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miércoles, 19 de marzo de 2014

Contra las gasolineras







En años recientes, la arquitectura que florece en Torreón son las gasolineras, además de una serie de cadenas comerciales con el número siete. Por aquí y por allá, en cualquier rincón siempre aparece una gasolinera. No importan que una esté enfrente de otra, o a un lado. Olvídense también de la lógica económica o el sentido de competencia. Lo que importa es construir una. ¡Qué viva la reforma energética! Pero lejos de pensar en las gasolineras como un signo de desarrollo (habrá quien sí lo considere), no veo cómo la multiplicación de las estaciones aporta a la ciudad. Me explico: en el modelo actual de ciudad, donde se privilegia el uso del automóvil por sobre todas las cosas, las gasolineras son casi un derecho. 

Por lo tanto, su presencia no sólo es justificada, sino indiscriminada. Al mismo tiempo, quienes transitan en carro, son una minoría no sólo en Torreón, sino en el país, con todo y que en los últimos veinte años el número de vehículos automotores creció tres veces hasta alcanzar 35 millones. Todavía lejos de representar a los 117 millones de mexicanos. En otras palabras, la mayoría de los mexicanos no se mueve en automóvil, pero casi toda la inversión pública va destinada a la minoría que sí se mueve en automóvil: puentes, segundos pisos, bulevares, desniveles, pavimentación y más pavimentación…  

No obstante las condiciones de movilidad, la visión dominante privilegia el desarrollo de unos, en detrimento de muchos. Tan lejos vamos del desfile, que por primera vez el gobierno federal, incluyó en el Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018, las palabras “peatones” y “bicicletas”.
Regreso al punto: una ciudad no es mejor en su nivel de vida por el número de gasolineras y automotores en las calles, sino por su capacidad de integrar a los ciudadanos a un sistema más equitativo y eficiente de movilidad urbana. De esa manera, no admiramos a las mejores ciudades por sus gasolineras, y mucho menos admiramos una inmensa fila de autos, sino la capacidad para integrar con humanidad sus espacios.

Veamos algunos datos. En Torreón, el padrón de vehículos automotores registrados por el INEGI hasta 2012, fue de 150 mil 814, sin contar “Onapaffas” y “copropafas” (el chiste se cuenta solo). Aun así, sólo representan el 23% de la población de la ciudad. Sin embargo, la mayoría de las inversiones públicas que se han hecho y se harán van destinas a esa minoría. ¿Y el resto de la población? El metrobús todavía es un proyecto, y ni que decir de las ciclovías o los cruces peatonales seguros. En el atroz modelo de ciudad, la visión necesaria es del automóvil. Si los ciclistas son un estorbo, los peatones ni siquiera existen. Abundan las baquetas destrozadas, pero en los nuevos desarrollos urbanos de la ciudad, las banquetas ¡ni siquiera existen!

De ahí mi argumento. Una ciudad como Torreón no necesita de más gasolineras para ser competitiva, sino un sistema incluyente de movilidad, donde todos aquellos que no se mueven en vehículos reciban la mejor inversión. Tan mal se han hecho las cosas en la ciudad, que actualmente hay altas probabilidades de morir como peatón. Refiero una serie de datos del INEGI entre los años 2000 y 2012. En Torreón 6 de cada 10 muertes asociadas al transporte, son de peatones, mientras que 3 de cada 10, son automovilistas. Y a pesar de la mala prensa, sólo 3 de cada 100 accidentes mortales están relacionados a los ciclistas.

Cual fue mi sorpresa que al estudiar los datos, encontré una terrible correlación entre las muertes de automovilistas y peatones. Dicho de otra manera, cada vez que hay un accidente vehicular, tenemos una probabilidad alta de peatones muertos. ¿En verdad es la ciudad que queremos?

Esas muertes serían evitables si en los próximos años el gobierno invirtiera el dinero público en un sentido radicalmente distinto: No para autos, sí para las personas. La fórmula parece obvia, pero no lo es, sobre todo, cuando los puentes y bulevares lucen por encima de amplias banquetas y ciclovías. En toda esta historia de distorsión urbana, nos urge una modelo de ciudad que cuide y proteja la vida humana. Quizá sea mucho pedir.  

19 de marzo 2014
El Siglo de Torreón 

miércoles, 29 de mayo de 2013

Plan Nacional de Desarrollo

Nada más ingrato en la administración pública que elaborar planes de desarrollo. El gobierno hace un gran ruido: convoca a foros ciudadanos; consulta a expertos; enuncia indicadores; instruye al gabinete; y por su puesto, describe un futuro mejor. Pero años después, la inoportuna realidad se encarga de encoger a los mejores planes. Y no dudo de la capacidad cuando la hay, de la planeación estratégica, de los diagnósticos y los datos duros que acompañan a los planes de desarrollo. En cambio, sí dudo de la buena fe y esperanza que suelen abrir los gobiernos cuando inician. Nuestro sagrado texto constitucional indica la elaboración del Plan Nacional de Desarrollo (PND). En sentido estricto no es un documento operativo, pero sí la brújula de las principales acciones. También refleja, al menos en papel, la visión del gobierno en turno. El pasado lunes se publicó el PND. Ya sé que a casi nadie le importa, pero, para bien o para mal, lo enunciado ahí es la plasma la visión del gobierno para las próximos años, ¡al menos seis!

El documento de 184 páginas se resume en cinco grades metas, y no es casual, después de la funesta herencia del gobierno anterior, que la primera meta sea alcanzar un México en paz. Luego enuncia lograr un país incluyente; construir una educación de calidad; impulsar un México próspero; y consolidar una responsabilidad global. Para cada eje se describe un diagnóstico, seguido de un plan de acción. Según el propio presidente, “no es un Plan para administrar la coyuntura o las circunstancias; es un Plan para hacer cambios de fondo”.
En México Evalúa han señalado con razón que “el enfoque actual a resultados esta desvinculado de los objetivos del Plan Nacional de Desarrollo y de aquellos de mediano y largo plazo que dirigen la gestión pública. Un ejemplo claro de ello es que somos capaces de conocer el momento en que inicia la operación de un programa, pero nunca sabemos en qué momento finalizará o cuál es su meta última a alcanzar”.

En cambio, a diferencia de largo proceso del PND, más pragmático e inmediato ha resultado el Pacto por México, que se propuso metas y objetivos más factibles. En la práctica, el Pacto ha hecho las veces de plan. Poco a poco avanza, a pesar de los manotazos de Gustavo Madero y las pugnas internas en el PAN. Incluso, ha dado resultados de corto plazo para la negociación de reformas en conjunto con el PRD. Son dos medios distintos. El PND es obligatorio, aunque no se cumpla ni alcance consistencia entre las metas, los objetivos y los resultados. El Pacto, se adelantó al plan y de paso, logró concretar en poco tiempo, acuerdos en el congreso. Pero los planes fácilmente pueden caer en negligencia, y los pactos, ser frágiles por las voluntades. Al final, en medio de ambos, no queda más que la política y un enorme plan.

22 de mayo 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9181274