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domingo, 22 de junio de 2014

Jales sobre habla lagunera

Entre guaripas, jales, chantes y moyotes, Arcelia Ayup y un servidor presentamos el nuevo libro del maestro Saúl Rosales. Jales sobre habla lagunera (2014, 115 páginas). Se trata de un pequeño, pero sustancioso libro sobre la historia e identidad de los laguneros. A diferencia de la historia tradicional donde abundan fechas, cronologías, héroes y en ocasiones, archivos históricos, Rosales hace de las palabras el objeto mismo de la historia. ¿Qué nos dicen las palabras sobre nuestro pasado? ¿Qué historia muestran ciertas expresiones? Para el filósofo alemán, Martin Heidegger, "el lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre". En ese sentido, Rosales explora el ser de los laguneros a través de las palabras. Así, profundiza en las raíces, los significados, y sobre todo, en ciertas particularidades bien arraigadas en la región. Menciono algunas: moyote, soda, achis, zacate, pica, cascarita, agüitado, lonches.
Con su nuevo libro, Rosales se propone "llamar la atención sobre nuestras peculiaridades para revalorarlas y con ello contribuir a un proceso de revaloración de la identidad de los laguneros". Jales sobre habla lagunera es una defensa apasionada del español, por eso, sus diálogos van y vienen entre los clásicos del español: Cervantes, Quevedo, Ruiz de Alarcón, Rojas, Lope de Vega. Pero igualmente retoma de grandes cronistas de la conquista como fray Bernardino de Sahagún o Jerómimo de Mendieta, un rico diálogo sobre el uso y significados de las palabras en el tiempo. De esa manera, Rosales conduce al lector hacia las profundidades del idioma, ya sea en palabras de uso de cotidiano, o en otras, que ya casi se han perdido.
Tomo una cita del autor sobre el uso de las palabras en La Laguna: "Del habla lagunera no pocas expresiones tienden a desaparecer, unas, por sus connotaciones ahora consideradas peyorativas u obscenas; otras, luchan por no quedar soterradas bajo el peso de nuevas realidades que imponen nuevos términos; otras más ceden ante las que clavan en la mente del hablante la televisión y la prensa; en fin, otras quedan sólo para la comunicación interpersonal íntima. Como los seres humanos, las expresiones del habla disfrutan la vigencia, son condenadas al olvido, padecen ostracismo, sufren deformaciones, gozan transformaciones, emergen decididas, se suman a los cambios, etcétera".
Lo mismo palabras "pochas", arcaísmos y nahuatlismos, Rosales recorre usos y significados, épocas y tradiciones, pero sobre todo, explica aquellas palabras o regionalismos que nos caracterizan. En especial, dedica puntuales explicaciones sobre la herencia de la colonización hispano tlaxcalteca en La Laguna. Si hay una historia heroica y que merece ser contada, es la migración de 400 familias tlaxcaltecas en el XVI, para formar las principales poblaciones del noreste. Saltillo y Parras, por mencionar dos ejemplos, son hijas de esa migración.
De acuerdo con Saúl Rosales, "Las palabras nahuas o de origen náhuatl que acompañaban a los colonizadores no tuvieron necesidad de imponerse en la comarca (La Laguna) que veía pasar el nomadismo chichimeca, al no existir un habla consistente ni mucho menos una grafía que retuviera los balbuceos de un incipiente sistema lingüístico. Vocablos y mecanismos nahuas simplemente se instalaron a bordo de los inmigrantes hispanos y sus aliados tlaxcaltecas. Se acuñaron en el habla cotidiana para el intercambio coloquial y se asentaron también como topónimos. De éstos, la época colonial heredó muy pocos a la comarca lagunera, quizá por la ausencia de núcleos poblacionales que requirieran ser bautizados. Pero de unos y otros, nahuatlismos toponímicos y no toponímicos, se encuentran sobrevivientes-agonizantes en el habla regional de La Laguna". Coahuila, Jimulco, Coyote, Tlahualilo, son nombres de lugares habitados por el náhuatl.
El libro no carece de humor e ironía, lo cual, siempre se agradece en un escritor, cuando nos habla de la gramática de traileros y colonizados, de ahí el "eufemismo a la cola". Por eso, como explica el también miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, "El eufemismo se impone para salvaguardar la castidad de los oídos. En fin, no me alargo más, sobre este libro destinado a convertirse en una referencia obligada sobre la historia y el uso de las palabras en La Laguna. Me comenta el maestro Saúl Rosales que nuevos ejemplares de su libro ya están a la venta en el Teatro Isauro Martínez.
MÁS SOBRE TLAXCALTECAS
Aprovecho el tema, y los invito a que visiten la sala de interpretación del Museo Arocena, sobre historia e identidad regional. Con mi investigación y guión museográfico, la semana pasada se inauguró la exposición: Cuahuitl, presencia tlaxcalteca en La Laguna.
21 de mayo de 2014

lunes, 29 de abril de 2013

Impertinentes palabras

A partir de diciembre se acabaron los muertos. No importan que existan, eso ya no es relevante. Da lo mismo si las ejecuciones fueron en el Estado de México, Durango, Acapulco o Michoacán. Para el caso, ya no existen en el discurso oficial. Y eso es lo que cuenta. Tan fácil como borrarlos, como dejar de hablar de ellos. Nada de impertinentes noticias, ahora la política es otra, otros los temas, otro el partido y otro el presidente. ¡Y vaya que se nota! A cuatro meses del cambio de gobierno, hay un cierto optimismo y buenos niveles de aprobación de la presidencia en la opinión pública. Se habla de al menos un año para ver algunos frutos en la seguridad, y sobre todo en la pacificación. Pero mientras eso sucede, la estrategia inmediata del gobierno federal, fue cambiar el tono de las declaraciones cuando se habla de los problemas de seguridad. De esa manera, el primer cambio está en omitir “esas” impertinentes palabras. Al fin, percepción es realidad. Porque tanto se abusó en el sexenio anterior, que fue difícil hablar de otra cosa. Y así nos fue.

Acostumbrados a mandar, hasta los gobernadores siguen la misma línea discursiva. Ya todo está bien, ya la seguridad está mejorando, ya no hay muertos. Con la llegada de Enrique Peña Nieto, a los gobernadores no les quedó más que callar, obedecer y estar siempre a los órdenes del señor presidente. Y si no, basta ver como, los antes bravucones, son ahora mansos zalameros de la presidencia. Pero no basta con ordenar a la mayoría de los estados, faltan los municipios, donde los problemas siempre se multiplican.

“Gobernar es comunicar” dice un funcionario de la Secretaría de Gobernación. Como todo empieza por las palabras y la manera de expresarlas, entonces hay que alinear también a los voceros. Por eso Gobernación organizó el Primer Encuentro Nacional de Comunicadores en Seguridad Pública, a fin de homologar el discurso. Por ejemplo, se sugirió evitar palabras impertinentes como “capo”, “encajuelado”, “ejecutado”, “cártel”, “jefe de finanzas”, “lugarteniente”, “encobijado”… y no es que tales palabras no existan en eso que llamamos realidad, por el contrario, tan existen que su peso ya es cotidiano. Lo que se busca es quitarles protagonismo, sacarlas del día a día.

Extirpar esas palabras del discurso oficial tiene sentido dentro la comunicación gubernamental. No es deseable hablar en esos términos, ni tampoco reproducirlos a la manera del lenguaje criminal. Sin embargo, una política así requiere necesariamente de una correspondencia de resultados en las calles. Porque de otra manera, omitir las indeseables palabras, no omite la realidad ni mucho menos el problema. Los muertos siguen ahí, aunque no se quiera hablar de ellos. Si en el largo plazo la política no es consistente con los resultados, sencillamente los supuestos de la comunicación se derrumban. Entonces conoceremos los verdaderos resultados.

17 de abril 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9178011