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lunes, 4 de mayo de 2015

Aguas con el agua

Protesta por el Monterrey VI

Para sorpresa de muchos, marzo nos salió más loco que febrero. Así, el tema obligado es el agua, además de las intensas lluvias de los últimos días. Cuando no llueve, el mal es la sequía. Rogamos e imploramos para que llueva. Por el contrario, una serie de lluvias desquicia el cotidiano, y cuando baja el agua, se revela la calidad de los gobiernos. Pero más allá de los temporales, la disponibilidad o escasez del agua es un punto fundamental para las ciudades. En México vivimos los contrastes. A unas ciudades les sobra agua, y casi cada año sus ríos se desbordan. En otras reina la falta de agua y a los organizamos operadores, nos les queda más que el tandeo. En esto del agua, dominan los conflictos, las dificultades. Aunque nuestra Constitución considera el agua como un derecho humano desde 2012, no siempre es “suficiente, salubre, aceptable y asequible”.

Además de las reformas conocidas, hay otras que no tienen mayor publicidad, pero su importancia es sumamente relevante para los ciudadanos. Me refiero al nuevo proyecto de Ley General de Aguas. A principios de este mes, la Cámara de Diputados casi aprueba el proyecto de nueva ley, pero una serie de discusiones y oportunos señalamientos, suspendieron la aprobación.

El hombre poderoso de la Cámara Baja, Manlio Fabio Beltrones, llamó de “de lento aprendizaje” a los diputados que criticaron la iniciativa de ley por considerar que privatiza el agua. Y en efecto, en el proyecto de ley, no dice tal cual “privatización del agua”, y no necesita decirlo así, dado que el corpus de la iniciativa sí favorece a los concesionarios particulares, incluso, para el descomunal trasvase de agua de una cuenca a otra. En ese sentido, no es descabellada la relación que apunta un numeroso grupo de organizaciones de la sociedad civil, entre la reforma energética y el proyecto de Ley General de Aguas. Por ejemplo, para la multiplicación del fracking en el noreste del país, se requiere una gran cantidad de agua a fin de perforar el subsuelo en busca de gas shale.  No sólo se necesita el agua, sino también el marco jurídico que lo avale.

Veamos otro caso. En Nuevo León, el gobierno estatal promueve un megaproyecto llamado “Monterrey VI”, que consisten en traer agua del río Pánuco en San Luis Potosí, hasta Monterrey. El proyecto requiere infraestructura para un recorrido de 500 kilómetros con un costo que empieza en los 15 mil millones de pesos, pero que podría superar los 50 mil millones. ¿Y quién creen que es el principal beneficiario de la obra millonaria? Por supuesto, Grupo Higa y asociados. ¿Se imaginan el costo energético de traer el agua a esa distancia? Peor aún, ¿cuál será el impacto ecológico para la cuenca de origen? Los políticos de Nuevo León han alarmado muy bien a la población con la falta de agua en el futuro, pero en el fondo lo que están promoviendo no es garantizar el agua para la población, sino garantizar un negocio millonario con base un bien común. Para el caso, la iniciativa de ley encaja a la perfección. Pero ¿de quién es el agua? ¿de las empresas, de los ciudadanos, de quienes tienen dinero, de quienes pueden pagarla? Con el esquema de la posible ley que ya se promueve en la Cámara, el agua tendería a privatizarse. Olvídense entonces del interés público, los bienes de la nación y eso de los derechos humanos. Lo relevante será el negocio y las concesiones hasta  por 30 años. En Nuevo León han surgido algunas voces de oposición al megaproyecto. También los candidatos a la gubernatura ya llevan el tema a las próximas elecciones.


Para conflictos, el caso de Hermosillo es ejemplar. Ahí la Suprema Corte de Justicia de la nación acaba de fallar en contra de los usuarios del río Yaqui, y al mismo tiempo, respaldó el Acueducto Independencia. Vaya ironía lleva ese nombre del cual depende el agua de Hermosillo. A todo esto, ¿qué viene para La Laguna?

18 de marzo 2015
El Siglo de Torreón
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1097046.aguas-con-el-agua.html

domingo, 21 de julio de 2013

Agua, la tragedia de Sonora


Bien dicen que el agua es vida, pero también es conflicto. Ahí donde hay necesidad y demanda, las relaciones se complican. Para unos sólo se trata de un bien, una mercancía más que hay que explotar y acaparar. Para otros es la vida, la viabilidad del futuro. Es la historia humana, o para decirlo con Elinor Ostrom, es la tragedia de los bienes comunes. Esa tragedia se repite en Sonora, en particular en la ciudad de Hermosillo, que ha visto cómo su agua subterránea se sobreexplotó hasta la ruptura desde finales de los años cuarenta del siglo pasado. Sin embargo, ninguna advertencia fue escuchada, hasta que el mismo acuífero evidenció los límites. Al respecto les recomiendo consultar el libro “Por abajo del agua. Sobreexplotación y agotamiento del acuífero de la Costa de Hermosillo, 1945–2005” (2006, Colegio de Sonora), del geógrafo e historiador José Luis Moreno Vázquez.

El problema del agua rebasó la localidad al punto de promover soluciones espectaculares con efectos dudosos. Por ejemplo, propusieron desde hace décadas una obra de miles de millones para traer agua desde Nayarit, pasando por Sinaloa a fin de abastecer Hermosillo y también al campo. El llamado Plan Hidráulico del Noreste (PLHINO) me recordó una locura similar propuesta en La Laguna: el plan MEVA. En 2010 el anuncio de ese plan generó protestas en Ciudad Obregón, por considerar afectaciones a la zona. En consecuencia, otra solución propuesta para dotar de agua a Hermosillo, una población que supera los 700 mil habitantes, es construir una planta desalinizadora. Pero la “solución” intermedia, digámoslo de alguna manera, fue impulsada por el gobierno estatal y el anterior gobierno federal. Construir un enorme acueducto de una longitud de 152 kilómetros, para trasvasar agua de la presa El Novillo hasta Hermosillo. Irónicamente, al proyecto de más de 12 mil millones de pesos le denominaron “Acueducto Independencia”. Como en todo, lo que para unos es remedio, para otros es un problema. En 2010 un grupo de agricultores del Valle del Yaqui inconformes con el acueducto, interpusieron una serie de amparos contra la magna obra. Hace un par de meses la Suprema Corte de Justicia les dio la razón: revisar los estudios de impacto ambiental y reconocer los derechos de agua de la comunidad Yaqui.

En la pelea por el agua, miembros de la tribu Yaqui y agricultores han bloqueado durante semanas la principal carretera entre Sonora y Sinaloa. Su exigencia es frenar el trasvase de agua de la presa a la ciudad. En el conflicto el gobernador de Sonora, Guillermo Padrés, anuncia que no detendrá las obras e igualmente la Agrupación Unidos por el Agua, en Hermosillo se han organizado para luchar por el derecho de agua disponible las 24 horas del día. Un desplegado de esa asociación expresa: “Unidos tocaremos todas las conciencias, tocaremos todas las puertas, de todos los gobiernos, de todos los grupos y de todos los partidos, llegaremos hasta donde sea necesario con fin de hacer llegar a las familias abasto suficiente de agua”.

La confrontación muestra la disputa entre el consumo urbano y el agua destinada a la agricultura, la cual supera el 90 por ciento del consumo. La salida no será sencilla ni cercana. Mientras en Sonora el conflicto amenaza con escalar, ¿cómo le vamos hacer en La Laguna? ¿Cuánto de la tragedia de Hermosillo nos alcanzará en la región? ¿Es posible que aprendamos algo para entonces? Escuchemos la historia, tal vez nos brinde una mejor perspectiva a nuestro presente. Por lo pronto, ya tenemos sobreexplotación, proyectos millonarios para potabilizar el agua de la presa… ¿qué más nos espera?

14 de julio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9186114

domingo, 23 de junio de 2013

Vencimos al desierto

Con frecuencia escucho la expresión “vencimos al desierto”. Se invoca entre los laguneros como una muestra de trabajo, esfuerzo y tesón. En La Laguna las cosas son tan duras, la geografía tan agreste, el clima tan seco, que la frase encuentra visos de heroísmo. Bajo esa condición, para los norteños de esta región, el esfuerzo parece mayor, el trabajo doble y los frutos mejores. De ahí que “vencimos al desierto” tenga una repetición tan entusiasta como extendida. Hasta en las campañas, un candidato irrelevante utiliza la expresión en su propaganda.

Como todo cliché, la frase impide pensar porque ya no es necesario hacerlo. Es un hecho que no requiere mayor comprobación. Así, el lugar común, a fuerza de repetición se toma como una verdad inamovible, como una verdad que no busca revisarse y mucho menos debatirse. “Vencimos al desierto” y punto. La frase en sí indica una gran hazaña, una inmensa proeza. Sin embargo, bajo la apariencia de bondad ocultamos un cadáver. Por eso, cada vez que decimos “vencimos al desierto” no sólo ocultamos una profunda tragedia ambiental, sino hasta nos sentimos grandes. La frase hecha nos impide ver su trasfondo. Negamos la realidad porque decimos que “estamos bien”. ¿Qué caso tiene cuestionar? Tan fuerte lo hemos hecho, que hasta vencimos al duro desierto. Y en efecto, vencimos al desierto, porque sistemáticamente talamos los bosques de mezquite y huizache. Materialmente desarraigamos los árboles. De esa manera, uno de los diagnósticos más recientes para hacer el plan urbano de la Zona Metropolitana de La Laguna, advierte un grave problema de erosión. ¡Y nadie más que nosotros mismos lo hemos hecho! Pero vencimos al desierto porque las lagunas que nos dieron nombre e identidad desde el siglo XVI, son un páramo; un inmenso yermo que forjamos.

Más que vencer al desierto, lo creamos “racionalmente” al cambiar el rumbo milenario de los ríos Nazas y Aguanaval. El problema está nuevamente con la raíz: ¡la cortamos! Por lo mismo, la expresión “vencimos al desierto” denota la soberbia de quien a fuerza de destrucción, se impone (no se integra) a la naturaleza. Afirmar nuestra imposición sobre el desierto significa la arrogancia de una sociedad que arrasa con sus recursos, que no le basta con desarraigar al padre (la metáfora del Nazas), sino agota sus fuentes subterráneas: el acuífero. El desequilibrio ya es mayor, cuando los viejos del agua, nuestros inmensos ahuehuetes, nos advierten que sí vencimos al desierto. ¿Estamos tan sordos qué no escuchamos ni queremos escuchar? Hasta una obtusa canción tenemos para presumir el ecocidio: “Porque así es mi Torreón vencimos al desierto/ cien años es tu tiempo y hoy te cantamos con sentimiento/ Torreón, Torreón, te llevo en mi corazón”. Nada más vergonzoso que la celebración de la derrota en una frase cómplice.

En La Laguna vencimos al desierto, y todavía no hemos aquilatado lo suficiente el fondo de la tragedia. Tal vez, cuando al fin develemos el significado de esas palabras, habremos comprendido la desertificación vencedora. Sólo espero que para entonces no sea demasiado tarde.

18 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9183618

miércoles, 29 de mayo de 2013

Grandeza del Río Nazas

Río Nazas, puentes. 

En la efervescencia del fútbol, el equipo Santos Laguna es nuestro termómetro, nuestro referente de humor. Felices porque el equipo avanza; luego deprimidos por la tremenda derrota. Y casi acariciamos el campeonato… pero en los vaivenes del balompié, los laguneros llevan bien puesta la camiseta verde. Es el orgullo regional, y a la vez la marca que nos identifica. Más allá de las localidades, decimos “Santos Laguna”, no “Santos Torreón”. Además somos guerreros por dos raíces: la norteña y la felizmente tlaxcalteca. Quienes conozcan bien la historia del equipo saben de lo que hablo. En todo esto, la identidad lagunera tiene en el Santos al símbolo más inmediato y por lo mismo, el más visible. No hay duda que nos identificamos con los guerreros, pero se trata, como los icebergs, sólo de la identidad que radica en la superficie. La parte profunda está ligada a sus ríos. Para los laguneros, el nombre es destino, es agua. Así, el río Nazas y el Aguanaval cruzan nuestra historia y conforman nuestra identidad desde al menos hace ¡seis siglos! Somos laguneros por el conjunto de lagunas que formaban los ríos. Hacia el siglo XVI los colonizadores hispano tlaxcaltecas, encontraron en la región un impresionante paraje lacustre. Así, la primera identificación que se hizo, fue con base a “las lagunas”. A partir de entonces se hablaría de la región de las lagunas; del país de la laguna. En diversos mapas coloniales, quedaron registradas tres grandes lagunas: la del caimán o Tlahualilo; la de Parras o Mayrán, y el Álamo de Parras, ahora Viesca.

¿Pero a qué viene todo este asunto? El Museo Arocena acaba de inaugurar una oportuna exposición donde retoma la identidad profunda de los laguneros: Río Nazas, identidad e historia. El propósito de la expo, en la cual tuve el honor de colaborar con la investigación, es conectar a los habitantes con la raíz profunda de su historia. A través de recursos digitales como pantallas táctiles, videos, fotografías y documentos, podemos conocer no sólo la historia, sino la interpretación que desde el presente hacemos sobre nuestro principal afluente. Por eso es significativo ver cómo las generaciones jóvenes que no conocieron el río en su cauce natural, acudieron al retorno del Nazas en el año 2008. Tan importante para los laguneros es la riqueza del agua, que hasta lo reconocemos como el “Padre Nazas”. Incluso, en el esplendor del “progreso”, los viejos agricultores del siglo XIX, lo llamaron el “Nilo lagunero”.

A pesar del mal trato que le hemos dado al padre, sobre todo después de la construcción de las grandes presas, todavía hay grandeza en el Nazas. Digo esto, porque hay poblaciones que han perdido trágicamente sus ríos.
La exposición que presenta el Arocena permite reconocernos en el río por medio de su historia, sus conflictos y sobre todo su presente. En especial me encantó la forma en que los laguneros ven al río actualmente. Por cierto, Sergio Garza hizo una espléndida compilación de videos en You Tube, además de los interactivos, donde se expresa una visión más reciente sobre el Nazas. Vayan, disfruten la exposición, que también se presenta simultáneamente en la Plaza Cuatro Caminos con motivo del día internacional de los museos. Como parte del diálogo con el museo, pueden mandar sus fotos o videos sobre el río a: info@musa.org.mx

19 de mayo 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9180999

domingo, 18 de noviembre de 2012

La historia de un patrimonio lagunero



Hay símbolos que pesan. Para los laguneros, el río Nazas es el padre Nazas. A lo largo de diferentes épocas de nuestra historia, nos reconocemos en el agua. En unos tiempos más que en otros nos sentimos llamados por la riqueza de nuestro principal afluente. Aunque la historia no siempre está presente, algo queda en la memoria colectiva de los laguneros con respecto a su río. Hace años, en 2008, cuando hubo una avenida extraordinaria y el Nazas otra vez cruzó la zona urbana de las ciudades laguneras, me impresionó la cantidad de familias laguneros que acudieron diariamente a las riveras. Ahí estaban los niños y los jóvenes que conocían por primera vez al padre. Había en ese llamado algo de reverencia, algo que nos conectó con nuestra historia desde finales del siglo XVI. Por eso leí con gran interés el más reciente libro del antropólogo Hernán Salas Quintanal: El río Nazas, la historia de un patrimonio lagunero (UNAM, 2012, 213 páginas).
Se trata de un trabajo académico bien sustentado, que ofrece una historia del río Nazas desde la perspectiva de constructo cultural, y por lo tanto, de un patrimonio lagunero. Esta conceptualización permite al autor hacer una historia con una “visión más humanista y antropológica de los recursos culturales que una sociedad construye a partir de su entorno, sus recursos no renovables, porque son recreado cada generación”.
El libro tiene varios aciertos: hace una revisión amplia del estado de la cuestión; estudia el río bajo una noción que integra naturaleza, economía y sociedad; y finalmente, plantea un interés sobre los problemas ambientales de la región, particularmente la frágil relación con el agua que vivimos actualmente: sobreexplotación, hidroarsenicismo.
A diferencia de su otro libro, La globalización en la región lagunera (UNAM, 2002), la historia que nos entrega Salas Quintanal es una investigación menos teórica y más madura sobre el conocimiento de la región. Incluso en sus fuentes, para la publicación de 2011, recurrió directamente a los archivos, lo cuál enriquece visiblemente la aportación que hizo el investigador.
Para Salas Quintanal el río Nazas ha sido un símbolo paradójico: “por un lado, su agua representa a una región que ha logrado vencer las inclemencias del clima semiárido y por otro, ha sido objeto de conflictos locales y deliberaciones nacionales que ha tenido como resultado reglamentar y legislar sobre las aguas del territorio como patrimonio indiscutible de la nación”.
Continúo con la cita: “El Nazas ha proporcionado recursos naturales que se han vuelto productivos, pero también ha provisto nombres de lugares, historias locales, maneras de referirse al medio y de interactuar con éste; una organización sociojurídica, un estilo de vida y formas de uso y distribución de los recursos muy particular”.
El autor entreteje a su vez varias historias: el Nazas y su entorno natural; la historia compartida entre el río y la región; la legislación y la infraestructura hidráulica; y los problemas actuales del agua. El formato horizontal del libro, facilita la reproducción de tablas, mapas e imágenes que complementan la narrativa. Sin duda, esta historia de un patrimonio lagunero vista con una mirada externa, nos permite comprendernos mejor, y por qué no, a la luz del pasado, encontrar salidas más adecuadas a nuestros problemas ambientales del presente.
18 de noviembre 2012

lunes, 2 de abril de 2012

Otra vez el agua

Todos los caminos llevan al agua. Así es en nuestra región, donde el agua es el principal recurso que nos dio identidad. La historia es larga, tanto, como el origen colonial de nuestro nombre: La Laguna. Sin embargo, a pesar de la centralidad del agua en nuestra historia, en nuestro presente cotidiano, queda claro que los laguneros todavía no estamos de acuerdo en lo esencial. Ni la cuenca, ni el acuífero se guían por las fronteras artificiales que hacemos entre Durango y Coahuila.

Al final, la naturaleza está por encima de la política, aunque desde la política se empeñe en hacer como si la naturaleza fuera una y otra para los municipios de la región. La mejor prueba de esta nociva distinción es la visión que los gobiernos de un lado y otro del Nazas tienen sobre las políticas del agua. En vez de conjuntar esfuerzos, los dispersan. El punto viene al caso porque el gobernador de Durango, Jorge Herrera, ya inició el programa de instalación de filtros domiciliarios para remover el arsénico en Gómez Palacio y otros municipios del estado. Pero la contradicción no puede ser mayor: mientras en Coahuila el gobierno estatal impulsa la instalación de filtros directamente en los pozos, en Durango apuestan por la instalación de filtros intradomiciliarios.


Los costos y las diferencias operativas son notables. Más grave aún es la ausencia de una política común en torno al agua. Ahora sí que ni siquiera con el Consejo de la zona metropolitana, se logra compartir la principal política. A veces, en esto del gobierno parece que la lógica es promover la mayor ineficiencia al mayor costo. Al final del día, quien paga el costo económico y social es el ciudadano. Por eso no importó para el gobierno de Durango que el IMTA recomendó el uso de filtros en las casas en poblaciones pequeñas, tan pequeñas como aquellas con centenas de habitantes. No más. Ya se imagina lector el problema operativo, y sobre todo los costos que será atender miles y miles de tomas. Por cierto, la licitación la ganó The Water Initiative of Mexico que “compitió” sola. ¿A quién le conviene el fracaso? ¿Por qué el dictamen técnico no prevalece en la decisión política?



Bajo criterios técnicos la decisión de Durango no apunta al mejor rumbo. Más bien indica la crónica de un fracaso anunciado. Entonces sí, cuando al paso del tiempo el manejo sea inoperante, la solución mayor será pagar una costosísima planta potabilizadora de agua en la presa. Por más que trato de entender no encuentro otra razón detrás de la política duranguense que apostar al fracaso para hacer un mayor negocio. Y nuevamente quienes pierden y pagan son los ciudadanos.

Quizá el asunto no sea muy popular en la opinión pública, pero es desalentador que tras el avance de la zona metropolitana y la elaboración del plan rector, el principal tema que alerta a los distintos sectores laguneros siga caminos distintos para un estado y otro. Contra la política de unos cuantos, no hay criterio ni análisis técnico que valga.




30 de abril 2012
Milenio http://impreso.milenio.com/node/9138150

martes, 31 de mayo de 2011

Solución definitiva



Más que ideas, las campañas se mueven por preferencias. Se elige a un candidato por su imagen, por su presencia, por su capacidad para ser reconocido por los electores. Esto releva las propuestas, porque en el fondo las elecciones se mueven por emociones y no por sesudas disquisiciones. Las ideas, los debates y la oferta política son componentes de las campañas, pero no “El” componente. Esto no significa que las propuestas deban descuidarse. Por el contrario, dicen mucho de lo que tiene (y no tiene) un candidato con su oferta política. Tampoco faltan los improvisados, los ocurrentes. 
Revisando las plataformas electorales de los candidatos a la gubernatura de Coahuila, en especial  las propuestas de Guillermo Anaya y Rubén Moreira encontramos diferencias, pero también similitudes. No pretendo hablar de la totalidad de los documentos, pero sí enfocarme a un tema de enorme interés para los laguneros: el agua.
Anaya propone de manera general para el estado: incrementar la cobertura y calidad de los servicios de agua potable; fortalecer a los organismos operadores de agua; mejorar la infraestructura; establecer plantas de tratamiento y hacer más eficiente el gasto público en el sector.
Grosso modo, la propuesta de Moreira coincide con la de Anaya en la modernización de los sistemas operadores, pero la diferencia radica en que la plataforma priista enuncia el problema del arsénico en la región. Para el PRI, dice el documento, es urgente reducir la sobre explotación de los mantos acuíferos, “la región lagunera deberá contar con todo el apoyo” para solucionar de fondo el problema del arsénico en el agua.
Aunque la propuesta no dice cómo se hará, Moreira insiste en el “Plan Laguna Siglo XXI”, en la “solución definitiva al problema del arsénico en el agua potable”. ¿A qué se refiere con solución definitiva? ¿Al restablecimiento del cauce milenario del Nazas, lo cual implica romper paradigmas y confrontar poderosos intereses? ¿O simplemente andar por las ramas con el anuncio de filtros en los pozos contaminados y una potabilizadora de agua?
“Solución definitiva” suena ambicioso, serio y comprometedor. Pero ¿a qué se refiere Moreira? 
29 de mayo 2011

lunes, 20 de septiembre de 2010

Después de la fiesta


Después de la fiesta viene la realidad. El Bicentenario fue motivo de una gran celebración patria, y qué bueno, sin embargo, más que el pasado, queda la responsabilidad de construir el futuro. Los próximos cien o doscientos años serán responsabilidad de varias generaciones. Entre tanto, desde hace tiempo no queda claro cuál será el eje articulador, cuál la principal ruta para salir del atraso, cuál el proyecto de nación. El simbolismo de la fecha no propició un acuerdo político relevante para avanzar en ese sentido y tampoco resultan creíbles los recientes llamados a la unidad para hacer un “acuerdo nacional”. Acaso, una clave para incrementar o para fortalecer el cambio institucional de ese pacto nacional, quedó plasmada en la iniciativa de reforma política, presentada por el ejecutivo a principios de año. Ahora está dispersa, sin que nadie la reclame, sin que nadie la defienda. Así el ámbito nacional, así el México bicentenario.

En nuestra región, hay temas para una posible agenda regional de cara al futuro. Por ejemplo, la problemática del agua, como en otros siglos, será crucial para la viabilidad de La Laguna. A diferencia del pasado, el problema no sólo es económico, porque ahora incluye escenarios de riesgo para la vida de las personas. Desde hace tiempo sabemos que el diagnóstico es grave y son visibles los peligros para la salud pública. A pesar de los señalamientos, poco se ha hecho para construir a fondo un futuro sustentable. Si el fondo es la raíz, los laguneros hemos andado por las ramas del problema. Por eso las autoridades insisten en millonarias potabilizadoras, en colocar filtros para los pozos contaminados por arsénico o inclusive, traer agua de otros lugares. Pero al final, estas “soluciones” no contribuyen a un futuro de bienestar social, ni tampoco se integran al conjunto del problema.

Durante siglos, la cuenca del Nazas siguió su cauce natural, alimentado ese sistema de vasos comunicantes entre el subsuelo y la superficie. Pero ese curso no fue roto por lo más ambiciosos productores de la región durante su época de oro a finales del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Había un principio muy sencillo: la producción dependía de las avenidas, o por decirlo así, de los humores del Nazas. De esa manera, fue el río quien impuso límites para el uso del agua y por lo tanto, la capacidad de producción. Esos límites fueron rotos por la construcción del sistema de presas y la popularización de las norias eléctricas. Con el paso de los años, el desequilibrio se acentúo hasta verlo reflejado con claridad en 1949, cuando las autoridades federales declararon vedas para la extracción de agua subterránea en la región. Pasaron los años de andar por las ramas y el impacto actual afecta la salud de cientos de miles de laguneros que consumen agua contaminada por arsénico.
Por eso, si prospera la legítima petición de que en los recibos de Simas se incluya mes con mes el nivel de arsénico contenido en el agua, se estará dando un paso significativo para ir a la raíz del problema: la alteración de un curso milenario y la reconversión económica de la “cuenca lechera”. 

Otro reto para el futuro de la región tiene que ver con el sistema de movilidad y trasporte. Al ritmo que vamos, y dada la tendencia actual que han seguido las tres principales ciudades de la región, sobre todo, Torreón, estamos generando ciudades profundamente desiguales. El crecimiento urbano de los últimos quince años, ha privilegiado la distancia, la baja densidad, el uso de automóviles, la segregación e incluso la supresión de espacios públicos como banquetas y  plazas. En su conjunto, una ciudad así, encarece los servicios, aumenta los costos del transporte y por lo tanto, la contaminación. Al mismo tiempo se han multiplicado los puentes, no así los espacios de calidad para peatones. Ni que decir de los miles de ciclistas que transitan diariamente por nuestras ciudades. En su momento, las remodelaciones de los principales bulevares, pienso en nuestro flamante Independencia o el Miguel Alemán en Gómez Palacio, excluyeron a los ciclistas. Hacia afuera el mensaje es claro: los conductores de automóviles son ciudadanos de primera, los ciclistas de segunda y los peatones de tercera. Esa es la escala de valores que puede generar el diseño de una ciudad. Luego no nos sorprendamos de la inseguridad.  

Contra la aparente lógica, trabajar en este sentido, demanda inteligencia, creatividad, compromiso y fuerza política. Por eso, cuando el próximo viernes visite nuestra ciudad el matemático y ex alcalde de Medellín, Sergio Fajardo, habrá que escuchar, pero sobre todo, estar dispuestos a cambiar lo que parece inmutable.
¿Lo entenderán así los políticos que ahí estén?  Si no, habrá que esperar la visita del tristemente lúcido Fernando Vallejo.
twitter.com/uncuadros

sábado, 28 de junio de 2008

Presente del agua

Hasta ahora, todos los caminos conducen al agua. Así lo indica la crisis del agua en La Laguna. Estudio tras estudio, diagnóstico tras diagnóstico las problemáticas llegan al mismo punto: ni la cantidad, ni la calidad del agua es buena y el futuro tendencial es negativo. La historia nos resulta familiar y en más de un sentido, la problemática se ha presentado desde los orígenes mismos de la región hacia finales del siglo XVI. Para muestra, menciono algunas referencias.

Desde un principio, los derechos del agua entre los tlaxcaltecas y las tierras de Francisco de Urdiñola fueron motivo de disputa en el entorno parrense de la economía vitivinícola. Posteriormente, en el siglo XVIII un cambio inusitado en el afluente del río Nazas, dejó sin acceso al agua a las antiguas poblaciones coloniales de la región como Cinco Señores (ahora San Nazas) y San Pedro. Derivado de la escasez vinieron migraciones e incluso un alzamiento de “indios bárbaros”.

El siglo XIX no fue la excepción. Peleas irreconciliables por las preciadas aguas del Nazas para la producción de algodón, generaron enfrentamientos armados. Finalmente una reforma agraria con expropiación de tierras, fue decretada por el Presidente Benito Juárez, cambiando así el destino de la región. No pasaría mucho tiempo para que la estabilidad se rompiera y antes de terminar ese siglo, la poderosa compañía algodonera del Tlahualilo construyó un enorme canal para irrigar sus tierras, desviando una importante cantidad de agua del Nazas. Esa situación le ganó el reclamo de casi todos los agricultores laguneros, quienes formaron el Sindicato de Ribereños del Nazas. La disputa terminó en la Suprema Corte de Justicia y el fallo redujo los derechos de agua de la Tlahualilo en favor del resto de los agricultores.

Durante el siglo XX una serie de innovaciones tecnológicas, entre ellas la difusión de las norias eléctricas en los años veinte, agregó una nueva fuente de agua en el subsuelo. Tras la bonanza del algodón vino la crisis y una fuerte sequía que se prolongó por diez largos años en los cincuentas, derivó en la reconversión económica de la región. Así pasamos del algodón a la ganadería lechera. No es casual que por esos años, el efecto de las norias en la disminución del volumen y la calidad del agua subterránea, llevara al gobierno de la República a decretar el 27 de abril de 1949 en el Diario Oficial de la Federación, la primera veda de extracción de agua para los municipios de Lerdo, Matamoros y San Pedro. Después vinieron otras zonas de veda más amplias en 1952 y 1958 entre las que se incluyó a Torreón.

Con las décadas, no sólo fue disminuyendo la cantidad de agua subterránea, sino también la calidad. Sin ir tan atrás en el tiempo, la última mitad del siglo XX está llena de información que ya alertaba sobre la gravedad del asunto. A los laguneros no nos han faltado buenos diagnósticos, estudios e investigaciones, tampoco nos han faltado asociaciones civiles, organizaciones no gubernamentales e individuos señalando el problema, ¿entonces por qué se ha agravado más el problema? ¿Por qué el conocimiento sobre la situación del abatimiento del acuífero no se ha traducido en una serie de remedios de mediano y largo plazo?
Resulta sintomático que durante años esta situación aparezca solamente como una anécdota. La información no pasó de buenos proyectos como el Plan de Rehabilitación de la Comarca Lagunera, cuya ejecución fue declarada de utilidad pública en 1966. En 1976 el gobierno federal creó la flamante Comisión de Conurbación de La Laguna, uno de sus propósitos fue mejorar la situación de agua en la región.

Al final, la situación no cambió mucho, y hoy por hoy, los viejos problemas del pasado, son los mismos del presente. Al paso que vamos, no es difícil imaginar el futuro.

Hace unos días, diferentes agrupaciones ciudadanas se reunieron con la finalidad de hacer una marcha en protesta por la situación del agua. Sin embargo, a pesar del compromiso de muchos laguneros, no se ha logrado incidir con relevancia en el problema, es decir, no se ha logrado generar políticas que desde los gobiernos marquen el rumbo para cambiar la situación. Una escasa participación ciudadana, aunado a gobiernos a los que se les ha dejado hacer y deshacer, sin exigirles, sin llamarles a cuentas, genera indiferencia y negligencia. Quizá los laguneros pensaremos que nuestro problema es serio hasta que el agua no deje de salir de la llave. O quizá estamos esperando a tener cortes generalizados para toda la población porque el agua no es suficiente como en Hermosillo, Sonora. O quizá entonces reaccionemos cuando una serie de hundimientos en el centro de la ciudad, como está pasando en Aguascalientes, nos hagan recapacitar e involucrarnos en las soluciones del problema.

¿Y entonces, será demasiado tarde?
28 de junio de 2008
El Siglo de Torreón