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domingo, 22 de noviembre de 2015

Guatemala, ¿y México?

Foto: BBC

Es difícil negar que las comparaciones son odiosas, y sin embargo, ¡cuán útiles suelen ser! Entre los países es frecuente generar índices y tablas comparativas que permiten dimensionar y saber dónde estamos. Ya sea en economía o gobierno, las comparaciones están a la orden del día. Con cierta regularidad aparecen las comparaciones con países ricos. Por ejemplo la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). Ahí se dice cómo estamos, qué tan bien o mal andamos… pero muchas veces, aunque deseamos esos buenos niveles, en realidad salimos mal librados. Cercanos a nosotros, las comparaciones resultan más pertinentes con nuestros pares latinoamericanos. Ya sea por idioma, historia, o por calamidades, Latinoamérica comparte unas ciertas características que nos hermanan.
Recientemente he seguido con suma familiaridad el escándalo de corrupción en el gobierno de nuestro vecino Guatemala. Unas serie de llamadas telefónicas exhibieron todo una red de corrupción que implica al nivel más alto de ese país, en la persona del presidente Otto Pérez Molina. El "mero mero" dicen en las llamadas telefónicas. En las últimas semanas el escándalo escaló a tal punto, que no sólo hubo otras marchas para exigir la renuncia al mismo presidente, sino además, otros poderes del gobierno se pronunciaron a favor de que el presidente renuncie.
La Fiscalía y la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala, lo acusó de estar al frente de una red de corrupción para "administrar" los recursos del Estado desde las aduanas. Ya se imaginarán por dónde va la cosa. Un grupo de funcionarios de alto nivel ser organizan para capturar la renta del Estado. Algo así como impuesto del impuesto. ¿Les suena conocido? Pero si bien, la corrupción hasta la más alta esfera del gobierno guatemalteco no difiere en mucho de la documentada en México, algo que es impensable en el nuestro país, es la intervención de la Suprema Corte. En Guatemala, la Corte Suprema de Justicia avaló realizar un juicio político contra el presidente Pérez Molina. Ya antes habían renunciado seis de trece ministros de su gabinete, así como otros altos funcionarios de gobierno. A los ojos ciudadanos, sólo falta el presidente, quien se aferra a la impopularidad como último recuso de la impunidad.
En las calles se han repetido marchas multitudinarias contra el presidente. Se fueron sus ministros, y hasta la exvicepresidenta Roxana Baldetti ya está en la cárcel condenada por operar la red de corrupción al interior del gobierno. En un gesto de compromiso, el arzobispo de la Archidiócesis de Guatemala, Oscar Julio Vián Morales, también pidió que dimita el presidente. De los obispos en México, mejor ni decimos.
Con amparos, el presidente Pérez Molina gana tiempo, pero lo que no puede ganar ya, es la confianza de los ciudadanos, que viven una vez más la ignominia como marca irremediable de su país. ¿No estamos así nosotros? Más todavía, a pesar de los escándalos de corrupción en México ligados al presidente (recién exculpado por la Secretaría de la Función Pública), todavía otorgamos una mayoría en el Congreso al partido gobernante.
Incapaces de llamar a cuentas al presidente, los poderes divididos en México, parecen el primer frente para proteger la corrupción. ¿Se imaginan a los ministros de la Corte pidiendo la renuncia del presidente? ¿O qué les parece una Auditoría Superior haciendo un informe sin precedentes? Por supuesto, al día siguiente todos esos funcionarios se quedarían sin chamba. Con todos sus defectos, las democracias bien consolidadas ofrecen a los ciudadanos la posibilidad de llamar a cuentas a sus gobernantes, empezando por la figura del presidente.
Lejos de debilitar la democracia, el emblemático escándalo de Watergate que terminó con la dimisión de Richard Nixon, fortaleció el poder de los ciudadanos desde el cual emana el gobierno. Sin duda, es el paso que como democracia no nos hemos atrevido a dar en México. Preferimos aceptar la impunidad como parte de la "cultura" y la "condición humana". En una de ésas, Guatemala nos da el ejemplo.

2 de septiembre de 2015

lunes, 4 de mayo de 2015

Renacer Lagunero

Entre las organizaciones ciudadanas que han florecido en los últimos años en la región, destaca Renacer Lagunero, por su trabajo puntual, constante y plural. La semana pasada avanzaron en la conformación de una Agenda Ciudadana para la Cohesión Comunitaria, el Desarrollo y la Competitividad de La Comarca Lagunera. Lo relevante de su aporte es que proviene desde abajo; desde un diálogo ciudadano.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Torreón de la esperanza

En unas de las calles de Torreón se lee: “Que la inseguridad pase de moda”. ¡Y no es para menos! De una u otra manera se respira un ambiente diferente. Algo cambió, como también cambió la dinámica de la violencia en la ciudad. No desapareció, pero sí bajó de intensidad, de espectacularidad. Al mismo tiempo, en los peores años de la inseguridad en la región lagunera, emergió lo mejor de la sociedad en grupos y asociaciones que no perdieron la esperanza. En plena crisis de 2011 nació uno de los grupos más notables de la ciudad: Ruedas del desierto (@ruedasdesierto). Armados con bicicletas y paseos nocturnos por la ciudad, los ciclistas urbanos demostraron que otra cara de la ciudad es posible. A finales de febrero, Ruedas del desierto y la empresa Lala convocaron a recorrer en bicicleta la ruta del maratón. Más 1800 ciclistas tomaron las calles. Por mucho, superó el doble de los participantes que suelen salir en Boston.

El 2012 fue un infierno en La Laguna, y el peor año de violencia desde la “guerra” calderonista. Por entonces sólo la ciudad de Torreón alcanzó un pico de 792 homicidios dolosos de acuerdo con los registros del INEGI en 2012. Ese mismo año salió con ímpetu a la avenida Morelos, un grupo de estudiantes de la Universidad Iberoamericana, para retomar el espíritu de las viejas moreleadas. De esa manera los jóvenes convocaron a regresar al centro.  Su propuesta fue tan sencilla como práctica: caminar, encontrarse en las calles de Torreón. El pasado sábado 8 de marzo, Moreleando (@MoreleandoTrc) reunió a más de tres mil personas, entre las que se cuentan cientos y cientos de jóvenes.

Poco a poco han surgiendo narrativas de esperanza entre los laguneros. En plena crisis, recuerdo las palabras de Norberto Treviño, coordinador del Taller de gráfica El Chanate (@TallerElChanate): “ningún momento fue tan apropiado para salir a la calle como éste”, declaró en enero de 2013. De esa manera nació el Chanate móvil, un auténtico triciclo para divulgar el arte del grabado. A la fecha han recorrido colonias como La Polvorera, Residencial del norte, Sol de Oriente, Cerro de la Cruz, Ejido San Agustín, Los Laureles, entre otras.

Contra viento y marea, el grupo de teatro La Gaviota, dirigido por Gerardo Moscoso, no sólo es sobreviviente de la violencia, sino ha dignificado con tesón un zona con alta incidencia delictiva, sobre todo de homicidios. ¡Sí! El Teatro Salvador Novo ha demostrado que es posible ganarle terreno a la barbarie. Sé que me corto en los ejemplos, pero está claro, que en la ciudad hay gente que trabaja para hacer un mejor lugar. Al mismo tiempo otras iniciativas surgen y se consolidan.


Así, el año 2013 cerró con una tendencia significativa a la baja de la violencia en Torreón, y al mismo tiempo hubo un aumento abrupto en los municipios de San Pedro y Matamoros. Al fin, el crimen también se mueve. En Torreón, bajó 35% la tasa de homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes, como recientemente ha publicado el Consejo Cívico de las Instituciones en La Laguna (CCIL, @CCILagunaAC) en su informe anual de incidencia delictiva 2013. Aunque disminuyó el homicidio a 304 casos, todavía la ciudad cerró tres veces por encima de la tasa nacional, y sólo está por debajo de Acapulco, actualmente la ciudad más violenta del país. Los números que precisa la medición no están para ingenuos optimismos. Más bien, gracias a los indicadores generados de manera sistemática por el CCIL y el Observatorio Nacional Ciudadano (pueden consultarlo en www.ccilaguna.org.mx
), conocemos las tendencias de los principales delitos de alto impacto en la ciudad y la zona metropolitana. 

Las cifras demuestran, pese a las descalificaciones de la autoridad, incluyendo al obtuso Consejo ciudadano de seguridad, que hay un serio problema de robos violentos  y secuestro en la ciudad, y que incluso mantenemos niveles que superan por mucho la incidencia delictiva de los estados en el país. Es cierto que las cosas han cambiado lentamente en la región en cuanto a la inseguridad, pero de cara a mejorar las condiciones de la ciudad, lo mínimo es llevar los números con orden y transparencia. Evaluar con base a indicadores no es un lujo, aunque al susceptible ayuntamiento de Torreón le moleste. La medición es ante todo un principio necesario para mejorar. Porque no se mejora con discursos voluntariosos, ni tampoco rasurando las cifras, como artificialmente lo ha hecho el estado de Coahuila ante el Sistema Nacional deSeguridad Pública (CCIL, Informe anual 2013, páginas 24 y 25). No obstante la crisis, los diversos grupos ciudadanos han demostrado con creces su compromiso con la ciudad. Son el Torreón de la esperanza. Ya es hora también de que nuestros gobiernos estén a la altura de las circunstancias, y no por debajo de ellas.

12 de marzo 2013
El Siglo de Torreón 


domingo, 11 de noviembre de 2012

Más sobre moreleando

Visto acá
Acudo puntual a la entrevista para hablar sobre el centro histórico de Torreón en la Universidad Iberoamericana. Como historia el tema es apasionante, como futuro el centro de la ciudad tiene que llamar a la esperanza. Por eso me entusiasma el empuje de los jóvenes estudiantes de la Ibero, además de otros grupos que en su conjunto promueven moreleando, de vuelta al centro (busquen el Facebook con el mismo nombre). Como referencia aluden al paseo de nuestros padres y abuelos. 

Morelear en aquéllas décadas era todo un ritual: dar la vuelta en el coche, ver a los amigos, ir al cine, compartir un “tanque” (cerveza) en la botana… seguro algunos lo recordarán bien. En la mejor representación del espacio público, los laguneros se encontraban en las espléndidas banquetas.
Sobra repetir el actual abandono y hasta la negligencia en uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad. Lo interesante de la propuesta es la posibilidad de reinventar el espacio público como espacio de convivencia. Al igual que ellos, imagino una ciudad deseable; moreleando es un buen vehículo para regresar la dignidad a esos espacios (y conste que no hablo de esa abstracción llamada “tejido social”). Recuerdo bien, en mis años en chilangolandia, la fealdad de la emblemática avenida Madero (también había ahí un “maderear”). Como parte de una estrategia de movilidad, orgullo y rescate del centro histórico, el gobierno del Distrito Federal, instituyó la Madero como una zona peatonal por excelencia. ¡Ahí todos los días hay fiesta! Ahí todos los días alguien se conoce, alguien se encuentra. Al principio los comerciantes estaban histéricos, y hasta acusaban que aquello no funcionaría. Qué decir de los automovilistas, que reclaman todo para sí, incluso los pasos peatonales. Sencillamente hoy, la Madero es un paseo obligado que dignifica la ciudad. Imposible no sentirse identificado. Orgulloso.

Por eso tengo esperanza en la Morelos, en la propuesta de los jóvenes y en el detonante que esto implicará para Torreón. Una vez que probemos y hagamos de nueva cuenta “morelear”, la ciudad será más nuestra. Será más habitable. Por ahí nos vemos el próximo sábado 10 de noviembre.

7 de noviembre 2012
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9163736

domingo, 9 de septiembre de 2012

Ciudadanos Onappafa

Hace unos días la autoridades locales de Torreón y Coahuila, anunciaron otro operativo para ir contra los autos sin placas o irregulares. La escena se repite, la conocemos y en consecuencia actuamos. Esa parece ser la premisa detrás de cada operativo para sancionar a los conductores de automóviles irregulares. Como en tantos otros aspectos cotidianos, el asunto de las placas revela en mucho el peso de los valores cívicos en la ciudad. Una obligación tan común para muchos, muestra en dos sentidos, la relación entre ciudadanos y gobierno. Por un lado están los ciudadanos que responden a incentivos. Por otro, el gobierno que emite esos incentivos.

Veámoslo desde el duro tema de la seguridad. Se dice que hay necesidad de orden y legalidad en las placas para contribuir a la seguridad en la ciudad. ¡Y la situación no exige menos! Pero además del operativo del gobierno, ¿cuál es el comportamiento de los ciudadanos? Si bien hay un número bien extendido de ciudadanos cumplidos, hay otro tanto que fija sus propias reglas. Enumero tres: están lo que portan placas piratas de organizaciones Onappafa y compañía. Por cierto, cada vez más son lo que utilizan esas “placas” en autos mexicanos, e incluso para modelos recientes. Luego debemos sumar a los que “astutamente” se amparan contra el impuesto (recomiendo ampliamente ver el texto de Gerardo Esquivel: Elogio de la tenencia y el mito del impuesto vehicular ligado a las Olimpiadas). Y finalmente están lo que ni siquiera portan placas. Para fines prácticos podemos llamarlos ciudadanos onappafa, porque al fin los tres han encontrado la salida para los obligaciones ciudadanas. Han sabido librarse de la ley. ¿Acaso representan la tercera parte de los vehículos en la ciudad o ya son la mitad?

Ante el operativo, uno pensaría que ahora sí el gobierno va meter orden. Sin embargo, bajo la presunción de que se trata de otro operativo más, los ciudadanos onappafa saben bien que siempre habrá forma de darle la vuelta a las obligaciones. Si el gobierno aprieta, entonces las organizaciones presionan hasta hacer de los operativos, un esfuerzo irrelevante. Al mismo tiempo un gobierno que renuncia a sus deberes termina por alimentar el círculo vicioso. Lo grave del asunto es que en la calles siempre habrá, bajo esas reglas del juego, motivos para doblar la ley. Entonces ¿tendríamos que sorprendernos de la inseguridad que nos agobia?

Si como en otras ocasiones las autoridades sólo actúan por unos días, el resultado será la consolidación de los ciudadanos onappafa. Esos que exigen derechos, pero rehúyen obligaciones. Ciudadanos dispuestos a romper la ley, pero exigirla cuando se trata de su problema. Ciudadanos indignados por los impuestos, pero indispuestos a llamar a cuentas a las autoridades. Ciudadanos disfuncionales que reflejan gobiernos disfuncionales.

Insisto. El “detalle” de las placas habla mucho de nuestros valores en la ciudad. De nadie más, más que de nosotros mismos.

7 de septiembre 2012
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9158131

viernes, 2 de octubre de 2009

Amhates



Por lo general es más fácil hacer la crítica, señalar lo que no funciona, exhibir las carencias, encontrar culpables. El entorno mexicano es abundante en ejemplos, casos y malestares donde la realidad es rebasada. Con facilidad sobresalimos negativamente en los indicadores internacionales cuando no en los locales. Llámese competitividad, educación, transparencia, corrupción y hasta violencia. De esta manera, el duro presente encarece las alternativas, mientras el futuro no es alentador. Entonces la salida nos lleva al pesimismo, al cinismo o la inquina. En el mejor de los casos el escepticismo se vuelve una opción. ¿Pero todo está perdido? ¿Debemos aceptar el fracaso del país y conformarnos, como escribe Enrique Serna, con las “finísimas” personas de la política? ¿Hasta aquí llegó la democracia?

Amatlán de los Reyes, un pequeño municipio de 38 mil habitantes en el Estado de Veracruz ofrece evidencia de que no puede ni debe quedarse así la realidad mexicana. Diversos grupos de ciudadanos organizados de ese municipio han encontrado vías de incidir para cambiar las cosas, corregir el rumbo, proponer nuevos caminos. Al igual que otras partes del país, los habitantes han sido testigos, pero también han padecido políticas estériles, gobiernos opacos, decisiones contrarias al desarrollo de la comunidad. Tal y como sucedió con el caso de la basura. Allá su alcalde decidió que instalaría un relleno sanitario para recibir la basura de otros siete municipios aledaños a Córdoba. Los vecinos protestaron, se quejaron con las autoridades, organizaron foros, a fin de evitar la instalación de basurero, pues argumentaron que el relleno contaminaría los mantos freáticos de los que se abastecen. Sin embargo, el gobierno no tomó en cuenta su opinión y continuó con el proyecto.

“Los veracruzanos de Amatlán de los Reyes, narra Marcela Turati en su excelente reportaje de Proceso (27-IX-09), no estaban dispuestos a que su municipio se convirtiera en basurero de otros siete. A ratos parecía que sus protestas no despeinaban al gobierno, pero de pronto se revirtió la historia. Fue cuestión de conseguir un papel oficial que demostró que el relleno sanitario en realidad dañaría al medio ambiente, y que las autoridades, con tal de construir su basurero, habían mentido. Y como dicen por ahí que información es poder, frenaron las obras. Un síndico amenazó con denunciarlos por «sustracción de documentos oficiales». Pero los amatecos no tuvieron que robar nada, sólo pedirlo por internet, y resultó que el papel no era secreto y que era más público que un baño de a tres pesos: resulta que invocando la Ley de Transparencia le pidieron al gobierno que les mostrara los permisos que tenía el tiradero para funcionar. Y se los dieron”.

El suceso de Amatlán ilustra cómo la sociedad organizada puede utilizar medios prácticos y establecidos para incidir en el rumbo de su comunidad. Al solicitar la información vía transparencia, los “Amhates” (así se autodenominó el grupo de vecinos, en su mayoría mujeres) obtuvieron el estudio ambiental donde se señaló el daño ambiental, pero al mismo tiempo exhibieron a su gobierno municipal, que con tal de instalar la inversión, no dudó en hacer informes falsos, sin importar siquiera el riesgo para las personas.

Turati señala que “un año antes ninguno de los Amhates usaba internet y menos sabía que desde 2003 en México funciona una ley que reconoce el derecho de todos a pedirle al gobierno información pública y obliga a los burócratas a proporcionarla. Ellos formaban parte de un experimento llamado IFAI-Comunidades, que enseñó a los desfavorecidos que tienen derecho a saber y que con la Ley de Transparencia pueden pedir la información existente”.

Los Amhates son un claro ejemplo de lo mucho que pueden lograr los ciudadanos organizados para su entorno inmediato. La salida fácil y común habría sido cerrar calles, hacer destrozos, recurrir a la violencia como medio de presión, o peor aún, no hacer nada, quedarse en la inmovilidad como tantos ciudadanos que no se perciben así mismos como corresponsables del cambio. Justamente hace unas semanas me refería en este mismo espacio a la urgencia de una revolución ciudadana capaz de generar como los Amhates, cambios impensables.

El gran ausente en la vida pública del país es el ciudadano porque no termina de aceptarse como tal, con derechos y obligaciones, porque como argumenta Fernando Escalante Gonzalbo, no deja de ser súbdito para asumirse ciudadano.

No obstante, hay pequeños grupos de mexicanos, organizaciones civiles, asociaciones, juntas de vecinos, amas de casa que forman redes de compromiso cívico para beneficio común. Esa aportación por más pequeña o insignificante que parezca, demuestra que se puede influir favorablemente, que poco a poco se puede recuperar la confianza e incluso construir un buen gobierno.