miércoles, 31 de mayo de 2017

Diez años después


En apariencia, dicen que las cosas en seguridad van bien. ¿En verdad van bien? Regiones como La Laguna mejoraron visiblemente. Pero no vayamos de prisa, hagamos una pausa. ¿Qué significa mejorar? Que las cosas están menos peor. Es cierto, ya no hay guerra en las calles, aunque siguen los homicidios con menos frecuencia. En esa región se estabilizaron las corporaciones policiacas, antes infiltradas por el crimen organizado, pero los robos siguen, los asesinatos también. La vida nocturna se recuperó, pero el mercado negro sólo cambió de lugar. Ciudad Juárez, la otrora ciudad más violenta del país, pasó de una demencial violencia, a una baja considerable, pero los problemas continúan. Siguen matando impunemente y el jugoso negocio de la frontera parece interminable. La zona metropolitana de Monterrey ha vivido ciclos de alzas y bajas, pero ya sabemos, que en los penales mandan otros. Gracias a la justicia de Estados Unidos, no crea lector que la de México, nos enteramos que en Nayarit, la cabeza de la Fiscalía General del Estado, era —¿o es?— la cabeza del crimen mismo. La realidad supera la ficción.
En Reynosa, Tamaulipas, recién se vivió hace unos días tremendo enfrentamiento. Ahí la guerra nunca se fue. Balaceras, incendios, bloqueos. Como Prometeo, siempre hay un capo nuevo. En el extremo del país, Acapulco no se queda atrás. Pelea el campeonato de asesinatos. El telón de fondo muestra abiertamente la presencia del crimen, no obstante, los miles de policías, militares, marinos, armas, y fuerza bruta. ¡Muy bruta! Nomás no hay tregua, y sin embargo, domina la impunidad.
Hace diez años, al presidente de la República, se le ocurrió lanzar la guerra contra el narco, en vez de sanear las instituciones desde dentro. Un día de diciembre de 2006, miles de soldados partieron a Michoacán. Por desgracia, el resto de la historia ya la conocemos. De esa guerra conocimos el principio, pero todavía no damos con el fin. El sexenio panista terminó con miles y miles de muertos. Otros tantos miles desaparecidos… vino el PRI, que nos dijo con hombría que sí sabía gobernar, y ya ven como estamos ahora: los criminales son los gobernantes mismos. Les propongo la nueva acepción de “gobernador” en la RAE: dícese de un ratero electo popularmente.  
¿A que viene todo este horrendo recuento? No piensen que nos gusta sufrir por demás en este valle de lágrimas. Pero el pasado mes de marzo se encendieron las alertas en cuestión de homicidios dolosos, aunque ya habíamos iniciado el año rompiendo marcas. Lo preocupante, no es un mes, sino la tendencia del trimestre que está para pensarse. De acuerdo con las cifras oficiales del Secretariado Ejecutivo de Seguridad Pública, se mata tanto como en sexenio pasado. Esto ya es mucho decir, dado que los gobiernos estatales suelen maquillar o rasurar alegremente los datos. El pasado mes de marzo registró 2 mil 20 homicidios dolosos en el país. Lo cual representa el mayor pico del sexenio de Enrique Peña Nieto. Para entender la cifra, el punto máximo que alcanzó el sexenio de Felipe Calderón, se registró en mayo de 2011, con 2 mil 131 asesinatos. En ese sentido, la principal estrategia del presidente priista fue no hablar del problema de seguridad, aunque este siguiera ahí. Tan sigue ahí que marzo nos dio un durísimo aviso. ¿Qué más nos espera?
Diez años después seguimos entrampados en una guerra de baja intensidad. La guerra contra el narco no nos llevó a la paz, sino a una peligrosa militarización. Diez años después poco se han transformado las instituciones para generar otros resultados. Incluso, algunos legisladores, hasta proponen una ley para dar más fuerza al ejército en las calles. ¡No aprendimos nada!

Con el corazón roto, un poeta al que le asesinaron a su hijo, llamó a esa guerra, “guerra imbécil”. Es fecha que no terminamos de comprender la profundidad del daño, las secuelas, el mal de la tragedia. Hay una generación huérfana. Heridas abiertas, traumas, miedos. Palabras de nuestro lenguaje se volvieron comunes: fosas, desaparecidos, restos humanos. Diez años después seguimos en el laberinto de la violencia.
https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1335006.diez-anos-despues.html
26 de abril 2017
El Siglo

La rebelión de los huachicoleros


La escena nos remonta a otras rebeliones, a otros disturbios. Agreguen ustedes  los motivos. La opresión de un pueblo; la injusticia; el hartazgo de la inseguridad que lleva a linchar a unos ladrones; hambrunas; o sencillamente, organizarse para robar combustible. Motivos para rebelarse no faltan. A partir de ahí vienen la toma de las calles, el rechazo violento de la autoridad, la protesta con niños y mujeres por delante. Todo cabe para las alzados, incluyendo el asesinato. En nuestra historia tenemos un buen número de rebeliones que se remontan a la conquista desde el siglo XVI. Algunas fueron notablemente heroicas, por tratarse de pueblos luchando por la dignidad. Otras rayaron casi exclusivamente en el bandidaje, eso sí, con cierto tintes sociales. Es la turba justiciera o el ladrón que roba a los ricos para repartir a los pobres. Nuestra historia tiene varias versiones mexicanas de Robin Hood. Sin embargo, la otra cara de las rebeliones es la violencia. La mayoría terminaron en un final trágico. Sangriento.
Con razón, el gran historiador británico, Eric Hobsbawm, recomendó estudiar las rebeliones. “La asonada, si es que quiere entendérsela, porque hace mucho que ha dejado de ser fenómeno corriente en diversos países y ya no es el método reconocido de acción popular que en su tiempo llegó a encarnar”.
En pleno siglo XXI, surge la rebelión huachicolera. ¡Viva el combustible robado! Por supuesto, el movimiento no surge de la nada. Ante todo, imita el entorno, pero también refleja la decadencia del Estado mexicano que no termina de encontrar su lugar. Desde los cargos públicos —presidente, gobernador, alcalde, diputado—, se saquean los fondos públicos, se endeuda, se roba abiertamente. Todo en nombre del Estado y el bienestar de los ciudadanos. Otros en cambio, se “rebelan” porque no quieren quedarse atrás en la carrera de atracos. Si unos atracan Pemex con tomas clandestinas y ordeñas de ductos que suman miles de millones de pesos, otros en cambio, no se asolean ni se exponen a enfrentamientos con el ejército, como sucedió recientemente en Puebla. Ladrones de cuello blanco les dicen. ¿Se acuerdan del ex director de Pemex, Emilio Lozoya, quien está implicado en la red de corrupción de Odebrecht? Mientras en Brasil el estado ha llamado a cuentas a los implicados, e incluso, ha encarcelado a políticos y empresarios, en México, se ratifica la impunidad. ¿En verdad nos sorprende que un pequeño pueblo se organice para saquear ductos de Pemex? Los huachicoleros son poca cosa a lado de la organización de Carlos Romero Deschamps. Unos roban arriba, otros roban abajo.
Por supuesto indignan los robos, y sobre todo, las muertes en medio de una disputa por el saqueo de combustible. Pero el conflicto revela lo que desde hace muchos años no funciona del Estado mexicano: el sistema de justicia y las instituciones encargadas de hacer valer la ley. Tras la alternancia en el año 2000 había la esperanza de alentar justicia y rendición de cuentas, pero pasada la década, impunidad y corrupción sólo se agravaron. Hoy nos parece tan normal, que hasta un poblado ejerce su derecho a robar combustible. ¿De dónde proviene la costumbre? La justificación tiene como lógica un simple argumento: “si los políticos roban, por qué nosotros no”.  Más que sorprendernos, la rebelión huachicolera que defiende a punta de bloqueos y violencia las tomas clandestinas, refleja esa imitación que va de la sociedad al gobierno, y del gobierno a la sociedad. Dicho en otras palabras: corrupción en estado puro.

Tras el enfrentamiento en la “zona” de huachicoleros en Puebla, once personas perdieron la vida, entre ellos cuatro militares. ¿Qué dijo la principal autoridad? Propuso, y no es broma, una estrategia. “He dado indicaciones para instrumentar una estrategia integral para combatir este ilícito en toda la geografía nacional”. ¿Cómo, no había estrategia para combatir esos delitos? Así, a la ligera, el mismo gobierno se hace de la vista gorda, o cuando el problema crece, sólo sale a patear el bote con eso de instrumentar una “estrategia”. Es irónico que en medio de las elecciones estatales del Estado de México, Coahuila y Nayarit, donde varios candidatos priistas alardean que se ellos sí saben encargarse de la seguridad con carácter o mano dura, el presidente mismo corrobora el tremendo vacío del Estado mexicano. Sólo faltan mañana defiendan “usos y costumbres”.
https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1339250.la-rebelion-de-los-huachicoleros.html
El Siglo
10 de mayo 2017

El ranger filósofo



Me gustan los western por la recreación imaginaria del viejo oeste norteamericano. Ficción y realidad se mezclan en la conquista de un vasto territorio. A veces desértico, otras rico en ríos, manantiales y minerales. El paisaje se confunde con la inmensidad misma. Llanura sin fin para decirlo con el poeta potosino, Manuel José Othón. El ferrocarril abrió las puertas a lo ancho y largo del duro territorio comanche, pero la disputa entre lo “salvaje” y la “civilización” continuó a lo largo del siglo diecinueve. Aunque el género cinematográfico predomina en interpretaciones historicistas, hay una vertiente que reinterpreta el western de manera contemporánea. El escenario tradicional es escenificado por vaqueros, indios y forajidos; el contemporáneo también es de rangers, indios y forajidos. En unos luchan por la riqueza y la promesa del progreso, en los nuevos sobreviven desde la pobreza, pero en ambos, siempre hay violencia. Todo se resuelve tan fácil en un western, sobre todo, si es a punta de pistola. En las historia del viejo oeste las fronteras son difusas entre Estados Unidos y México. Más que diferencias, aparecen dichos territorios, integrados por la economía, la migración, el narcotráfico, y amplios territorios despoblados. El paisaje del desierto es un protagonista tan importante como los actores mismos. “Los tres entierros de Mequiades Estrada” (2005), dirigida por Tommy Lee Jones y escrita Guillermo Arriaga, es un buen ejemplo del género.
Hace algunos meses, disfruté el western contemporáneo, “Hell or High Water” (2015), dirigido por David Mackenzie y escrito por Taylor Sheridan. Alejado de la prosperidad de las principales urbes texanas, la historia nos cuenta la travesía de dos hermanos que luchan por rescatar la hipoteca de una propiedad familiar. Sumidos en la pobreza, no pueden pagar la cuentas. A punto de confiscarles la propiedad, el banco amenaza con quitarles las tierras. Sin nada que perder, los hermanos Toby y Tanner Howard se proponen robar los bancos de la misma compañía a la que le deben dinero, el Texas Midlands Bank. La premisa encaja, y funciona bien, en el adagio popular: “ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. Con ese propósito, asaltan sucursales en modestos pueblos polvorientos. Desde el principio, un improvisado mensaje callejero en las espaldas del banco, advierte el presente estadounidense: “Tres vistas a Irak pero no hay rescate para personas como nosotros”.   
A diferencia The Big Short (2015), una película que narra los momentos decisivos del fraude bursátil y la caída de la bolsa en 2008, los protagonistas de “Hell or High Water”, no son banqueros, ni utilizan finos trajes y mucho menos trabajan en un rascacielos de Manhattan. Los personajes viven en el campo y padecen los efectos del sistema bancario. En algún momento, Toby Howard describe su condición para dar voz a la periferia americana: “He sido pobre toda mi vida, así como mis padres y mis abuelos. Es una enfermedad que pasa de generación en generación… eso es lo que es, infecta a cada generación, pero no a mis hijos, ya no más”.

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Mientras los hermanos Howard luchan por sobrevivir en medio de asaltos y balaceras, Marcus Hamilton (Jeff Bridges), un viejo ranger de Texas, los persigue, al mismo tiempo que libra su propia lucha interna. Jubilarse o continuar en el campo. Por momentos, sus intervenciones son las de un ranger filósofo que se resiste a vivir apoltronado al sofá frente al televisor. La imagen nos recuerda otro western brillante de Joel e Ethan Coen, “No Country for Old Men” (2007). Al igual que el Sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), sus reflexiones son las de un filósofo con pistola y tejana. Tanto uno como el otro, son lacónicos, pero el ranger ratifica en sus formas y lenguaje, chistes e insultos racistas, para mostrar que las diferencias nunca se fueron. Tan presente hoy como en el pasado. Pero lejos de ser una simple ficción, “Hell or High Water” muestra desde abajo la decadencia del sistema norteamericano, que tiene a su mejor representante en la presidencia de Donald Trump. Si tienen oportunidad, no se pierdan este western del siglo XXI.
https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1341590.el-ranger-filosofo.html
El Siglo
17 de mayo 2017

Coahuila, la posibilidad de la alternancia


Vayamos al grano con George Bernard Shaw: "A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos con frecuencia y por las mismas razones." ¿Más claro?
En las próximas semanas, Coahuila vivirá lo que sin duda, será el proceso electoral más competido de su historia reciente. Antes, las elecciones eran un mero trámite. Con suma antelación sabíamos quien iba a ganar. Vamos, hasta los procesos eran bastante aburridos. Pero ahora, la circunstancias han cambiado. Como nunca antes, el partido en el poder no tiene la elección en la bolsa. Por el contrario, enfrenta a diversos actores relevantes, pero sobre todo, carga la pesada losa del desprestigio, la desconfianza y la falta de legitimidad ante los ciudadanos. Más todavía, sobre el gobierno pesa visiblemente la corrupción. De manera abierta saquearon el erario, endeudaron y todavía hay quien busca regresar bajo la bandera de la “honestidad”. Como verán, ni la burlan perdonan. Sin embargo, no bastan los “likes”, las quejas de café o los ácidas críticas en las redes sociales. Al respecto, me gustó la fresca propuesta de un grupo plural de  jóvenes universitarios: No memes y vota.
En condiciones como estas, la crítica por sí misma es insuficiente. Ante todo, es necesario salir. ¡Participar! Mucho se ha denigrado a las elecciones y la democracia, pero en las próximas semanas los ciudadanos tenemos un modesto, como poderoso mecanismo para decir: ¡Ya basta! 
De esa manera, no nos quedemos con los puros señalamientos en el Facebook o en Twitter. Demos el paso de las redes a la acción. Participemos. Vayamos con nuestro granito de arena. No menospreciemos el derecho de voto que tenemos. Por lo tanto, hay que vencer el miedo, la costumbre y el conformismo. ¿O en verdad ustedes quieren que las cosas se queden como están? Coahuila no va por buen rumbo. En lo personal considero que los grandes cambios provienen de pequeñas acciones. Al igual que tú también estoy enojado por la corrupción, las empresas fantasmas, el megafraude de la deuda, la impunidad. En nuestras manos está la diferencia, y sobre todo, la posibilidad de enderezar el camino. Quizás nos parezca poco, pero las próximas elecciones nos dan la oportunidad única e irrepetible de frenar esa inercia perniciosa. De reemplazar los pañales. De sustituir las chapas y quitarle las llaves a los cleptómanos. En nuestras manos está trascender el malestar. Las próximas elecciones en Coahuila son un válvula de escape para una situación que no aguanta más.
En ese sentido, hay en la alternancia una posibilidad sanitaria para la democracia. A decir de Winston Churchill, “La alternancia fecunda el suelo de la democracia”. Es hora que nuestro voto fecunde Coahuila. Por supuesto, la alternancia no es un dechado de virtudes como tal, pero es una manera de oxigenar la política y sobre todo, la vida pública. ¡Cuanta falta nos hace! Por lo mismo, lo que se juega en las siguientes semanas es la factibilidad de la alternancia en contraposición a la corrupción y la complicidad. Romper ese círculo vicioso es posible. Marcar un alto a las malas prácticas también. Necesitamos ir por otro camino, redirigir el rumbo. Si queremos, si nos lo proponemos, los ciudadanos podemos dar un golpe de timón. La decisión está en nuestra manos.


https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1343860.coahuila-la-posibilidad-de-la-alternancia.html
El Siglo
24 de Mayo 2017