Perder la opinión pública es un lujo que no pueden darse los políticos. Más todavía, cuando los ciudadanos toman las calles, protestan, se manifiestan por miles. No hay vuelta atrás. Pocos mandatarios en pleno siglo XXI pueden salir a reprimir, incluso a masacrar a los ciudadanos como en Siria (y no importa que la ONU diga algo). Para sorpresa de muchos, Brasil, el BRIC, el país de moda, no sólo tendrá el mundial de fútbol en el 2014, sino además, enfrenta ahora serias protestas de su población, en especial de las clases medias.
Contrario a lo que se cree, la protesta no vino de los pobres sino de un sector educado de jóvenes con acceso a internet y redes sociales. Ciudadanos de clase media, en un país con millones de pobres, a pesar del conocido éxito de programas gubernamentales como Brasil sin miseria y Beca familia, durante la última década. Lejos de ser mayorías, la clases medias salieron por miles a las calles no sólo a protestar, sino exigir mejores servicios públicos como educación, transporte, y salud. La gota que derramó el vaso fue el pretendido aumento al transporte, y todo esto en medio del fútbol. Sí, ¡el deporte que se juega con los pies!
Brasil es el país donde la religión parece ser el fútbol, pero también es el país donde un segmento de la sociedad reclamó al gobierno la construcción de estadios, en vez de atender los servicios públicos. ¿Dónde hemos escuchado esas historias de desperdicio? Mientras miles disfrutaban de un aburrido juego México-Japón, otros miles salieron a tomar las calles. Escribieron mensajes como: “Un Brasil para todos”; “Dinero para la salud y la educación, no para el fútbol”; “Si tu hijo se enferma lo tendrás que llevar al estadio”; “Brasil se despertó”.
Las instituciones políticas en Brasil también viven bajo un enorme desprestigio: políticos, partidos y gobiernos. El mundial se presentó como un buen espectáculo a favor del gobierno. Ahora las protestas evidencian los problemas. El costo del mundial para el gobierno de Brasil, será de unos 13 mil millones de dólares, más lo que se acumule al próximo año. Ya sabemos cómo se la juegan los gobiernos…
Según un estudio de Ibope, 7 de cada 10 manifestantes cuenta con educación superior, y 75 por ciento de la población en general en el país apoya las protestas. Con esas cifras en contra, más la presión en las calles, al gobierno de Dilma Rousseff no le quedó más que ceder ante los manifestantes y desistirse del aumento al transporte: “la voz de la calle tiene que ser escuchada”.
Como las protestas no terminaron ahí, a pesar de la disposición de la presidenta brasileña, ahora anuncia una reforma política. Los clases medias que se manifestaron no sólo respondieron al aumento del transporte, o criticaron los miles de millones que gasta el gobierno para construir la infraestructura del Mundial de fútbol (la cual será un desperdicio una vez que termine el torneo). Sobre todo reclamaron la corrupción de la clase política y la carga impositiva al segmento. Antes de que aquello se incendie más, la presidenta propuso un plebiscito para una reforma política. En un mes, la asamblea constituyente habrá de incluir los temas de salud, transporte, rendición de cuentas, responsabilidad fiscal y lo más importante: EDUCACIÓN. Una propuesta que en verdad me dio envidia y que había quedado en promesa desde el año pasado en Brasil: destinar el 100 por ciento de los recursos obtenidos de la exploración petrolera a la educación.
A todo esto, y en México ¿dónde están las clases medias? ¿cuándo tomarán las calles para exigir al gobierno? Menos mal que Marcelo Ebrard propone un debate al presidente. ¡Perdidos al fin!.
26 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9184554
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domingo, 30 de junio de 2013
domingo, 23 de junio de 2013
Tomar las calles
Antes de la violencia política, está el recurso de salir a tomar las calles. En algunos casos se toman los espacios para evitar más violencia. En otros, es la violencia de Estado la que aviva otras fuerzas e impulsa que los ciudadanos tomen las calles. No hay una fórmula para predecir el comportamiento social, aunque explicaciones no faltan, sin embargo, lo que empieza con la toma de las calles, bien podría terminar en la toma del gobierno. Tarde lo entendieron los otrora líderes árabes. El peor de todos fue Muamar Gadafi que pagó con su vida la soberbia del poder. Durante meses la sorpresa fue la Primavera árabe: cayó Ben Ali en Túnez, Hosni Mubarak en Egipto, y Gadafi en Libia. En cambio, sostenido por China y Rusia, el gobierno de Bashar Al-Assad sigue en pie gracias a un guerra que libra contra su ¡propio pueblo! Incluso se da el lujo de advertir a Europa que no se le ocurre armar a los rebeldes. A los ojos del poder: ¿Qué son 100 mil sirios muertos?
Después de varios años, tocó el turno a Turquía. Un suceso aparentemente trivial desencadenó una fuerza mayor (otra vez las pequeñas cosas). El proyecto de transformación del parque Gezi, que implica quitar árboles, para dar paso a la urbanización basada en la arquitectura otomana. Contra la decisión del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, los ciudadanos organizaron una protesta multitudinaria para defender los árboles y la plaza. Al paso de los días, Erdogan no encontró mejor forma que reprimir, golpear y gasear a los ciudadanos que tomaron la plaza Taksim. ¡Olvídense de la democracia! El referéndum es un decir de la corrección política; no en el gobierno autoritario. Las protestas continuaron y Erdogan declaró perder la tolerancia. Lo que siguió fue reprimir a los manifestantes, encarcelarlos, herirlos. Hasta los mismos ciudadanos improvisaron brigadas médicas para atender a los heridos. Mientras la violencia y los gases lacrimógenos se apoderaron de las calles, en la televisora nacional pasaban el concurso de Miss Turquía y CNN trasmitía un documental sobre ¡pingüinos! Vaya broma. A pesar de la represión, las protestas continuaron entre miles de ciudadanos que salieron a las calles. Qué más podía declarar el primer ministro, sino la acusación de “terroristas, anarquistas, vándalos”. La explicación oficial refiere la teoría de la conspiración para acusar que los manifestantes son movidos por terroristas, medios de comunicación y hasta agentes extranjeros. Imaginación no le falta a Erdogan, ni tampoco ganas meter al ejército si continúan las protestas. Ya amenazó.
Algunos han visto la defensa del parque como la continuación de la Primavera árabe. No obstante de aquel movimiento político que derrocó gobiernos, las protestas han evidenciado que detrás de la buena imagen de un país como Turquía ante la Unión Europea, se escuda un duro autoritarismo con formas de democracia. Es difícil saber en qué terminaran las protestas de estos indignados turcos, pero su mensaje advierte que en pequeños detalles el supuesto equilibrio del poder, es frágil. Tanto como ahora lo muestra las manifestaciones violentas en Sao Paulo y Río en Brasil. De cara al mundial de fútbol, el aumento al transporte trastoca la estabilidad del gobierno al mando de Dilma Rousseff. En la aparente tranquilidad, la protesta llegó hasta el Maracaná. Nuevamente las pequeños detalles. Una plaza, unos árboles, el costo del transporte. Para México, ¿cuáles serán los nuestros?
19 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9183904
miércoles, 6 de junio de 2012
Hay, lo que sea su voluntad...
Protestar es una profesión que requiere tiempo, dinero y pulmón. Las causas son muchas y cuando no las hay se inventan. Porque lo de menos es ahorcar el tránsito, impedir que otros pasen. Lo que vale es protestar. No hay más. Además, si alguien osara cuestionar el derecho a la protesta, falta con restregar la Constitución: ese libro sagrado de nuestra historia.La protesta es un medio que si no existiera, habría que inventarlo.
Y si no, hay que ver los logros educativos que consiguen los maestros. Como reloj, cada año aprietan la tuerca. Para los maestros las protestas son un peregrinar que tienen como basílica a la ciudad de México. El mecanismo es sencillo. Los maestros sacrifican las clases de sus alumnos por un logro más noble: el Sindicato. La educación es lo de menos. Lo que importa es la protesta, la toma de las calles, los gritos y la presión a las autoridades. Aquí no queremos evaluación.
En el arte de la protesta, hay tradiciones notables: Oaxaca, Guerrero, Chiapas y Michoacán. Su preocupación no es ocupar los peores lugares en las evaluaciones porque la educación es el medio y no el fin. El fin es el sindicato. En tiempos de alternancia y poder desmedido de los gobernadores, un Gabino Cué o un Fausto Vallejo son poca cosa frente al poder de los maestros.
Muchos maestros de este país no serán buenos educadores, pero sí son expertos en marchas. El sindicato de la educación, no importa cuál, es un proveedor inagotable de protestas. Hay puntualidad, organización y sobre todo, conquistas sindicales. ¡Hasta un partido político tienen!
Ser maestro es una conquista, un patrimonio heredable para la protesta. Desde su formación se educan para las calles, y las marchas son el indicador para el avance. No se preocupan por Enlace y la Evaluación Universal, lo más importante es la autoevaluación. Ahí, cada maestro da lo que sea su voluntad. Si esto no fuera suficiente, la autoevaluación propuesta por el CENTE se basará en una asamblea. ¡Mejor no podía ser!
Por eso, bajo la métrica del manifestódromo, de nada sirve que el presidente les diga: “Ya estuvo bueno de eso”. A estas alturas su declaración sólo la registran los periódicos. El tiempo para exigir que se cumpla la ley se le agotó. En el ocaso del poder hasta La Maestra lo apoya. Mientras tanto, nuestra principal institución educativa prepara a nuestros maestros como profesionales de la protesta. Tal vez pronto nos den un merecido reconocimiento.
6 de junio 2012
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9149589
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