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martes, 5 de septiembre de 2023

Tengo un sueño

 



Hay momentos en la historia vibrantes. El pasado 28 de agosto, se cumplieron sesenta años del famoso discurso que pronunció el Dr. Martin Luther King, en Washington, 1963. I Have a Dream (tengo un sueño), es una frase para la memoria colectiva. Anclado en los símbolos, habló desde el monumento de Abraham Lincoln, frente a más de 200 mil almas dispuestas a la esperanza. Escuchemos su voz: "Les digo a ustedes hoy, mis amigos, pese a todas las dificultades y frustraciones del momento, yo todavía tengo un sueño. Es un sueño arraigado profundamente en el sueño americano. Yo tengo un sueño de que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: que todos los hombres son creados iguales. Sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter".

Las palabras del líder por los derechos civiles iluminaron una época sombría, donde el racismo, la discriminación, los asesinatos políticos y la segregación hacia los afroamericanos, eran la norma. En el corazón de la democracia, pervivían profundos valores antidemocráticos que dividieron a la sociedad estadounidense. El movimiento de desobediencia civil por la equidad, logró impulsar en 1964, la Ley de Derechos Civiles, y en 1965, la Ley de Derecho del Voto. Figuras como Rosa Parks se volvieron fuente de inspiración para muchos.

No obstante, las acciones afirmativas, los resabios del racismo en los Estados Unidos, perviven en la actualidad, no sólo contra los afrodescendientes, también contra mexicanos y latinos. La discriminación vive una puesta al día en la frontera. De la misma manera, al interior se resaltan los valores de una supuesta "supremacía blanca". Es relevante observar cómo la política formal refleja esas actitudes. Milwaukee, 23 de agosto. Se realiza el primer debate de los aspirantes a la candidatura presidencial por el Partido Republicano, participaron ocho miembros. Los aspirantes coinciden en sus opiniones sobre el presidente Joe Biden: forja "el declive americano".

Al mismo tiempo, hubo consenso para referirse a los migrantes que llegan a Estados Unidos, como "invasión". Ironías de la historia. En sus inicios, el país se conformó de migrantes, pero hoy los repudia. Bajo la lógica que definió Carl Schmitt de amigo-enemigo, se representa a la frontera negativamente. El mal son los migrantes. Si bien, no es la primera vez que lo dice, el gobernador de Florida, Ron DeSantis, fue el más explícito sobre la relación Estados Unidos y México. Llamó a frenar la invasión cerrando las fronteras e incluso, instó a utilizar la fuerza letal. Su propuesta, para el día uno en caso de ser presidente, es ordenar la militarización del sur, intervenir México y utilizar drones para asesinar a los cárteles de la droga. No sólo asume la discriminación hacia los migrantes, además los asocia al narcotráfico.

En la película Traffic (2000), dirigida por Steven Soderbergh, las escenas en Estados Unidos son a color y las de México en sepia. De la misma manera, la saga de Sicario, anunció en la pantalla grande, los anhelos republicanos de intervenir México bajo el supuesto terrorista. Para el caso, la realidad reafirma al cine. Desde la visión del gobernador DeSantis, lo malo vienen del sur, y habría que utilizar al ejército y designar formalmente terroristas a los cárteles de la droga. De cara a las elecciones, DeSantis abandera el ala más radical: "Tenemos el derecho a defender este país. México no nos va a ayudar con ello, entonces tenemos que hacer lo que tenemos que hacer".

Su postura es más extrema que la de Donald Trump, lo cual ya es mucho decir. Propone intervenir, invadir, utilizar drones. Al respecto, bien probada es la experiencia norteamericana sobre el uso de drones contra sus "enemigos" árabes. A miles de kilómetros de distancia, comandan máquinas asesinas, dotadas de Inteligencia Artificial, que no distinguen entre buenos y malos, culpables o inocentes. Brutalmente, el dron destruye el área indicada sin importar las vidas humanas a su alrededor. A ese resultado lo llaman "daño colateral". El debate republicano confirma las visiones. Racismo ayer, racismo hoy. A sesenta años de las palabras pronunciadas por el Dr. King, el sueño americano parece tornarse en pesadilla.

El Siglo 

5 de septiembre 2023

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martes, 8 de agosto de 2023

Un tiro en el pie

 


Entre los bordes de aquí y allá, de un lado y del otro, Estados Unidos y México, pasan con facilidad de la integración al rechazo. La frontera es el drama cotidiano, donde los sueños se contraponen violentamente. Como hermanos enfrentados, a veces las diferencias se dan en forma de leyes, otras en muros, alambre de púas, y la más nueva: boyas en el río Bravo o río Grande, según se vea. Pese a la cantidad de obstáculos, pese a los peligros de cruzar el desierto, miles y miles de migrantes buscan pasar. El sueño de una vida mejor los lleva a jugarse la vida misma. Tan sólo en el año 2022, murieron 830 migrantes al tratar de cruzar la frontera.

El tránsito hacia el otro lado, va de los Juegos del hambre a La Purga. Quizás las películas sean una exageración, pero también representan una actitud hacia los otros, en este caso, los migrantes, no vistos como personas, sino enemigos a eliminar. Las políticas más recientes impulsadas por los gobernadores de Florida y Texas (ambas entidades con una profunda raíz hispana), reflejan el extremo de lo que el filósofo Achille Mbembe, acuñó como la necropolítica: ese poder de hacer morir y dejar vivir.

En el primer caso, el gobernador Ron DeSantis, más radical que su contrincante Donald Trump, lo cual ya es mucho decir, impulsa sin cortapisas disputas públicas. Se va contra las minorías sexuales y lanza una campaña bajo la frase lapidaria: "no digas gay". El mundo del gobernador no está en Disneylandia, por lo mismo, su lucha está contra la "ideología woke". No contento con sus peleas, también se va contra los migrantes sin papeles. Miles de ellos forman parte activa de la economía del estado, ya sea en la construcción o en los campos agrícolas. La promulgación de la ley migratoria SB-1718, no sólo criminaliza a los migrantes, sino a las empresas que los contraten. De ahí para arriba, todo lo que apunta a los migrantes podrá ser perseguido y penalizado punitivamente, como si se tratase de objetos peligrosos. La nueva ley es un tiro en el pie para el estado. La ley entró en vigor el pasado primero de julio, aunque Florida también vive de los migrantes. Sin embargo, la discriminación y el racismo ya le pasó la factura a DeSantis, quien se ha desinflado en las preferencias rumbo a las elecciones presidenciales. Prácticamente, los republicanos prefieren a Trump. ¡Vaya ironía!

En Texas, el odio del gobernador Greg Abbott hacia los migrantes, lo llevó a un absurdo peligroso. Colocar boyas en el río Bravo. Al gobernador no le importa la ley, ni muchos menos los tratados internaciones de límites entre ambos países, su propósito es frenar el paso de los "ilegales". Sus acciones buscan combatir la ilegalidad desde la ilegalidad. No se trata de la opinión de quien escribe, sino de la demanda que ya entabló el Departamento de Justicia del gobierno de Estados Unidos contra Texas.

La fiscal general adjunta Vanita Gupta, expresó en un comunicado: "Esta barrera flotante plantea amenazas para la navegación y la seguridad pública, y presenta preocupaciones humanitarias. Además, la presencia de la barrera flotante ha provocado protestas diplomáticas por parte de México y corre el riesgo de dañar la política exterior de Estados Unidos".

La realidad cotidiana en la frontera agrega un capítulo más a la saga republicana de la Purga. El cerco de púas y boyas en el río Bravo no sólo tienen la función de contener o disuadir, sino hacer daño. Para no ir más lejos, es odio a los migrantes como política institucional. Todo esto me recordó al Gringo viejo de Carlos Fuentes: "Hay una frontera que sólo nos atrevemos a cruzar de noche: la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos".

El Siglo 

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martes, 7 de marzo de 2023

Economía vigente

 



La vecindad hace inevitable el intercambio. Para bien y para mal, México y Estados Unidos comparten una larga y porosa frontera. ¡Más de 3 mil kilómetros! Pese a los muros y las agresiones del país vecino, estamos unidos por una dinámica mayor que supera la política y la ideología. Puede haber prejuicios, discriminación y racismo, pero eso no cambia la presencia de México en Estados Unidos, y viceversa. Por el contrario, reafirma una identidad vital. De esa manera, economía y migración superan la geografía y las jurisdicciones de los estados.

Desde el siglo XIX, las relaciones entre ambos países han pasado de la guerra y las invasiones, incluida la pérdida de la mitad del territorio nacional, a los tratados comerciales y la cooperación.

De un tiempo para acá, un sector de la política estadounidense pide con vehemencia que se declaren "terroristas", a los cárteles mexicanos. La fijación de un "enemigo público", le da contenido a la propaganda gringa y de paso reafirma los prejuicios. Es más fácil culpar al vecino, que reconocer los propios problemas. El tráfico de drogas se puede leer como un problema moral, pero también como una economía bien integrada entre gobiernos, empresas y consumidores. La red es inmensa, tanto como el gusto por las drogas en los Estados Unidos. El discurso contra las drogas, sólo muestra una cara de la misma moneda. Por supuesto, del otro lado nos les gusta reconocer que son un inmenso mercado de drogas, pletórico de hambrientos consumidores.

El historiador inglés, Benjamin Smith, nos advierte en su más reciente libro, Las Drogas (Debate: 2022), que "hoy en día, los mitos en torno a la guerra contra las drogas sientan las bases para el fortalecimiento del nacionalismo estadounidense". Hace dos décadas los "enemigos" fueron los árabes, hoy los sustituyen los cárteles. No obstante, aunque el panorama se presenta entre buenos y malos, como la película Traffic (2000), donde Steven Soderbergh, mostró a Estados Unidos a color, y a México en sepia, la realidad es tan compleja que se entiende mejor una como arraigada economía.

El juicio lapidario al ex secretario de Seguridad Pública en México, Genaro García Luna, llama a reescribir la historia reciente de la llamada guerra contra el narco, que enarboló el presidente Felipe Calderón, en medio de una crisis de legitimidad. Sin duda, Calderón sabía, o era un idiota (Diego Fernández dixit). Sabemos cuándo inició la guerra, pero es fecha que no sabemos cuándo va a terminar. En la actualidad, todavía padecemos en el país, los estragos de la guerra, que abrió un gobierno abiertamente ligado al narco. Pero lejos de ser excepción, hay una continuidad que impone esa economía. En su momento, el poderoso presidente, Plutarco Elías Calles (1924-1928), sobreviviente de la revolución, fundador del Partido Nacional Revolucionario, sabía de los pasos del gobernador Abelardo L. Rodríguez en Baja California. Lejos de condenarlo, lo toleró por ser un hombre leal al régimen. Llegado el momento, Calles lo impulsó como presidente. Abelardo fue promotor del elegante casino Agua Caliente, cuando la absurda prohibición del alcohol en Estados Unidos, incentivó la oferta en la frontera. Esa política alentó el mercado negro y de paso, consolidó a Tijuana, como una ciudad próspera y festiva. El casino pronto se volvió el lugar favorito de estrellas de Hollywood, mafiosos y aventureros. Más todavía, Abelardo se asoció con la mafia estadounidense, esa, que le hacen películas y series de televisión. En vano leí la autobiografía del expresidente, para buscar algún testimonio sobre sus relaciones con la mafia gringa. En cambio, sí enlista más de 84 empresas en las que participó jugosamente.

En su momento, el presidente Miguel Alemán (1946-1952), creó instituciones de inteligencia política y represión, a fin de mantener el régimen autoritario disfrazado de democracia. A principios de 1947 creó la Dirección Federal de Seguridad, un FBI a la mexicana. La Dirección quedó al mando del senador y coronel Carlos I. Serrano. Hombre de todas sus confianzas, repartió su tiempo entre liderar al Senado, espiar y traficar drogas a los Estados Unidos. Alemán sabía.

Lejos de erradicar las drogas, el prohibicionismo y la guerra, han fortalecido el mercado, y hasta lo han hecho más rentable. De allá para acá nos condenan con visión maniquea. De aquí para allá, el mercado se integra como otras industrias altamente rentables.

En su estudio reciente, 2022, sobre las drogas y los espías gringos en nuestro país, el investigador Carlos A. Pérez Ricart resume la otra cara de la misma moneda: "Las métricas del éxito de la DEA son las cuentas del fracaso de México. Lo que la DEA asume como logros ineludibles de la estrategia antinarcóticos -la fragmentación de las grandes organizaciones de la droga en entes más pequeños y aparentemente más controlables- no ha sido sino el detonador de las mayores oleadas de violencia criminal en todo el continente. En esa medida, la DEA es responsable directa de violaciones a los derechos humanos".

Quizá nos disguste aceptarlo, pero la economía de las drogas es una realidad vigente de un lado y de otro.

El Siglo 

martes, 7 de febrero de 2023

Decena Trágica


 

Reza el célebre dicho: Por sus palabras los conoceréis. De esa manera, una serie de pronunciamientos públicos muestra una narrativa deseosa de intervenciones e injerencias externas. Los más inocentes, desean una tutela. Quisieran, ante todo, que nos digan los que debemos hacer. Acaso, porque no sabemos o porque no podemos como el "primer mundo". Sin embargo, de esa narrativa que se reproduce en los medios, también se desprende una intención mayor. Dado que no sabemos gobernarnos o vivir con orden, nuestros vecinos deben hacer las cosas por nosotros.

Previo a las elecciones para renovar el Congreso en los Estados Unidos (noviembre 2022), se reprodujo el susodicho discurso: "Está gobierno de México en la mira republicana". Según la nota, a varios legisladores norteamericanos les resulta insuficiente el combate al narco, aunque sean como nación, los mayores consumidores del mundo. Sin duda, les preocupa que no tengamos más guerra, como si la inercia actual no fuera suficiente para la tremenda cuota de sangre que aportamos. ¿Cuánto estará bien? ¿100 mil muertos más?

En materia energética, piden no afectar los intereses del vecino y seguir sus políticas como ellos mandan. Otros, más audaces, no sólo van por los negocios, sino gustan de la política interior como si fuera la propia. En ese sentido, el senador demócrata, Bob Menéndez, pidió al Secretario de Estado, Antony Blinken, intervenir por el INE en México. Voces similares en el país se han pronunciado, como si el vecino fuera a resolver nuestros problemas. En conversaciones, se suele escuchar una frase tan mágica como cándida: "Estados Unidos no lo va a permitir". ¿Qué sigue?

En la reciente convención partidista de los republicanos, el defenestrado presidente Trump, se jactó de haber sometido a México con el asunto migratorio. Según el bravucón, amenazó con imponer aranceles del 25 por ciento a la exportación de vehículos. Sin duda hay influencia o imposición, como sucedió con la agenda migratoria, pero tampoco se cumplen al pie de la letra todos los anhelos intervencionistas. La historia nos ofrece ejemplos de intervenciones desastrosas para el país. Esta semana, conmemoramos (recordar juntos), el 110 aniversario de la Decena Trágica, es decir, aquellos días en que el presidente Francisco I. Madero, fue depuesto violentamente por un golpe de estado. El 9 de febrero de 1913, los conspiradores inician la destrucción del gobierno electo democráticamente, a balazos y cañonazos. Los generales Manuel Mondragón y Aureliano Blanquet liberan a Félix Díaz, sobrino del dictador, y a Bernardo Reyes, militar de viejo cuño. Muy cerca del presidente, el general Victoriano Huerta impulsa desde dentro, el golpe. La traición está a la orden del día. A punta de balazos y cientos de muertos, tomó forma la violenta caída de Madero y su vicepresidente, José María Pino Suárez. Desde antes, la elite capitalina evidenció su desprecio al presidente, y añora los tiempos de don Porfirio. La prensa es inmisericorde y a diario ridiculizan al mandatario. Sin duda, Madero es el presidente más calumniado. Basta leer la prensa y las caricaturas de la época. Ingenuo es lo menos que se dice, pero el coahuilense, es un hombre de buena voluntad alejado de la mano dura.

Desde la embajada de los Estados Unidos, el embajador, Henry Lane Wilson, va más lejos. Se reúne con los golpistas, los apoya y hacen acuerdos. Wilson no ocultó su desdén a Madero, incluso lo amenazó con una intervención militar, si antes no renuncia. "Yo pondré orden". Cada vez que puede, se pavonea de que él orquestó la caída del presidente. La complicidad del embajador es tal, que aquella reunión se le conoce como "Pacto de la Embajada". El 19 de febrero, México tiene tres presidentes en un día. Madero, obligado a renunciar a punta de pistola. Nombran a Pedro Lascuráin, quien hace el infame papel de ocupar el cargo por 45 minutos, sin duda el presidente más "honesto", para luego renunciar y ceder el lugar a Huerta. Todo conforme a la ley. El 22 de febrero, trasladan a Madero y Pino Suárez a la penitenciaría. Los llevan en automóvil desde Palacio Nacional. Al llegar, Madero recibe un balazo en la nuca y a Pino Suárez lo fusilan. Así concluyó el gobierno de 15 meses. Lo más duro: se mató a la democracia para enterrarla el resto del siglo XX. Ese mismo día, Huerta y su gabinete asistieron a la embajada estadounidense para celebrar el natalicio de Washington. ¡Vaya ironía!

El Siglo

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jueves, 1 de junio de 2017

El mundo no se va acabar



Tras el gasolinazo, el PRI acaba de asegurar el tercer lugar en la elección presidencial. Comparado con el incremento gradual de centavos en los últimos años, el nuevo aumento es voraz y rapaz. ¡Todo de un golpe! El aumento a la gasolina ha indignado a las clases medias, tradicionalmente un sector que no se moviliza. Más todavía, ese segmento suele rechazar la política,  y muchas veces, ni siquiera sale a votar. Prefieren los likes en las redes sociales y la crítica en el café. Con eso se conforman. No obstante, el gobierno federal dio buenos motivos para el enojo y la participación. Cosa curiosa. Vivimos en un país donde la corrupción no indigna tanto, porque se asume en plena normalidad. La inseguridad y la violencia, alientan el miedo y la inmovilidad. En cambio, el aumento a la gasolina enciende, y hasta surgen cadenas en el Whats para la protesta. Durante años, el gobierno promovió un subsidio multimillonario para los deciles de la población con mayores ingresos, y ahora que lo quita, todo es malestar.  Los automovilistas asumen que son los protagonistas.  
Con todo, a pesar del aumento desproporcionado a la gasolina, tengo que decepcionarlos: el mundo no se va acabar. Si les resulta difícil aceptar este argumento, recordemos que en un mundo sin gasolina, Beethoven y Mozart compusieron para la eternidad, y por entonces, las grandes ciudades de todas formas se movían. Lo que resulta inaceptable, es el entorno de una crisis económica que ya suma devaluación de la moneda, y por lo tanto, depreciación del poder adquisitivo. No hace falta ser economista del MIT para saber que el dinero vale menos. A eso súmele el aumento de los energéticos: gas y electricidad. ¡Tremenda reforma energética! Ni los políticos que hablaban maravillas de las reformas en 2013, piensa ahora lo mismo.
Pero no es todo, también debemos sumar el aumento de la tasas de interés, y por si fuera poco, un gobierno peligrosamente endeudado que ronda en el filo de la navaja. ¿López Portillo en puerta, o Carlos Salinas de Gortari? A pesar de todo el dinero que el gobierno dilapida en los medios de comunicación para que hablen bien de él, por aquello de que “lo bueno también cuenta”, no pudo ocultar aquellas promesas y spots de la presidencia sobre los “beneficios” de las reformas.  Una y otra vez se repitió el anuncio de Enrique Peña Nieto prometiendo bajas en los precios. 
Por lo pronto, busco un poco de luz ante el duro panorama. Retomo el libro de Dani Rodrik, “Una economía, muchas recetas”, para entender el fracaso de las reformas o la arrogancia de los economistas en el poder. Pero seamos optimistas, la cosas todavía pueden estar peor.
Como secretario de hacienda, José Antonio Meade, habla de un precio competitivo de la gasolina, y al mismo tiempo, quema su candidatura  rumbo al 2018. La fórmula es sencilla. Suben los precios, pero no el salario. Llego a la gasolinera y el despachador despotrica contra los diputados mientras surto unos escasos litros de combustible producto de la especulación previa al primero de enero. “A uno le suben tres pesos de salario, y los diputados, estos hijos de su… se dan bono tras bono”. La economía se divide en dos. La que disfruta la clase política a costa de los ciudadanos. Esa clase instauró una cleptocracia que se turna los puestos, las instituciones y sobre todo, el dinero de los contribuyentes. Por eso el bono de los diputados, va libre de impuestos. Nos dicen que en 2017 sí van a pagar impuestos por el bono. Este año nos van a salir con el 2018 y así sucesivamente. Por lo mismo, la otra economía es para el resto, quienes, mal que bien, aportan el dinero a las arcas públicas. Veamos un ejemplo navideño. A la Comisión Federal de Electricidad, la misma que dirigió el presidente nacional del PRI, un tal Enrique Ochoa, el gobierno la acaba de rescatar en el rubro de las pensiones. Dicho de otro manera, dinero bueno al malo. ¿Qué sería de la comisión, si no fuera una “empresa de clase mundial”?

Con el gasolinazo, el gobierno de Peña Nieto acaba de apuntalar la candidatura de Andrés Manuel López Obrador, quien ya ofreció perdonar a la “mafia”. Pese a todo, el mundo no se va acabar.
4 de enero 2017 

“Masiosare”


Para muchos, lo más fácil es suponer que el problema de México es Donald Trump. ¿Pero es así? A unos días de iniciar su gobierno, ya se asume como catástrofe, y todavía no empieza. En la peligrosa lógica de amigos y enemigos, Trump aparece como el mal. Pero nada más sencillo que pensarlo así. Frente a nuestros problemas, el mal es el vecino; frente a nuestros conflictos, la culpa es de los otros. Es cierto, hay agravios y alusiones inadmisibles del presidente norteamericano. También hay racismo, y la sola propuesta del muro, nos recuerda lo peor del siglo XX, lo cual ya es mucho decir, para un siglo pródigo en guerras, masacres y genocidios. ¿Algo aprendimos del totalitarismo? Todo parece indicar que no. Si el siglo pasado valoró la democracia, el siglo XX podría convertirse en la negación democracia por sus propios medios. Para el caso, el muro es un símbolo poderoso de regresión. Y si las autoridades no han respondido con fuerza y dignidad, dado que nuestro presidente está asustado, la bien organizada comunidad judía en México, sí lo hizo frente al primer ministro isralí, Benjamín Netanyahu, quien apoya la absurda propuesta del muro.
Pero el mal momento de México, no tiene tanto que ver con la política exterior, como con la propia política casera. Por lo mismo, frente a nuestros problemas, Trump es la coartada perfecta para ocultar lo que no funciona en nuestro país. El estado de derecho, la justicia, la maltrecha democracia y una clase política que gobierna por y para la corrupción.
Desde la presidencia de la República creyeron suplir la falta de liderazgo y credibilidad con un artificial llamado a la “unidad”. Parecía la ocasión perfecta para recuperar el apoyo perdido. Ahora sí, todos a cantar el himno nacional. Pero la unidad nacional, si alguna vez tuvo eco, fue en plena guerra mundial, cuando México apoyó a los aliados. O más bien, a Estados Unidos. En esa época, Manuel Ávila Camacho llamó a la unidad nacional y hasta logró juntar a los enemigos acérrimos: Lázaro Cárdenas y Plutarco Elías Calles. Pero a diferencia de aquellos años de la guerra, ahora las circunstancias son otras, y no basta con un llamado del presidente. Por eso la gente en las calles, repudió a Trump en la marcha, pero sobre todo, a Peña Nieto.
A pesar de Trump, no perdamos de vista nuestros propios problemas. Esos que nos competen a nosotros y a nadie más. El enemigo mayor no está afuera, ni tampoco es “Masiosare”, como dice nuestro sagrado himno. El problema está adentro y muchos se niegan a reconocerlo. Veamos una muestra. El corruptómetro que recién acaba de publicar Transparencia Internacional, ratifica a México como un cleptocracia de primer orden. A lado de nosotros, en el lugar 123, de 176 países, están Honduras, Laos o Sierra Leona en África. ¿En verdad pensamos que Trump es el problema?

Me gustaría creer en un extraño enemigo, pero rápidamente me decepciona la modesta lógica de amigos y enemigos; blanco y negro. Para males, los mexicanos nos bastamos con nosotros mismos. No necesitamos fantasmas extranjeros, ni un extraño enemigo que profane nuestro suelo. En cambio, es más grave la disfuncionalidad de la democracia; la cooptación de la instituciones por la corrupción en todos los niveles; la impunidad que el mismo estado mexicano cuida para los suyos, los poderos. Por eso los ex gobernadores salen sonrientes, no obstante los escándalos de corrupción y las deudas que arrastran. Por eso los ministros de la Suprema Corte, no obstante la ausencia de justicia, defienden sus sueldos millonarios. ¡520 mil pesos mensuales! Allá que les bajen el sueldo a otros. Para los garantes de la ley, no aplica ley. El punto podría ser irrelevante, pero es representativo de un país partido en dos. Ministros con sueldos de primera, y ciudadanos con una justicia que no llega. Digámoslo más claramente: una clase política que se sirve con la cuchara grande a costa de los contribuyentes. ¿Nos resulta poca cosa?
15 de febrero 2017 

lunes, 26 de diciembre de 2016

¿Por qué Trump sí puede ganar las elecciones?


Sin duda, Donald Trump es despreciable y racista, pero ahora es un candidato con serias posibilidades de convertirse en presidente de Estados Unidos. Por desplantes y bravuconería no ha parado. Incluso, algunas expresiones políticas son casi de corte fascista. En los meses anteriores a la candidatura presidencial por el Partido Republicano, no tuvo reparo en ser políticamente incorrecto. Va contra la globalización y quiere un muro en la frontera. A punta de espectáculo ganó popularidad y asaltó a los republicanos. Abusó de las palabras más allá de lo grotesco. Se presentó como misógino, antiinmigrante y antislámico, pero todo el mundo hablaba de él. Es un showman que ha asaltado la política. Por lo mismo, no ha dudado en transgredir las reglas, y de paso, tampoco ha dudado en agredir periodistas, oponentes políticos, y a cuanto se le pare enfrente. Sin embargo, todo el mundo habla de él. Pero más allá de la retórica del insulto, y en ocasiones, de abierto odio, un mensaje hace profundo eco en los norteamericanos: el mensaje de recuperar la grandeza económica.  “Make america great again”, reza el slogan de campaña.

¿Por qué Trump sí puede ganar las elecciones en noviembre y convertirse en el próximo presidente de los Estados Unidos? Por un momento dejemos de lado la detestable retórica trumpiana. Para el caso, centrémonos en la economía. Desde diferentes trincheras, dos agudos observadores norteamericanos, un periodista y un sociólogo, han escrito respectivamente dos libros que explican desde dentro, la decadencia norteamericana.  El periodista George Packer tejió varias historias para explicar “El desmoronamiento” americano (Debate, 2015). Packer narra la decadencia económica de las últimas tres décadas. Fábricas cerradas, ciudades y poblados abandonados, ricos más ricos, y una pauperización de la clase media. Literalmente describe el desmoronamiento del sueño americano. Para muestra, Youngstown, Ohio, donde la pérdida de las industrias se refleja en la destrucción de casas abandonadas. Ya sabemos que Detroit no tiene el monopolio del retroceso urbano. Si en el siglo XIX se habló de industrialización. En el siglo XXI podemos hablar de la desindustrialización.
Desde otro ámbito, Robert Putnam, el famoso sociólogo y politólogo estadounidense, autor del clásico estudio sobre la cultura cívica, Bowling Alone, recién publicó en 2015, el libro “Our Kids: The American Dream in Crisis” (Simon & Schuster). Desde Port Clinton, también en Ohio, Putnam comienza con el pueblo de su infancia en los años 50 del siglo pasado. Había prosperidad industrial y ahora es el escenario de un lejano sueño americano. La clase media gana menos en comparación a esos años. De esa manera, hay zonas en franca decadencia económica. Para Putnam la posibilidad de que los niños de hoy, sin importar su origen, alcancen el sueño americano, es cada vez más complicado. En tales condiciones es donde se explica que un antipolítico como Trump pueda ser presidente. Cada vez que Trump habla de deshacer los tratados de libre comercio, está hablando a un amplio sector de estadounidenses que han perdido sus empleos, o han visto disminuir sus oportunidades.  A Trump le gustan las galletas Oreo, pero tras el anuncio de la empresa Nabisco sobre  cerrar su fábrica en Chicago para trasladarla a México, el candidato afirma una y otra vez que no volverá a comer Oreo. Más allá de sus gustos, el mensaje de Trump va directo a los desempleados del libre comercio. De ahí su popularidad y arrastre, de ahí el convencimiento de tantos estadounidenses que añoran el sueño americano. En ese sentido, Trump tiene varias ventajas sobre la candidata demócrata, Hillary Clinton. No viene de la política, y como tal, esgrime un discurso contra los políticos. A Hillary, que tienen tantos negativos como él, no se cansa de llamarla “corrupta”. En un entorno de decadencia económica, el exitoso empresario se presenta como la última encarnación del sueño americano. Él se presenta como un empresario exitoso, y al mismo tiempo, ofrece una personalidad  autoritaria en un momento de crisis. Por lo mismo, no tuvo reparo en reconocer y elogiar a Vladimir Putin. En Europa, los ingleses acaban de demostrar con el Brexit, que la democracia también se puede dañar a sí misma por medios democráticos. El triunfo de Trump sería la derrota de la democracia por la democracia. Más vale que nos vayamos preparando.


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27 de julio de 2016
El Siglo
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