todo aquello que cuestione al régimen. Hace un año, Maduro ganó con apuros la presidencia de Venezuela, y sin embargo, sólo ha profundizado la crisis chavista que padece la población, no así la “clase política”. Una inflación de más del 50 por ciento. Escasez de alimentos en las calles. Una paupérrima expectativa de crecimiento y para agravar los males, una de las tasas de homicidios más altas de la región. En consecuencia, no sorprende que en las calles surjan las protestas contra el gobierno de Maduro. La respuesta oficial ha sido sencilla: reprimir a los críticos, censurar a los medios, encerrar a los opositores como el ex alcalde Leopoldo López, y ya en la desesperación, culpar a Twitter.  Para el gobierno de Venezuela la consigna es la misma: prohibido criticar.

En Ecuador, el presidente Rafael Correa también se inscribe en la lucha contra la democracia. Allá, publicar un cartón político puede ser objeto de sanción, como le sucedió al caricaturista Javier Bonilla, sancionado por la Superintendencia de la Información y la Comunicación, (“Supercom”, por sus absurdas siglas).

Esta clase gobernantes, de los cuales en México tenemos muchos aspirantes,  son intolerantes con la crítica, pero sobre todo, carecen de autocrítica. Para ellos la democracia son aplausos y alabanzas. Sólo el ditirambo le sienta bien. Por eso,  la menor diferencia les sienta mal. Quisieran que en la democracia, esté prohibido criticar.


Posdata. Ahora que se discuten las letras chiquitas de la Ley de Telecomunicaciones, la propuesta del presidente Enrique Peña Nieto, incluye “bloquear” contenidos en Internet. Bien dicen que el diablo está en los detalles. ¿Andaremos por las mismas?

El Siglo de Torreón
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/985562.prohibido-criticar.html
23 de abril 2014

domingo, 23 de junio de 2013

Hoguera de las redes sociales


Mejor pensarlo dos veces antes de cualquier desplante, prepotencia o ridículo. Twitter, You Tube o Facebook están para atestiguarlo. Como si fuera leña, cada vez que aparece un personaje en escena, las redes se encargan de incendiar. Personajes como la senadora del PRD por Quintana Roo, Luz María Beristain, son puro combustible. Por más sencillo que parezca, el silencio es una virtud para el hombre público. Por lo mismo, no deja de sorprenderme como el escarnio puede prolongarse por días, e incluso semanas. Máxime si el personaje en turno insiste en hablar.

Impunidad y prepotencia ya teníamos como parte de la irremediable condición humana. Ahora, la diferencia con los medios tradicionales, la hacen las redes sociales de manera horizontal. En potencia, cada teléfono conectado a una red, se convierte en una especie de Big Brother al alcance de todos. La redes son una auténtica palestra, pero también, muchas veces, la crítica, la indignación o la condena termina en la hoguera virtual. Quizá la influyente senadora la piense dos veces antes de volver a montar una escena como la del aeropuerto. Para agravar el asunto, la indignada, después del maltrato y la vejación de la senadora a la empleada de la aerolínea, fue ¡ella misma!

Tal vez parezca anecdótico e inútil atender los desplantes de los hombres públicos, pero en el fondo es revelador no sólo de los políticos, sobre todo de lo ciudadanos. Al final, los políticos reflejan a la sociedad a través de ciertas conductas, comportamientos y regularidades. ¿No hay así ciudadanos que se comportan como patanes, que agreden a otros ciudadanos, que sobajan, que alardean de influyentes?

Y vaya que entre broma y broma la verdad se asoma. Irónica, la otrora señorita Yucatán, 1984, comentó: “Que se abra la Fiscalía Especial para Atender las Agresiones contra los Políticos. Porque por diez políticos que han procedido mal, ya hay una satanización en contra de la clase política y ahora todos los políticos somos víctimas de acoso, que nada más están viendo en qué momento te resbalas”. Lo sintomático del caso, no es la pésima broma de la Fiscalía, sino que quien se encargó de “satanizarse” fue ella y nadie más; no los medios, que simplemente reprodujeron hasta el cansancio la escena, y de paso encontraron un blanco perfecto: #LadySenadora en Twitter.

Con facilidad, quien llega a la política se siente diferente, incluso superior a los demás. Unos son de primera, otros de segunda. No se trata, para seguir con la defectuosa pregunta de la senadora: ¿quién defiende a los políticos? Sino de quién defiende a los ciudadanos de los políticos. El poder cuando está solo, tiende por naturaleza al abuso. Sin actores o ciudadanos que los acoten, la ocasión favorece los excesos. Por lo tanto, Beristain exigió con prepotencia por ser “autoridad”. En ese orden, la autoridad es la excepción a la ley, el camino para romper la reglas, la justificación para lo injustificable.

A decir de Henry Kissinger, “el noventa por ciento de los políticos dota al otro diez por ciento de un mal nombre”.

Y luego, todavía se indignan...

31 de mayo 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9182143