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domingo, 8 de mayo de 2016

Metrobús Laguna

La calidad de una ciudad, también se conoce por su transporte público. De esa manera, una de las claves para valorar la eficacia urbana, está en la forma en la que se mueven sus ciudadanos. El paradigma dominante que se impone en tantas ciudades en el mundo, se basa en el automóvil. Así, se ha presentado el coche como el medio más "deseable", aunque no necesariamente el más eficiente. Para muestra, el mejor ejemplo lo tenemos en la capital del país, una región nunca más transparente. Ante la saturación de automotores, la CDMX está colapsada en su movilidad y en consecuencia, sumamente contaminada. Aun así, ya van por una nueva constitución, aunque la contingencia sea para todos, y el transporte público esté relegado por una minoría que se mueve en automóvil. Allá prefirieron los segundos pisos y ahora pagan las consecuencias. Entre las alternativas que abrieron, fue el exitoso programa de bicis públicas Ecobici. Pero sin duda, la aportación más relevante se la llevó el Metrobús, un sistema de Autobuses de Tránsito Rápido (o BRT por sus siglas en inglés). El BRT es un sistema que nació en 1974 en la ciudad de Curitiba, Brasil. Desde entonces, es un modelo exitoso de transporte que se ha exportado a otras ciudades latinoamericanas.
¿En qué consiste el Metrobús? Es un sistema de transporte público similar al Metro, pero sobre la superficie del asfalto. Está enlazado por un conjunto de camiones y estaciones bien dispuestas para todo tipo de usuarios, de tal forma, que acceder al camión se hace al nivel de piso, que facilita el acceso a usuarios vulnerables como adultos mayores y personas con capacidades diferentes. Al mismo tiempo, el BRT tiene los tiempos y las rutas bien establecidas y circula dentro carriles confinados. Este tipo de transporte público cuenta con lugares confinados que le permiten avanzar con mayor eficiencia y rapidez, incluso, más rápido que los automóviles y líneas de transporte tradicionales. Entre las ventajas del BRT sobre el Metro, está su menor costo con respecto al Metro, no requiere hacer túneles, por lo cual la construcción de su tramo requiere menos tiempo y dinero.
Recién las autoridades de Coahuila y Torreón acaban de anunciar la operación del Metrobús laguna. Se trata de un proyecto ambicioso y millonario. Mil cuatrocientos millones de pesos que estarán destinado a la operación. Sustancialmente mejorará condiciones de transporte, ¿se han subido a un camión de Torreón o Gómez Palacio ?, llama la atención que un proyecto tan loable y sin precedentes que está apoyado por la Presidencia de la República.
Tranvía eléctrico "Lerdo a Torreón", transporte metropolitano desde 1898 a 1953. 

Sin embargo, es significativo que en La Laguna de Coahuila el proyecto arranca. No así en La Laguna de Durango donde prefirieron rehuir los problemas sindicales a enfrentarlos como gobierno. Es lamentable que mientras un lado busca avanzar, el otro esté detenido. Ojalá que en el mediano plazo se pueda integrar Lerdo y Gómez Palacio para hacer un proyecto auténtico y metropolitano a la línea troncal del Metrobús.
4 de mayo 2016
El Siglo 

domingo, 22 de noviembre de 2015

Oda a los puentes peatonales


Es revelador de una ciudad, cuando las autoridades piensan en los peatones. Ahí se refleja una cierta visión de ciudad, una manera de concebirla. Cada vez más, diversas ciudades en el mundo están cambiando su infraestructura vial a fin de hacer espacios más habitables y seguros para sus habitantes. Crean zonas de baja velocidad para los automóviles, integran mejor los cruces peatonales, quitan estacionamientos para ampliar banquetas y hacer ciclovías, aprovechan pequeños lugares para hacer parques de bolsillo. Vamos, hasta una de las grandes y contaminadas capitales del mundo, París, promovió un día sin auto.
En esa tendencias, hacia dónde va una ciudad como Torreón. Hace unos días, las comisiones de urbanismo y hacienda, del Cabildo en Torreón, aprobaron siete concesiones para instalar puentes peatonales en la ciudad. ¿Qué impacto tendrán esos puentes en la ciudad? ¿A qué política atienden? ¿Qué representa esa infraestructura? En principio, cuando las autoridades explican la importancia de los puentes peatonales, supone que están "justificados por la necesidades de los peatones". Así lo dijo un engomado regidor. Pero dejémonos de eufemismos, porque en realidad los puentes peatonales son puentes comerciales. Sirven para la venta de espacios publicitarios. Olvídense de la seguridad de los ciudadanos, de la inclusión de los patones. Por lo mismo, si hay un espacio de exclusión por excelencia en la ciudad, ese lo representa los puentes peatonales. Porque no están hechos para que las personas transiten por ahí, sino para multiplicar los anuncios en las calles. Su instalación es ante todo un negocio. El resto, sólo sirve de falsa justificación a favor de los peatones. Como en otros aspectos, esta situación muestra una política contradictoria e inconsistente de las autoridades municipales. Vemos los puntos. El año pasado, el Ayuntamiento aprobó el Reglamento de Movilidad Urbana. Sin duda un reglamento ejemplar, incluso, hasta de vanguardia a nivel nacional. Consultó a diversos grupos ciudadanos, retomó referencias del Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo (ITDP). Entre otras cosas, ese reglamente prioriza el tránsito. Reconoce en la primera línea de importancia a los peatones, los grupos vulnerables, como niños, mujeres embarazadas y adultos mayores. Al final están los automovilistas.
Sin embargo, ese mismo Cabildo también aprueba la instalación de infraestructura que revierte la importancia de los peatones, para dar paso a su majestad el auto. Hacer más puentes peatonales es una clara medida de segregación. Eso sí, son buen negocio para exhibir publicidad. Lo importante detrás de un puente peatonal no es la seguridad de los ciudadanos, sino vender publicidad. Desde esa óptica, un puente peatonal es bueno porque permite que los automóviles circulen mejor. Sin que los peatones estorben. Otra función de los puentes peatonales, es ofrecer emoción y obstáculos a los ciudadanos de a pie. Emoción porque ahí los ciudadanos pueden ser asaltados y violados en su trayecto. Obstáculos, porque son todo un reto pedestre para niños, mujeres embarazadas y ancianos. Hace no mucho, un niño murió en esta infraestructura publicitaria. ¿Esa es la ciudad qué queremos?
En toda esta situación, es significativo el silencio de la Dirección de Movilidad Urbana y el flamante Instituto Municipal de Planeación (Implan). El municipio de Torreón promueve dos políticas que se contradicen y van en detrimento de la ciudad. Por un lado el Implan, es muy buena institución para organizar reuniones, planes y diagnósticos sobre los problemas de la ciudad. Incluso, ha convocado expertos en el tema de la movilidad como el ITDP. También promueve un loable proyecto llamado "Calle completa" para mejorar la integración y transporte de la población. Sin embargo, el mismo instituto que promueve todas estas políticas, ha sido irrelevante a la hora de influir en mejorar la ciudad. Lo ignora el alcalde. Lo ignora la Dirección de Urbanismo. Lo ignora Obras Públicas. Lo ignora el Cabildo. Más todavía, mientras el Implan promueve un modelo de ciudad más incluyente y funcional, las otras áreas del gobierno van en sentido contrario. En el gobierno municipal conviven dos lógicas como Dr. Jekyll y Mr. Hyde. De esa manera, los nuevos puentes peatonales son el mejor homenaje que la autoridad hace al automóvil. Una elocuente oda a la inequidad, a la disgregación del espacio público. Monumentos a la degradación urbana.
7 de octubre 2015

Peor para los peatones

Fuente foto: http://blogs.lavozdegalicia.es/javiersanz/2012/11/11/ciudades-para-peatones/
Pasada la crisis de violencia en la ciudad, poco a poco surgen otras problemáticas relevantes que también implican la vida. Cada vez más, se discuten problemas urbanos relacionados a la movilidad de las personas y el diseño de las ciudades. Porque nada más cotidiano en la ciudad, que la movilidad en las ciudades. De esa manera, la calidad de vida de una sociedad también se mide por la forma en la que las personas se mueven.
Recientemente no dejan de impactarme la muertes de personas que en el transcurso de sus actividades, pierden de la vida en el traslado. Para no ir tan lejos, retomo dos historias sucedidas en Torreón. Julio. Por la noche salió caminando una madre con sus dos hijos. Ante la poca visibilidad, uno de los pequeños, de dos años, cayó en una alcantarilla sin tapa, una situación que parece normal en la ciudad. ¿Cuántas alcantarillas han visto así en los últimos años? ¿Cuántas trampas mortales en la ciudad? Tristemente el niño falleció y sin embargo, aceptamos que la ciudad es así, que cualquier día un persona muere al trasladarse. Invertimos millones de pesos en bulevares, pavimento y puentes vehiculares, pero no reparamos en la seguridad de los peatones. Mal, muy mal estamos cuando las prioridades son otras, que no el cuidado de la vida.
Agosto. Diez de la noche. Como otros días, caminó para cruzar la Saltillo 400 a la altura de la calle Gómez Morín, para luego encontrar la muerte con un veloz auto. El impacto fue tal, que el vehículo arrastró el cuerpo por más de 60 metros. La escena ya parece común en esas vialidades de la ciudad, donde el "derecho" a la velocidad se vuelve sinónimo de muerte. Y sin embargo, la sola idea de bajar la velocidad en cualquiera de esas vialidades, indigna más a los ciudadanos, que la pérdida de las vidas. Mal, muy mal está una ciudad, cuando privilegia la velocidad de los automóviles, en detrimento de las personas. No es casualidad, que en las últimas semanas muchos ciudadanos se quejaron de los agentes de tránsito y vialidad en la carretera Torreón-San Pedro. Los veloces automovilistas señalan extorsiones de los agentes. Es posible, pero antes pensemos en lo siguiente: para que exista corrupción es necesario dos partes. ¿Acaso se reconocen? Tanto peca el que mata a la vaca, como el que le agarra la pata. Sin embargo, la indignación no provine de las decenas de muertes en esa vialidad por el exceso velocidad. Ni tampoco indigna, los peatones que han muerto en esa zona, algunos ya ni siquiera por cruzar, sino sólo por estar cerca de un percance vehicular. Lo que indigna a tantos automovilistas es no poder ir a 120, o incluso, a 140 kilómetros por hora, porque ahí están los entrometidos tránsitos. Indigna que la autoridad limite la velocidad, que se meta con el gusto de ir más rápido. En esa lógica, lo sagrado no es la vida, sino cuán veloz puedes ir.
Para mi sorpresa, al revisar sistemáticamente más de una década de muertes asociadas al transporte y la movilidad en Torreón, encontré que la primera tendencia la concentran los peatones. La segunda causa de muerte es de automovilistas. ¡Más todavía! Existe una correlación entre ambas causas. ¿No creen que ya es hora de hacer algo? Recupero algunos estadísticas de nuestra tragedia: entre los años 2000 y 2013, murieron 432 peatones, 243 automovilistas, 41 motociclistas y 23 ciclistas. Es decir, ¡739 personas! (Para el caso, el Inegi registra a precisión las causas de muerte).
Pero lejos de tratarse de simples accidentes que se acumulan, o cosas del azar, lo que tenemos es un terrible patrón donde el diseño urbano y las políticas de movilidad, alientan esas tendencias. Cuando leí el extenso "Informe sobre la situación mundial de la seguridad vial, 2013", publicado por la Organización Mundial de la Salud, constaté esa problemática compartida. La OMS identifica que "las lesiones causadas por el tránsito son la octava causa mundial de muerte, y la primera entre los jóvenes de 15 a 29 años. Las tendencias actuales indican que, si no se toman medidas urgentes, los accidentes de tránsito se convertirán en 2030 en la quinta causa de muerte".
Igualmente, otra conclusión del informe acomoda a la perfección a mi ciudad: "Las políticas de transportes olvidan a los peatones y los ciclistas. Los datos existentes constituyen una seria advertencia a los gobiernos respecto de la necesidad de tener en cuenta a los usuarios no motorizados de la vía pública".
Tal vez para la próxima, lo entendamos muy tarde.
12 de agosto 2015
El Siglo 

Bikes vs Cars

A pie o en automóvil, en camión o bicicleta, el transporte es el pan de cada día en las ciudades. No sé a ustedes, pero a mí me aburre manejar, más cuando se trata de largas distancias. Cada vez que puedo, prefiero andar o trasladarme en bicicleta. En el pasado lejano nos forjamos como grandes caminantes. Uno puede imaginar la necesidad vital de aquellos hombres al caminar, al observar, al construir el espacio desde esos recorridos pedestres. En el presente somos irredentos sedentarios y el automóvil parece "facilitarnos" todo. No es casual que bajo esa lógica, el diseño de nuestras ciudades también pierda sentido para las personas y por lo tanto, la dimensión de la escala humana. En la modernidad, construimos sin pensar en el viento y la luz, porque sencillamente tenemos refrigeración e iluminación artificial. Bajo esa referencia, tenemos generaciones de arquitectos que se olvidaron del entorno. Igual sucede con las ciudades, que han sido modeladas a imagen y semejanza de los automóviles, y no de las personas.
Para no ir tan lejos, en mi ciudad, Torreón, las principales obras públicas de los gobiernos son millonarios puentes vehiculares. Recientemente se inauguró un centro deportivo y comunitario con una inversión de 60 millones de pesos. Pero dos puentes, que actualmente se construyen, consumirán 450 millones. ¿Cuántas plazas y espacios de convivencia abiertos se harían con ese dinero? Sin embargo, esta situación local de inequidad y mala política, no es exclusiva de una ciudad, sino es compartida por muchas ciudades.
Gracias al colectivo de mujeres ciclistas, Bicionarias Laguna, por fin vi el tan esperado documental del director sueco Fredrik Gertten, "Bikes vs Cars" (2015). Oportuna fue la exhibición de Bicionarias, porque tomaron la calle el sábado pasado, para hacer una presentación abierta a los peatones durante Moreleando.
El documental llega a nuestro país por la promoción de la Red Nacional de Ciclismo Urbano, en conjunto con Ambulante y Greenpeace México. "Bikes vs Cars" expone de manera puntual los problemas y el malestar que viven tantas ciudades en el mundo por el dominio de los automotores, incluso en detrimento del ambiente y las personas mismas. Al mismo tiempo, aunque la narrativa es avasallante en cuanto a la hegemonía de los vehículos para el diseño urbano, aparece también una minoría alentadora que se mueve en dos ruedas: los ciclistas. Los Ángeles, ciudad de México, Sao Paulo, Toronto, por mencionar algunas ciudades, presentan el común denominador de tener grandes problemas de movilidad urbana, no sólo por el tráfico, sino por las inequidades que genera un modelo basado en el automóvil. Entre otras cosas, se tienen más carreteras y espacios para estacionamientos, que espacios públicos como parques y banquetas. Por lo mismo, la imagen que más representa a las ciudades del automóvil, es la bahía de un estacionamiento. Y sin embargo, como plantea el documental de Gertten, subyace en el uso de la bicicleta una alternativa revolucionaria a los problemas que conllevan 1,000 millones de automóviles. Insisto en la palabra subyace, porque a pesar de los graves problemas de movilidad en las ciudades (mayor costo, mayor tiempo en el tráfico, contaminación ambiental, muertes), la tendencia actual apunta a un crecimiento mundial de la industria automotriz. En la próxima década podríamos escalar a 2,000 millones de vehículos. Ante esa cultura dominante, es utópico tratar de pensar de otra manera, no obstante hay minorías que se resisten: colectivos ciclistas, ciudades como Copenhague y Ámsterdam. Para el caso, también podemos agregar esfuerzo notables en Curitiba y Bogotá con acceso a transportes urbanos masivos, más eficientes que los automóviles.
"Bikes vs Cars" es una reflexión bien fundamentada sobre la relación entre la calidad de vida y la movilidad en las ciudades. Encontrarán buenos datos y testimonios, comparaciones, y sobre todo, alternativas. Vean el corto en You Tube: https://www.youtube.com/watch?v=et8iEIPhooM
5 de agosto de 2015
El Siglo 

domingo, 17 de agosto de 2014

Nueva York en bicicleta


Entre las formas favoritas de conocer una ciudad, está andar en bicicleta. En automóvil hay demasiado tráfico y se va tan a prisa, que es difícil palpar la ciudad. En metro, cuando lo hay, estamos condenados al subterráneo y la aglomeración. Queda finalmente caminar, pero a la larga, las distancias hacen lo suyo con el cuerpo. Bajo un feliz intermedio está la bicicleta. Nos permite andar distancias más largas, pero sin los inconvenientes del automóvil. A diferencia de otras ocasiones, ahora tuve la feliz ventaja de moverme en bicicleta por Nueva York. Gracias al sistema de bicicletas públicas, no sólo tuve otro perspectiva de la ciudad, sino me desplacé de una manera más eficiente. ¿O a ustedes les gusta pasar inútiles horas en el tráfico?
La alternativa de transporte público que tiene poco más de un año en Manhattan y Brooklyn, se inauguró en mayo de 2013, y comenzó con 6,000 bicicletas dispuestas en 330 estaciones. Citibank fue el principal patrocinador del transporte privado con fines públicos. Como visitante, fue sencillo acceder a las bicicletas azules que se han convertido en un visible ícono de la ciudad. Más económico y eficaz que los taxis, las bicis compiten en precio con el metro, 24 dólares y una tarjeta de crédito permiten acceder in situ, al sistema que cada vez gana más adeptos en la ciudad. No hay necesidad de papelería, burocracia o acudir a una oficina. Tan rápido como llegar a una estación para obtener una bicicleta en pocos pasos.
Partimos de una populosa estación de autobuses cercana a Times Square. Una vez liberados los códigos, no lleva más de un minuto tomar la bicicleta y todo listo para pedalear. Prácticamente no hay gran avenida tranquila en Nueva York. Literalmente uno tiene que aventarse entre los conductores histéricos que parece molestarles todo, incluyendo una simple bicicleta que fácilmente los deja atrás. Aunque hay ciclovías protegidas bajo el modelo Copenhagen, donde los estacionamientos de automóviles sirven de barrera a los ciclistas, el resto de las ciclocarriles están integrados a las calles para transitar como un vehículo más.
Citi Bike recomiendan viajes cortos, pero fue fácil recorrer más de cuatro kilómetros desde Midtown hasta Battery Park en el distrito financiero. Como en otros lugares, andar en bici, no obstante el pesado tráfico, nos llama siempre a detenernos en un sitio y otro. Así de fácil. Así de rápido. Ya sea por curiosidad o por antojo, las bicis nos permiten entrever ciertos sabores locales. Llegamos una y otra vez al Soho. En el tránsito, un delicioso restaurante nos detiene en el camino. Con un click en la estación dejamos las bicis para vagar por aquí y por allá. Si bien hay ligeras pendientes, la isla es tan plana, que se facilita el pedaleo de un barrio a otro. Es posible recorrer cinco kilómetros en quince o veinte minutos. Por mucho, más rápido que el promedio de los automóviles parados por un perenne embotellamiento. No obstante de que las bicicletas son pesadas, hay una sensación de ligereza cuando uno transcurre por ese caos vial de automovilistas agresivos y enormes camiones. Al final, la recompensa resulta mayor al pedalear. Ciertos rincones. Cierta arquitectura nos detiene. De alguna manera, la bicicleta nos depara sorpresas y azares. En una tarde calurosa llegamos al impresionante memorial del 9/11. Dos cenotafios aluden a las torres destruidas. El ruido de dos cascadas alimentan perpetuamente los huecos donde antes estuvieron las torres. Al margen los nombres de más de dos mil personas que fenecieron aquella terrible mañana. Dejamos atrás el monumento para descansar en el parque que unos años atrás los indignados tomaron en protesta por la crisis. Repuestas las energías, regresamos con las ganas de comer un gyro en el camino. Hace años lo común era los "hot dogs", pero los kebab y el falafel alimentan con gusto la ciudad.
Otro día más en bicicleta dispuesto a la sorpresa o al encuentro de algún lugar que te guiñe el ojo. Gracias a la renta de bicicletas, mi regreso a Manhattan mejoró por mucho los recorridos en la ciudad. Ágiles, eficientes, divertidos.
POSDATA
Como toda empresa, Citi Bike no es obra de caridad, y ahora requiere más recursos para ampliar su red a otras zonas de la ciudad. Contra los pronósticos, las bicis ha tenido buena aceptación entre los ciudadanos, y ya se anuncian más inversiones privadas.

13 de agosto 2014
El Siglo de Torreón 
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1026270.nueva-york-en-bicicleta.html

domingo, 22 de junio de 2014

¡Ya es hora! Hagamos peatonal la Morelos


Tan acostumbrados estamos a ver las cosas en el mismo lugar, que sencillamente se nos hace impensable no verlas de otra manera. Muchas veces la rutina nos impide pensar otras formas. Ya sea por tedio o comodidad, no nos imaginamos otra perspectiva, otro manera de hacer las cosas. Domina una especie de pensamiento cómodo que lleva por leyenda: "siempre ha sido así". Entonces necesitamos una sacudida, una perspectiva que no lleve a otros caminos. Hay pinturas que para verlas nos obligan a tomar distancia. De esa manera, es necesario alejarnos para ver. Así sucede también con los problemas en las ciudades. Tan acostumbrados a verlos ahí, que mejor preferimos que sigan así, sin importan el deterioro o el daño del entorno urbano.
Desde hace años, la decadencia del Centro Histórico de Torreón se ha vuelto una cara que preferimos evitar. Tan normal nos parece la ruina, que poco se hace para cambiar ese aspecto. Docenas de edificios abandonados. Calles sucias. Paisajes desolados. Numerosos comercios cerrados e incluso, como visible síntoma, la pérdida de patrimonio histórico. En buena medida, al extenderse la ciudad con baja densidad, se desplazó el centro tradicional. También se perdió el uso mixto del suelo, que es una fórmula bien probada para mantener vivo a los centros. Paradójicamente la mayor reserva territorial urbana de Torreón se encuentra en el centro y no en la periferia a 15 ó 20 kilómetros de distancia, donde los servicios y el transporte resultan más caros.
En todas estas historias, no necesitamos descubrir el "hilo negro" ni millonarios diagnósticos para comenzar a integrar los espacios públicos. Un buen ensayo lo tenemos en la avenida Morelos. Por décadas fue el principal paseo de los laguneros, y también una de las avenidas de mayor identidad en la ciudad. Ahí nació en los años 50 el gusto por "morelear". Comercios y casas-habitación convivían en la avenida que se volvió emblemática. Con el crecimiento de la ciudad, la Morelos no sólo perdió su interés comercial, sino el lustre que la caracterizaba. En 2012 vivimos el peor año de violencia reciente. Muchos cerraron calles, levantaron bardas y cortaron el tránsito. Moreleando, liderado por Elías Agüero, José González y Jorge Ruvalcaba se propuso lo contrario: salir y tomar las calles. De esa manera han logrado convocar a miles de laguneros que el primer sábado de cada mes reviven la avenida como un gran paseo peatonal. Aunque las autoridades han hablado de rehabilitar el centro, incluyendo la Morelos, distintas voces han expresado su resistencia al cambio. Consideran que peatonalizar la avenida es "estrangular la vialidad" y que incluso afecta al comercio.
Cuando el Gobierno del Distrito Federal arrancó el corredor peatonal en la calle Madero y quitó el paso de automóviles los fines de semana, los comerciantes se opusieron, para luego comprobar que sus ventas aumentaron por la gran cantidad de peatones (no vehículos) que inundaron la Madero. Tal fue el éxito comercial del corredor peatonal, que se volvió permanente.
En Durango, la calle Constitución era privilegio de automovilistas, y sin embargo fue transformada a favor de los peatones. Ahora los duranguenses han dado gran vida a un corredor peatonal a lo largo de ocho cuadras. En menor escala, en Lerdo quitaron cuatro calles a los automóviles para dar más espacio a los peatones. No es necesario recurrir a las comparaciones con ciudades europeas, bien dispuestas de infraestructura peatonal y ciclista. Tampoco es necesario hablar de la metamorfosis de Manhattan en los últimos años, donde han quitado espacio a los vehículos, para abrir paso a las personas. Así, lugares como Times Square, que parecían intocables, fueron intervenidos radicalmente en beneficio de los peatones. No de los automóviles.
La avenida Morelos, otrora símbolo de identidad, tiene todo para articular espacios significativos de la ciudad como la Plaza de Armas, la Plaza Mayor y la Alameda. Pero es necesario romper esquemas para dar paso a una mejor ciudad. La Morelos podría convertirse ya en un gran espacio de convivencia y encuentro para los ciudadanos. Con alto valor comercial e histórico. Con amplias banquetas y ciclovías, e incluso, para que no se alarmen los defensores del automóvil, con calles abiertas y bolardos que delimiten y protejan las áreas peatonales. El acuerdo de los ciudadanos se tiene, como bien lo demuestran los miles que acuden a morelear. Nos falta el gobierno y empresarios que vuelvan a creer en la ciudad. ¿Es mucho pedir?

18 de junio 2014
El Siglo de Torreón 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Contra las gasolineras







En años recientes, la arquitectura que florece en Torreón son las gasolineras, además de una serie de cadenas comerciales con el número siete. Por aquí y por allá, en cualquier rincón siempre aparece una gasolinera. No importan que una esté enfrente de otra, o a un lado. Olvídense también de la lógica económica o el sentido de competencia. Lo que importa es construir una. ¡Qué viva la reforma energética! Pero lejos de pensar en las gasolineras como un signo de desarrollo (habrá quien sí lo considere), no veo cómo la multiplicación de las estaciones aporta a la ciudad. Me explico: en el modelo actual de ciudad, donde se privilegia el uso del automóvil por sobre todas las cosas, las gasolineras son casi un derecho. 

Por lo tanto, su presencia no sólo es justificada, sino indiscriminada. Al mismo tiempo, quienes transitan en carro, son una minoría no sólo en Torreón, sino en el país, con todo y que en los últimos veinte años el número de vehículos automotores creció tres veces hasta alcanzar 35 millones. Todavía lejos de representar a los 117 millones de mexicanos. En otras palabras, la mayoría de los mexicanos no se mueve en automóvil, pero casi toda la inversión pública va destinada a la minoría que sí se mueve en automóvil: puentes, segundos pisos, bulevares, desniveles, pavimentación y más pavimentación…  

No obstante las condiciones de movilidad, la visión dominante privilegia el desarrollo de unos, en detrimento de muchos. Tan lejos vamos del desfile, que por primera vez el gobierno federal, incluyó en el Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018, las palabras “peatones” y “bicicletas”.
Regreso al punto: una ciudad no es mejor en su nivel de vida por el número de gasolineras y automotores en las calles, sino por su capacidad de integrar a los ciudadanos a un sistema más equitativo y eficiente de movilidad urbana. De esa manera, no admiramos a las mejores ciudades por sus gasolineras, y mucho menos admiramos una inmensa fila de autos, sino la capacidad para integrar con humanidad sus espacios.

Veamos algunos datos. En Torreón, el padrón de vehículos automotores registrados por el INEGI hasta 2012, fue de 150 mil 814, sin contar “Onapaffas” y “copropafas” (el chiste se cuenta solo). Aun así, sólo representan el 23% de la población de la ciudad. Sin embargo, la mayoría de las inversiones públicas que se han hecho y se harán van destinas a esa minoría. ¿Y el resto de la población? El metrobús todavía es un proyecto, y ni que decir de las ciclovías o los cruces peatonales seguros. En el atroz modelo de ciudad, la visión necesaria es del automóvil. Si los ciclistas son un estorbo, los peatones ni siquiera existen. Abundan las baquetas destrozadas, pero en los nuevos desarrollos urbanos de la ciudad, las banquetas ¡ni siquiera existen!

De ahí mi argumento. Una ciudad como Torreón no necesita de más gasolineras para ser competitiva, sino un sistema incluyente de movilidad, donde todos aquellos que no se mueven en vehículos reciban la mejor inversión. Tan mal se han hecho las cosas en la ciudad, que actualmente hay altas probabilidades de morir como peatón. Refiero una serie de datos del INEGI entre los años 2000 y 2012. En Torreón 6 de cada 10 muertes asociadas al transporte, son de peatones, mientras que 3 de cada 10, son automovilistas. Y a pesar de la mala prensa, sólo 3 de cada 100 accidentes mortales están relacionados a los ciclistas.

Cual fue mi sorpresa que al estudiar los datos, encontré una terrible correlación entre las muertes de automovilistas y peatones. Dicho de otra manera, cada vez que hay un accidente vehicular, tenemos una probabilidad alta de peatones muertos. ¿En verdad es la ciudad que queremos?

Esas muertes serían evitables si en los próximos años el gobierno invirtiera el dinero público en un sentido radicalmente distinto: No para autos, sí para las personas. La fórmula parece obvia, pero no lo es, sobre todo, cuando los puentes y bulevares lucen por encima de amplias banquetas y ciclovías. En toda esta historia de distorsión urbana, nos urge una modelo de ciudad que cuide y proteja la vida humana. Quizá sea mucho pedir.  

19 de marzo 2014
El Siglo de Torreón 

lunes, 29 de abril de 2013

¡Que se jodan los peatones!


Bien dicen que lo más cercano es lo más invisible. Eso mismo sucede con los peatones en la ciudad. Lejos de construir nuestras ciudades para las personas, hemos hecho grandes y costosas vías para los autos. De esa manera, la lógica urbana está en función de los vehículos, no de la personas que transitan la ciudad. En el país es la tendencia, y de ahí, para los tomadores de decisiones públicas, los peatones no existen en su geografía mental. Por eso las vías son funcionales para los automovilistas, no para las personas que transitan a pie o en bicicleta. Olvídense de quien se atreve a salir en silla de ruedas.

Para dimensionar las desproporciones, retomo varias cifras que aporta Rodrigo Díaz, un experto en movilidad urbana que ha escrito con razón sobre la deshumanización de la calle: “3 de cada 4 viajes urbanos se hacen parcial o íntegramente a pie, más del 75 por ciento de los recursos que México destina a transporte se utilizan para la construcción de infraestructura orientada al uso del automóvil particular, medio utilizado en tan sólo el 25 por ciento de los viajes urbanos”.

El peatón que es mayoría, padece la tiranía de una minoría que conduce auto. Es la visión dominante, por eso los periódicos están poblados de quejas por el mal estado del pavimento. Por eso los medios insisten en exigir más vialidades y más puentes vehiculares. Por eso lo normal es defender a los autos y condenar a los peatones. Ellos que jodan por no tener auto. Voy a un ejemplo. Se habla de los puentes peatonales como una “inversión desperdiciada”, pero en cambio, nada se dice sobre la principal función de esos puentes: exhibir publicidad. ¿Tendrían el mismo atractivo si se prohibiera sin excepción los anuncios comerciales? Contrario a lo que parece, los puentes peatonales no están diseñados para que transiten de forma segura los ciudadanos, sino para que los autos sigan su tránsito.
Adelanto algunos hallazgos de un estudio que preparo en relación a la muertes asociadas al transporte en la Zona Metropolitana de La Laguna. En once años, entre el 2000 y 2011, el 3 por ciento de las muertes fueron de ciclistas atropellados. El 4 por ciento motociclistas. El 33 por ciento de automovilistas y el 61 por ciento de peatones. De los dos últimos existe una clara correlación entre muertes de automovilistas y peatones.
La pregunta es muy seria ¿Qué clase de ciudad queremos, una que proteja la vida de las personas, o una que la dominen los autos? Con tristeza veo la mediocridad de los políticos que celebraron esta semana, la asignación de 422 millones de pesos del fondo de la zona metropolitana de La Laguna para carreteras, bulevares, entronques… y más carreteras. Nada, sí, nada para hacer de nuestras ciudades espacios más seguros e incluyentes para las personas.

Por ningún lado, la “mejora” de la movilidad metropolitana procura amplias banquetas, cruces peatonales seguros (no puentes para anuncios), ciclovías, programas de cultura vial, y sobre todo, cuidado de la vida. Acaso, lo más relevante de esas obras proyectadas pudiera ser un BRT o metrobús, pero es sólo un estudio interminable que anunciaron desde hace años y ahora lo vuelven a retomar. Regreso al punto: lo que importa son los autos, no la vida de las personas. Para eso, ¡que los peatones se jodan!

14 de abril 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9177701

viernes, 31 de agosto de 2012

Contra los ciclistas o de cómo "sacarrajar" a un ciclista

De vez en vez, siempre aparece algún personaje con una declaración, un ademán o una actitud que nos dice mucho de nosotros como sociedad. ¿Cómo olvidar a San Canaca y su lazo de cochino? ¿Quién no recuerda a las “ladies” de Polanco insultando a la policía? ¿Al despreciable Miguel Sacal humillando y golpeando a un empleado de valet parking? ¿O cómo olvidarnos de Ángel Verdugo, quien llamó en otro momento a aplastar a los ciclistas? ¿Será que en la intolerancia, la abyección o en la estulticia nos sentimos más cómodos? 

Lejos de reconocer, confrontar o aceptar la diferencia, preferimos cortar de tajo aquello que no es como nosotros. Por eso son significativas las palabras de un conductor de radio en Saltillo, Pablo Garduño, quien en su programa del 17 de agosto, apresuró una técnica contra los ciclistas.



La ocasión del personaje fue para comentar la campaña del gobierno federal, Piloto por la seguridad vial, donde el presidente Felipe Calderón insistió en la cultura vial y de último minuto llamó a que los automovilistas respeten a los ciclistas (vayan al minuto 19:40).



No es relevante criticar al presidente, pero consciente de su lugar como automovilista, Garduño cuestionó: “Señor Calderón ¿Las autopistas fueron creadas para los automóviles o para los ciclistas? Perdón eh, discúlpeme pero hasta donde yo sé es para los automóviles. ¿No?”
Pero la sentencia de Garduño, refleja en realidad la prioridad de muchas ciudades en México: “Las calles son para los automovilistas, no para los ciclistas. No le haga caso al señor Calderón”. 
En su comentario Garduño vuelve sobre lo mismo: “No le haga caso al presidente Felipe Calderón, si usted ve a un ciclista en la calle ¡Pítele para que se haga a un lado! Porque las calles son para los automóviles, no para los ciclistas”.

Periodista o no, la estulticia no exclusiva de ningún oficio: 

¿Quieren andar en bicicleta?... En Saltillo hay una ciclovía, ahí si respételo (al cliclista) por favor, pero si usted lo ve en la calle quítelos, ¡sacarrájelos (sic) del lugar! ¿Por qué? Porque esta arriesgando la vida de él y su integridad de usted como automovilista. Porque si el ciclista, hay unos muy burros, se llega a caer y usted lo mata, el que va a tener la culpa es usted por una estupidez de un ciclista”.

La técnica que esgrime Garduño es muy sencilla y singular: “¡Sacarrájelos! Las calles son para los automóviles, no para los ciclistas”

Ya sabemos que en la ciudades mexicanas, como en tantas otras, el automóvil es el monopolio de la ciudad. Son los ciudadanos los que se adaptan al auto, y no el automóvil a los ciudadanos. Por eso siempre se hará un puente, un gran bulevar o un paso a desnivel, antes que hacer inversiones para los peatones y ciclistas. En esa lógica, lo normal es excluir a éstos últimos de las calles. Por fortuna, bajo la supremacía del monopolio, todavía no hemos reformado la constitución para declarar a su majestad el automóvil, como el único digno de transitar por las calles.

A pesar de los Garduños, cada vez más hay grupos organizados de ciclistas como los Bicles en Saltillo o Ruedas del Desierto en La Laguna, dispuestos a reivindicar el dignísimo lugar de peatones y ciclistas en la ciudad.

pd. la increíble defensa de Garduño en su cuenta de Twitter @PabloGCadena:


29 de agosto 2012
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9157267 

miércoles, 1 de agosto de 2012

Historia de un puente

Sin precedentes, la infraestructura vial en Torreón ha crecido notablemente en la última década. Puentes, desniveles, pares viales y nuevos bulevares ya distinguen las calles. Hasta un segundo periférico se construye. Cientos de millones de pesos han invertido los gobiernos para el crecimiento vial de la ciudad. ¡Imposible no ver las obras! Vamos, en ese boom, hasta nos permitimos construir, destruir y luego volver a construir una monumental vialidad en el bulevar Torreón-Matamoros. Esas inversiones han transformado el paisaje urbano. Dadas así, las obras gubernamentales se presentan como signo inequívoco del avance y el progreso citadino. Bulevares transformados, conflictos viales resueltos, amplias vialidades sin molestos semáforos y puentes que evitan los inconvenientes del tráfico. En ese ámbito, los gobiernos no han escatimado en poblar con puentes la ciudad.

Simbólicamente los puentes unen puntos, acortan distancias y comunican a la gente. Esa es la conclusión de una primera vista, sobre todo si se va en automóvil. No obstante, si nos detenemos, los puentes también segregan y dificultan el tránsito de quienes no transitan en un algún automotor. Un ejemplo paradigmático es el nuevo puente de La Concha en la “más mejor” vialidad de la ciudad que lleva al estadio del Santos. Una obra que costó 50 millones de pesos para facilitar el tránsito (siempre y cuando vayamos en automóvil).

Nunca fue tan fácil ir a San Pedro y cruzar el Paso del Águila por esa vía, y nunca fue tan difícil para los vecinos cruzar a pie por el lugar. Los alumnos y maestros del Cecytec y la Escuela secundaria número 15 lo saben muy bien. Por eso, la millonaria obra tiene todo, excepto pasos seguros para los peatones y ciclistas. Se invirtieron 50 millones para los automovilistas, sin embargo, los progresistas gobiernos no incluyeron a los que también circulan diariamente por la zona. A ellos nadie los tomó en cuenta por carecer de coche.

Desde ese modelo de ciudad, los únicos que son ciudadanos son los tienen automóvil. Así, la segregación llevó a los vecinos, alumnos y maestros a cerrar la obra, pese que el puente ya fue terminado. Por supuesto, no podía faltar la foto de los funcionarios. Como si se tratara de una regla, lo que sí faltó fue el acceso seguro para los peatones y ciclistas. 50 millones no valieron para ellos. Es común que en las grandes obras no se destine ni el 10 por ciento a otras alternativas de movilidad. Por el contrario, las anulan, porque carecer de carro es no existir. En el sitio había antes un puente peatonal que fue desmantelado, pero la modernidad ya no requirió de peatones; los sustituyó por automovilistas.

Los visionarios funcionarios de Obras Públicas y Urbanismo, no importa si el nivel es municipal o estatal, han resuelto de una vez por todas que movilidad sólo hay una. Para componerle un poco ante las protestas, el gobierno local anunció que construirá un puente peatonal con un costo de unos dos millones de pesos. Así los tiempos. Lo relevante del puente de La Concha es el paradigma urbano que repite. Millones y millones para construir vialidades, donde el transporte privilegiado es automotor.

En infraestructura urbana, la suma de un gobierno con otro, o la acumulación de los años no se traduce necesariamente en un mejor equipamiento urbano. Tampoco, para no ir tan lejos, en una planeación razonable. Basta ver cómo las grandes obras públicas en vez de unir segregan; en de vez de integrar, contribuyen a la inequidad. Paradójicamente la inequidad es lo que se ha construido con cientos de millones de pesos en la ciudad. Algo similar sucede con los nuevos fraccionamientos en manos de particulares. En tiempos en que insiste en la reconstrucción del tejido social, habría que reconocer antes la segregación que se promueve con recursos públicos y privados. Sin sorpresas, esa es la ciudad que hemos construido. ¿Esa es la ciudad que queremos tener?


29 de junio 2012
Milenio http://www.milenio.com/cdb/doc/impreso/9154435

lunes, 19 de marzo de 2012

Ciudad sin peatones

No soy un poeta: soy un peatón.
El peatón, Jaime Sabines
A propósito de mis caminatas por el centro de la ciudad, en la semana recordé el poema que sirve de epígrafe a esta columna. Aunque caminar es una actividad cotidiana, hacerlo por la ciudad se ha vuelto una carrera de obstáculos. Camino por una céntrica calle con nombre de poeta, Manuel Acuña, pero una gran camioneta me expulsa de la banqueta hacia el pavimento. Es obvio que para el dueño de esa camioneta no existen los peatones, existe él. La escena se repite en otros lugares, en realidad es normal. Pero esas prácticas dicen mucho de los ciudadanos. Cuando nos topamos con semejante obstáculo, el mensaje es claro: 
a-q-u-í No h-a-y p-e-a-t-o-n-e-s.

Incluso, si por dignidad o valentía se les ocurre cuestionar al automovilista in situ, corremos el riesgo de ser insultados o incluso amenazados. Mejor pensarla dos veces. ¿Y la autoridad? ¿Quién sabe? Quizá habría que proponer al enjundioso tesorero una campaña intensiva de multas. No inventaría nada, sólo aplicaría la ley y de paso ingresaría dinero a las castigadas arcas municipales.

Caminar es prohibitivo. No así transitar en auto. Bajo ese paradigma, el peatón es un perdedor. Ya lo dijo en su momento la Thatcher (ahora degradada en película). Desde esa “normalidad” transito por el bulevar más moderno de Torreón que va rumbo al estadio. Pasas el nudo Mixteco y en medio de la nada, dos parabuses inaccesibles, distantes a puntos de encuentro para peatones que toman el transporte público. Pero entonces, si esos parabuses no son prácticos para el usuario, ¿por qué están ahí? Sencillo, fueron concesionados a un particular que renta el espacio para publicidad. Pierde el ciudadano, pierde la ciudad, pero gana el particular. Eso de “ganar ganar” no es una precondición que beneficie a los ciudadanos. La concesión se vuelve así una prebenda discrecional que no aporta a la ciudad. Ahí están los clausurados por adeudos.

Vayamos a otra concesión: los puentes peatonales. En el mismo rumbo de la ciudad donde ya se dice que habrá tiendas de indiscutible lujo, los tres puentes peatonales antes de llegar al templo del fútbol fueron concebidos como bases para anuncios. El negocio es bueno, pero la utilidad pública del puente no es relevante. Incluso, ¡vaya ironía! esos puentes tuvieron publicidad antes de abrirse a los peatones. ¿Cuál es entonces la prioridad? Obviamente los anuncios. Por lo mismo, hasta la fecha los tres carecen de banquetas; no así de anuncios, iluminación ex profeso y hartas lonas que llegan a ocultar el paso de los peatones. Por cierto, una es del ayuntamiento. El buen juez…

Si no lo dicen textualmente, ese paradigma de ciudad sí materializa una normalidad: los peatones que se jodan. Parece lógico, suena normal, y creemos que así debe ser. Si analizamos la tendencias, en el largo plazo ese paradigma se vuelve contra la ciudad. No pido una ciudad de poetas, pero sí de peatones. Es posible que ahí nos reencontremos, y entonces sí, surja la poesía.
18 de marzo 2012
Milenio http://impreso.milenio.com/node/9131253

lunes, 13 de febrero de 2012

Modelo de ciudad



¿Hacia dónde van las ciudades? ¿Dónde nos encontramos nosotros? En lo últimos 20 años Torreón creció hacia el oriente y el norte. La ciudad se densificó de manera extensiva. Con ello crecieron las distancias y los servicios públicos se encarecieron. Más que el estado, el rumbo de la ciudad lo marcaron las constructoras. También se encareció el transporte. Ese modelo de ciudad que ahora diríamos “el Torreón nuevo”, tiene en primer lugar al automóvil, en segundo al automóvil y en tercero al automóvil. Acaso en cuarto y quinto, a peatones y ciclistas. No hay más. Por lo mismo, las obras “necesarias” para ese modelo de ciudad son los puentes, las autopistas de varios carriles y la sincronización de los semáforos. Desde esa óptica, cuando alguna de esas obras falla, la ciudad no funciona. Ejemplo: se habla de un sin número de cruceros viales “tronados”. Pero la respuesta no es vialidades más anchas, sino opciones de transporte de alta densidad como el metrobús y las ciclovías.

No obstante, un buen indicador de la salud (o atrofia) de una ciudad lo tenemos en las banquetas. En el modelo actual las banquetas no son necesarias o parecen un estorbo. Basta con recorrer las zonas más nuevas de la ciudad para constatar que los ciudadanos se ven obligados a competir peligrosamente con los coches a falta de banquetas que los integre. La tendencia es la exclusión. Y conste que cuando hablamos de democracia, no hablamos solamente de votos y partidos.


Como población urbana, Torreón nació liberal desde su origen. La ciudad fue concebida como un proyecto empresarial, no había autoridades, y cuando al fin las hubo, éstas no tenían ni recursos ni capacidad para atender la creciente demanda urbana. El ingeniero Wulff trazó el plano de la futura ciudad en 1887, pero no había ahí plazas, ni alamedas. Sólo un conjunto cuadriculado, listo para el libre mercado. Con el tiempo la pequeña población se organizó; más con las aportaciones privadas y las instituciones espontáneas (para decirlo con Friedrich von Hayek), que con el gobierno y los recursos públicos. Eran tiempos tan escasos, que los primeros presidentes municipales ejercieron su cargo de manera honoraria.


Ante la necesidad de espacios de convivencia, se destinaron, ya sea por donación o bajo una venta simbólica, los terrenos que ahora ocupan la Alameda y la Plaza de Armas (antes “2 de abril”). Paulatinamente se construyó el primer cuadro (ahora llamado histórico) y fue hasta la década de los no tan maravillosos años veinte, cuando la ciudad vivió su primer esplendor estético. Pavimentación, alumbrado, construcción de monumentos y el primer bulevar de la ciudad en la avenida Morelos. No voy abundar en detalles, pero me centro en uno: las banquetas. Torreón todavía conserva espléndidas banquetas en el centro primitivo, algunas tienen la huella de la Willite Company. Esa ciudad que fue ejemplo y orgullo del porfiriato, guardó un lugar privilegiado para los ciudadanos al integrar amplias banquetas. Ahora sencillamente no existen o en el mejor de los casos, fueron achicadas tacañamente. ¡Un tercio de aquéllas!
¿En qué momento nos extraviamos? Muchas veces, los peatones caminan en el pavimento, no tanto por gusto, sino por la miseria de nuestras banquetas. El modelo no deja opciones. Pero sí, como afirma Enrique Peñalosa, una ciudad enferma.


En Torreón como en otras ciudades mexicanas, abundan los muros, los espacios de exclusión, la prioridad de los presupuestos públicos para una minoría de personas con auto. En el mediano plazo, el Fondo Metropolitano ya obliga a integrar alternativas más democráticas para las ciudades. Pero esa lucha por la equidad no es evidente. A propósito, Andrés Lajous escribió: “No es obvio que el gasto en infraestructura para bicicletas sea la mejor forma de gastar el dinero público”. ¡Y vaya que los es! No dudo que en el mediano plazo más banquetas y ciclovías puedan incluir a esos ciudadanos de cuarta y de quinta.



12 de febrero 2012 
Milenio http://impreso.milenio.com/node/9111235