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domingo, 22 de noviembre de 2015

¡Se acabaron los desnudos!


Por donde lo veamos, no hay cultura sin desnudo, ni civilización sin desnudez. Si en el principio fue el Verbo, lo que se siguió después fue el desnudo. ¿O acaso alguien nace vestido? Mucho antes de la conciencia represora, el Génesis (2:25) nos dice: "Los dos estaban desnudos, hombre y mujer, pero no sentían vergüenza". Así, en las culturas más primitivas, la representación de los cuerpos desnudos se repite una y otra vez. Hay una fascinación por los desnudos, y toda una mitología alrededor. Ya sea en objetos, figurillas o en las pinturas de las cavernas, aparece el hombre desnudo. Como un hechizo primigenio, el desnudo se vuelve una representación simbólica inevitable: de la Venus de Milo a los desnudos de Modigliani; del Discóbolo al canon anatómico de Leonardo.
Entre griegos y romanos abundaron las esculturas desnudas como la imagen misma de la perfección. De la misma manera, los egipcios no se quedaron atrás en eso del desnudo, aunque a estas alturas, los restos de la historia parecen una amenaza para los fundamentalismos religiosos. Ya ven como le fue a las ruinas de un viejísimo templo en Palmira, y eso que no tenía desnudos. En su estudio sobre la evolución del comportamiento humano, el zoólogo Desmond Morris, partió desde el mono desnudo. ¿Habría otra manera? Sin ser su principal tema, el desnudo recorre la provechosa historia de la belleza y la fealdad de Umberto Eco. En la historia, la percepción del desnudo también cambia con las sociedades y el tiempo.
Tampoco es difícil llevarse por el encanto de los desnudos en el arte sacro. ¡Sí! Ese que parte de la religión. En la enorme tradición cristiana encontramos numerosas escenas de inocencia, erotismo y piedad donde el desnudo es se vuelve esencial. Sin embargo, Lorenzo Bernini ni siquiera tuvo que llegar al desnudo, para plasmar el profundo éxtasis de santa Teresa. ¡Pura maestría!
Nada más cercano a los orígenes mismos, que la desnudez. Por lo mismo, la Capilla Sixtina es el más extraordinario tributo al cuerpo desnudo. Ahí, hasta el mismo Dios está hecho a imagen y semejanza del hombre. ¡Por favor no me excomulguen! Con el tiempo, no faltó la orden de vestir algunos cuerpos del magnífico fresco. Y esa es precisamente la otra parte del desnudo: lo oculto.
Ya por pudor, gazmoñería, escándalo, tradición o simple protección, no faltan las ganas de cubrir todo el cuerpo. Visto así, sorprende cómo la más ortodoxa representación femenina encuentra notables similitudes en el vestido: la burka y el hábito de monja. En eso de los gustos se rompen géneros. Para gozo de la vista, el gran Francisco Goya nos legó dos majas: una vestida y la otra desnuda. En algún momento, la maja desnuda fue confiscada por el Tribunal de la Inquisición. El pecado: considerarla una "pintura obscena". En una ciudad de Norte del México, había una serie de desnudos que adornaban las calles. Un buen día, el alcalde en turno mandó quitar los monumentos por considerarlas "obras de arte pornográficas". Vaya criterio.
Para mi asombro, hace tiempo llegó a mis manos un viejo libro de arte, que perteneció a un jesuita pudoroso. Como no soportaba los desnudos en las pinturas, mejor decidió taparlas a rayones. Quizá con eso evitó los malos pensamientos. Nunca se sabe.
Alrededor del mundo, Spencer Tunick ha convocado multitudinarios desnudos en plazas públicas, campos y hasta algún museo. Su fotografía une los cuerpos en un solo cuerpo, logrando imágenes deslumbrantes.
En 1953, un provocativo y visionario empresario, Hugh Hefner, fundó la archifamosa revista Playboy. Si algo le faltaba a la revolución sexual, era una revista en masa. En sus mejores tiempos, Playboy llegó a publicar célebres desnudos en millones de ejemplares. 5.6 millones para ser exactos. La revista más deseada y emblemática de una época, hizo del desnudo, una industria. Celebridades como Marilyn Monroe, Madonna, Sharon Stone o Naomi Campbell, consagraron sus portadas. Pero nada es para siempre. Hoy la revista es irrelevante, tanto así, que su director Scott Flanders, acaba de anunciar que a partir del año que entra, se acabaron los desnudos. Los excesos de imágenes y los accesos casi infinitos en Internet, llevaron a la irrelevancia a la más famosa revista de desnudos. Quien dijera, el desnudo nuca es para siempre.
14 de octubre 2015
El Siglo

domingo, 23 de junio de 2013

El fin de las libertades





“No soy un traidor ni un héroe. Soy un americano”. La frase no corresponde a una novela de Ian Fleming o de John le Carré, sino a un joven estadounidense de 29 años, Edward Snowden, quien acaba de develar una gigantesca red global de espionaje alentada por Estados Unidos. Pero lo particular del escándalo, no es tanto el espionaje, al fin una práctica usual e inherente al Estado, sino el arrepentimiento de un colaborador. Snowden era un “analista” subcontratado por una agencia de inteligencia del gobierno gringo. En algún momento el joven espía decidió dar marcha atrás y filtró documentos a los periódicos The Guardian y The Washington Post, donde se evidencia un gran programa para espiar llamadas telefónicas, correos, mensajes y cualquier cosa que pase por compañías como Google, Apple, Microsoft, Facebook y Skype. En pocas palabras ¡todo! Pero si creíamos que las peores manos están en el gobierno, esas empresas globales no sólo lo superan, sino hacen realidad la distopía imaginada en 1984. La tecnología rebasa a la literatura. Acaso, de vez en cuando, hay alguien que rompe o se suicida. Al igual que Bradley Manning, el analista militar en Irak que filtró miles de documentos a WikiLeaks, Snowden aparece como un tránsfuga. Un héroe posmoderno. Un anormal que decide romper el pacto.

El escándalo ya tiene proporciones suficientes para ratificar a Barack Obama como el tipo carismático y cool que sostiene la guerra, Guantánamo y una estructura orwelliana de dimensiones insospechadas. Ya en el camino del escándalo, el multicitado libro de Orwell escaló las ventas en Amazon y Barnes and Noble.

Paradójicamente, por más fuerza que tuvieron los Estados a lo largo de la historia, siempre había zonas infranqueables hacia las personas. Estados tiránicos, dictaduras militares, poderes autoritarios, pero ninguno como ahora, encontró en los gobiernos democráticos, los medios más eficaces para invalidar las libertades. Nada se acerca tanto a lo imaginado por el autor inglés, como esta red global que quiso abandonar Snowden. Hace tiempo que Daniel Bell habló de las contradicciones de la sociedad posindustrial y la era de la información. Estamos conectados en una sociedad global. Pero la modernidad que tanto se empeñó en defender la individualidad frente a la comunidad, terminó anulada por una omnipresente escucha global. ¿Tendríamos que sorprendernos? De alguna manera hay forma de acotar un Estado. Nixon fue pillado y depuesto de la presidencia por expiar a la oposición. Pero cómo acotar empresas que superan el tamaño y los recursos de muchos países. 

¿Quién sanciona a Google, Apple y demás monstruos del mercado? Sencillamente no hay forma.
Quizá la revelación de los secretos quede como un escándalo temporal en los medios internacionales. Con el paso de tiempo ya nadie hablará del espionaje, la intervención de la privacidad y el fin de las libertades. Sin duda para entonces, tendremos una vida más cómoda.
Posdata
En México no necesitamos gran tecnología ni demasiada sofisticación. Podemos pedir una orden maciza y el padrón del IFE. ¡Cuál privacidad! Usted pase y compre las bases de datos.

14 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9183456

lunes, 10 de enero de 2011

Más sobre la ciberdemocracia

Acostumbrado a los medios, resulta un lugar común la descalificación, el insulto como huella del tan extendido anonimato. Enrique Krauze retoma el tema del debate en democracia, y hace referencia a las versiones de ciberdemocracia

"La descalificación del otro (política, intelectual, moral) es un fundamento imposible para la discusión, pero es lo más común en nuestro medio. En la radio, la televisión o el Twitter, los usuarios no exponen argumentos sino alabanzas o vituperios, santificaciones o anatemas. Por eso en nuestra vida política es raro escuchar comentarios matizados, ver como algo natural -por ejemplo- que alguien critique ciertas políticas públicas y encomie otras sin ser tachado inmediatamente de tibio, contradictorio o vendido. Acá la crítica racional se confunde con la oposición irracional, el matiz con la blandura".