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lunes, 22 de noviembre de 2010
De la revolución y el ciudadano imaginario
Hay que reconocer que con motivo del Bicentenario del inicio de la Independencia primero, y ahora del Centenario de la Revolución, se ha incrementado la difusión de la historia. Eso sin duda, ha sido valioso en un entorno de dificultades y cuestionamientos a los festejos. Quizá el día de mañana, lo mejor de ese festejo quede en la serie de publicaciones, documentales, películas, conferencias y programas como Discutamos México.
En este sentido, el panel organizado por la Dirección Municipal de Cultura con sede en el Museo Arocena, reunió a Saúl Rosales, Jaime Muñoz Vargas, Edgar Salinas y quien escribe esta columna, a fin de reflexionar sobre la Revolución. Pero más que mera historia y recuentos, la propuesta se encaminó a hablar del pasado para pensar el presente. Y justamente, es uno de los valores que sí pueden aportar las conmemoraciones: la construcción del futuro.
Dicho esto, reescribo parte de mi participación en la mesa, celebrada ayer por la noche. ¿Qué implica pensar la revolución de cara a la globalización? ¿Cuánto de aquel México de 1910 está presente en 2010? Psicológicamente la coincidencia de las fechas, es seductora, y por lo mismo, podría suponerse en esa lógica, que algo de gran magnitud sucederá en nuestro país. Sin embargo, para decepción de muchos, la historia no obra por un “Destino”, ni mucho menos por una sucesión de repeticiones. Pero las comparaciones son poderosas y por lo mismo, la tentación de las similitudes lleva a expresar que estamos igual que en esa época, aunque no sea así. Un análisis cuidadoso nos lleva a ver que no es así e incluso, más que cambios, puede haber largas persistencias.
Lo cierto es que tras el derrumbe del viejo orden porfiriano y después de la lucha armada, la revolución tardó más de dos décadas en encontrar un cauce que le permitiera fundar las nuevas instituciones, algunas todavía vigentes en el México contemporáneo. No obstante, hay algo que la ni la revolución logró transformar en normalidad cotidiana, me refiero a la justicia, la cultura de legalidad y el compromiso cívico. Paulatinamente la ruptura violenta dio pie a la continuidad de los antiguos arreglos y las viejas prácticas. Por eso no dejan de sorprender las permanencias, más que los cambios. De ahí que un agudo observador del tema, Fernando Gonzalbo Escalante, argumentó hace varios años en su libro, “Ciudadanos imaginarios”, la imposibilidad cívica para respaldar un estado con autoridad. Así, cuando regresó la mirada al sentido del estado, la política y los ciudadanos durante el turbulento siglo XIX, en realidad nos mostró la hechura de una serie de prácticas que contradice el valor de lo público, el sentido de legalidad y la autoridad del Estado. De esa manera, reconocimos muchas de esas prácticas, presentes en la actualidad.
Escalante describe así aquellos tiempos: “la relación entre el orden jurídico y la vida política es uno de los asuntos más complicados de la historia. El modelo cívico no arraigó, no podía hacerlo. Pero no fue simplemente mentira: al contrario. Con esas formas tan adulteradas como se quiera, se organizó el orden político. El orden arraigaba en sistema de lealtades particulares: comunitarias, corporativas, señoriales, patrimoniales, clientelistas. Y ninguno de ellos podía conformarse con el modelo cívico. Porque nadie esperaba para empezar, una ley que fuese igual para todos”.
Bajo estas circunstancias, una sociedad como esa, produce, según Escalante, “una moral que acepta el uso de las instituciones públicas para fines privados”. Más que una ruptura, la revolución no favoreció, pero tampoco generó las condiciones para romper con esas prácticas. Por el contrario, se acrecentaron, se fortalecieron hasta instituirse en esa especie de ciudadano simulado.
Quizá por eso, la idea discutir la historia, también nos permita identificar los cambios que no han pasado a pesar de las revoluciones. Por lo mismo, resulta tan difícil en el presente, socializar valores cívicos. Ante los problemas actuales, se suma con fuerza la inseguridad, una problemática que viene de un déficit anterior, de una simulación que ya no funciona, pero no termina de depurarse y crear un nuevo orden. Por eso, si alguna revolución debe de suceder para el México del siglo XXI, ésta tendrá que ser cívica, educativa. ¿Lo estaremos construyendo?
13 de noviembre, 2010
el siglo de torreón
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sábado, 19 de septiembre de 2009
¿Qué celebramos?

Como cada año, las fiestas patrias mueven a un rancio nacionalismo o en el mejor de los casos, a festejos sin sentido, pero con mucha alharaca. Herencia todavía de los regímenes oficiales, la historia que mueve a estos festejos no ayuda a echar luz a nuestro extraviado presente. Más bien lo distorsiona. Ahí, los sucesos históricos se mezclan con el mito y la irrealidad de un pasado “glorioso”. De esa manera arrancaron por estos días los festejos del Bicentenario de la Independencia de México y el Centenario de la Revolución. No importa que no se sepa con claridad lo qué se festeja, sino el “patriotismo” del aniversario. Uno de nuestros grandes historiadores, Jean Meyer, escribió a propósito de las celebraciones: “En lugar de intoxicarnos con un pasado machacado y rumiado hasta la indigestión, un pasado que proyecta una densa sombra sobre el presente y el futuro, la conmemoración de 1810, como la de 1910, debe propiciar una verdadera toma de conciencia histórica que permita una auténtica catarsis, una liberación”. Por ejemplo, no hay que omitir que del “Grito de Dolores” se pasó a la carnicería de Granaditas, la cual por cierto, hace palidecer a la ola de violencia desatada en estos tiempos. En un texto provocador publicado en Reforma (28-VI-09), Gabriel Zaid lo cuestionó así: “El 16 de septiembre de 1810 y el 20 de noviembre de 1910 no son fechas gloriosas. Interrumpieron, en vez de acelerar, la construcción del país. Destruyeron muchas cosas valiosas. Causaron muertes injustificables. Lo que los indios, mestizos y criollos habían venido construyendo después del desastre de la Conquista alcanzó un nivel sorprendente en el siglo XVIII, que se perdió con los desastres de la Independencia y la Revolución.
México no empezó hace 200 años. Los verdaderos Padres de la Patria no son los asesinos que enaltece la historia oficial, sino la multitud de mexicanos valiosos que han ido construyendo el país en la vida cotidiana, laboriosa, constructiva y llena de pequeños triunfos creadores”.
En el fondo ¿qué celebramos? ¿Cuál es el sentido de la oda fúnebre del Bicentenario y Centenario? ¿Qué sentido tiene un festejo que ahora se disputan los políticos? En realidad, detrás de la fiesta se oculta el fracaso histórico, el subdesarrollo.
Con el país sumido en una crisis económica y el desempleo a la alza, con el lastre durísimo de la pobreza, con las crisis de seguridad y el problema del narcotráfico, con el país formado por inmensas generaciones de maestros y alumnos reprobados. Como si no fuera poco, se suma un gobierno que quiere más dinero sin rendir cuentas, sin ser eficaz.
Tras el recuento histórico la cosecha levantada es pobre, insuficiente y decepcionante. La ventaja de un territorio rico en recursos naturales, se desvaneció en una profunda desigualdad mostrada por Alexander von Humboldt en los años previos a las guerras de Independencia.
Cien años después, durante el porfiriato las cosas no cambiaron mucho, pues la desigualdad y el atraso seguían ahí, no obstante los esfuerzos por iniciar la industrialización del país. A la vuelta de cien años más, vinieron otras revueltas y revoluciones que terminaron con la clase gobernante, Porfirio Díaz en el exilio y alrededor de un millón de muertos, pero los añejos problemas nacionales permanecieron. En nuestro presente, varios de esos problemas, como la inequidad y la pobreza aumentaron geométricamente. Otros como la corrupción, se expandieron en las instituciones como cáncer. El balance es negativo, por lo mismo es contradictorio el “festejo” a luz de nuestro pasado. Porque en el presente no hay muchas alternativas razonables, avances importantes. Octavio Paz, a quien debemos recurrir por estos días, escribió con razón que “la Revolución mexicana nos hizo salir de nosotros mismos y nos puso frente a la Historia, planteándonos la necesidad de inventar nuestro futuro y nuestras instituciones. La Revolución ha muerto sin resolver nuestras contradicciones”.
No sabemos si estamos en una de esas ironías que se reconocen después en la historia. Así, para 1910 se vivía con júbilo la celebración del Centenario de la Independencia organizado por el gobierno de Díaz, sin sospechar que detrás de la fiesta, estaba una revuelta armada que interrumpió abruptamente la conmemoración. Ahora México necesita una revolución auténtica, desde luego no armada ni violenta, sino una revolución ciudadana que retome desde abajo la dignidad de la política y al mismo tiempo encauce el rumbo del país para salir del atraso. Porque de la manera cómo vamos, con esta clase política al mando y una ciudadanía dormida, tenemos asegurado el progreso improductivo para un futuro inviable.
19 de oct 2009
El Siglo de Torreón
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