domingo, 23 de junio de 2013
Tomar las calles
Antes de la violencia política, está el recurso de salir a tomar las calles. En algunos casos se toman los espacios para evitar más violencia. En otros, es la violencia de Estado la que aviva otras fuerzas e impulsa que los ciudadanos tomen las calles. No hay una fórmula para predecir el comportamiento social, aunque explicaciones no faltan, sin embargo, lo que empieza con la toma de las calles, bien podría terminar en la toma del gobierno. Tarde lo entendieron los otrora líderes árabes. El peor de todos fue Muamar Gadafi que pagó con su vida la soberbia del poder. Durante meses la sorpresa fue la Primavera árabe: cayó Ben Ali en Túnez, Hosni Mubarak en Egipto, y Gadafi en Libia. En cambio, sostenido por China y Rusia, el gobierno de Bashar Al-Assad sigue en pie gracias a un guerra que libra contra su ¡propio pueblo! Incluso se da el lujo de advertir a Europa que no se le ocurre armar a los rebeldes. A los ojos del poder: ¿Qué son 100 mil sirios muertos?
Después de varios años, tocó el turno a Turquía. Un suceso aparentemente trivial desencadenó una fuerza mayor (otra vez las pequeñas cosas). El proyecto de transformación del parque Gezi, que implica quitar árboles, para dar paso a la urbanización basada en la arquitectura otomana. Contra la decisión del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, los ciudadanos organizaron una protesta multitudinaria para defender los árboles y la plaza. Al paso de los días, Erdogan no encontró mejor forma que reprimir, golpear y gasear a los ciudadanos que tomaron la plaza Taksim. ¡Olvídense de la democracia! El referéndum es un decir de la corrección política; no en el gobierno autoritario. Las protestas continuaron y Erdogan declaró perder la tolerancia. Lo que siguió fue reprimir a los manifestantes, encarcelarlos, herirlos. Hasta los mismos ciudadanos improvisaron brigadas médicas para atender a los heridos. Mientras la violencia y los gases lacrimógenos se apoderaron de las calles, en la televisora nacional pasaban el concurso de Miss Turquía y CNN trasmitía un documental sobre ¡pingüinos! Vaya broma. A pesar de la represión, las protestas continuaron entre miles de ciudadanos que salieron a las calles. Qué más podía declarar el primer ministro, sino la acusación de “terroristas, anarquistas, vándalos”. La explicación oficial refiere la teoría de la conspiración para acusar que los manifestantes son movidos por terroristas, medios de comunicación y hasta agentes extranjeros. Imaginación no le falta a Erdogan, ni tampoco ganas meter al ejército si continúan las protestas. Ya amenazó.
Algunos han visto la defensa del parque como la continuación de la Primavera árabe. No obstante de aquel movimiento político que derrocó gobiernos, las protestas han evidenciado que detrás de la buena imagen de un país como Turquía ante la Unión Europea, se escuda un duro autoritarismo con formas de democracia. Es difícil saber en qué terminaran las protestas de estos indignados turcos, pero su mensaje advierte que en pequeños detalles el supuesto equilibrio del poder, es frágil. Tanto como ahora lo muestra las manifestaciones violentas en Sao Paulo y Río en Brasil. De cara al mundial de fútbol, el aumento al transporte trastoca la estabilidad del gobierno al mando de Dilma Rousseff. En la aparente tranquilidad, la protesta llegó hasta el Maracaná. Nuevamente las pequeños detalles. Una plaza, unos árboles, el costo del transporte. Para México, ¿cuáles serán los nuestros?
19 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9183904
¡Aguanta Granier, no te me infartes!
El problema del Andrés Granier no es la deuda millonaria y el desfalco del erario que dejó en Tabasco. Su verdadero problema, es que no siguió la escuela del profesor Humberto Moreira. Acá en Coahuila a nadie agarran. Granier no pudo ni le alcanzó dejar a su hermano, o ya perdida a su mamá. ¡Otra cosa sería! Nadie le andaría contando las camisetas, los cientos de zapatos ni los exclusivos trajes. Nada de eso, tal vez, hasta estudiaría en España una maestría.
Vencimos al desierto
Con frecuencia escucho la expresión “vencimos al desierto”. Se invoca entre los laguneros como una muestra de trabajo, esfuerzo y tesón. En La Laguna las cosas son tan duras, la geografía tan agreste, el clima tan seco, que la frase encuentra visos de heroísmo. Bajo esa condición, para los norteños de esta región, el esfuerzo parece mayor, el trabajo doble y los frutos mejores. De ahí que “vencimos al desierto” tenga una repetición tan entusiasta como extendida. Hasta en las campañas, un candidato irrelevante utiliza la expresión en su propaganda.
Como todo cliché, la frase impide pensar porque ya no es necesario hacerlo. Es un hecho que no requiere mayor comprobación. Así, el lugar común, a fuerza de repetición se toma como una verdad inamovible, como una verdad que no busca revisarse y mucho menos debatirse. “Vencimos al desierto” y punto. La frase en sí indica una gran hazaña, una inmensa proeza. Sin embargo, bajo la apariencia de bondad ocultamos un cadáver. Por eso, cada vez que decimos “vencimos al desierto” no sólo ocultamos una profunda tragedia ambiental, sino hasta nos sentimos grandes. La frase hecha nos impide ver su trasfondo. Negamos la realidad porque decimos que “estamos bien”. ¿Qué caso tiene cuestionar? Tan fuerte lo hemos hecho, que hasta vencimos al duro desierto. Y en efecto, vencimos al desierto, porque sistemáticamente talamos los bosques de mezquite y huizache. Materialmente desarraigamos los árboles. De esa manera, uno de los diagnósticos más recientes para hacer el plan urbano de la Zona Metropolitana de La Laguna, advierte un grave problema de erosión. ¡Y nadie más que nosotros mismos lo hemos hecho! Pero vencimos al desierto porque las lagunas que nos dieron nombre e identidad desde el siglo XVI, son un páramo; un inmenso yermo que forjamos.
Más que vencer al desierto, lo creamos “racionalmente” al cambiar el rumbo milenario de los ríos Nazas y Aguanaval. El problema está nuevamente con la raíz: ¡la cortamos! Por lo mismo, la expresión “vencimos al desierto” denota la soberbia de quien a fuerza de destrucción, se impone (no se integra) a la naturaleza. Afirmar nuestra imposición sobre el desierto significa la arrogancia de una sociedad que arrasa con sus recursos, que no le basta con desarraigar al padre (la metáfora del Nazas), sino agota sus fuentes subterráneas: el acuífero. El desequilibrio ya es mayor, cuando los viejos del agua, nuestros inmensos ahuehuetes, nos advierten que sí vencimos al desierto. ¿Estamos tan sordos qué no escuchamos ni queremos escuchar? Hasta una obtusa canción tenemos para presumir el ecocidio: “Porque así es mi Torreón vencimos al desierto/ cien años es tu tiempo y hoy te cantamos con sentimiento/ Torreón, Torreón, te llevo en mi corazón”. Nada más vergonzoso que la celebración de la derrota en una frase cómplice.
En La Laguna vencimos al desierto, y todavía no hemos aquilatado lo suficiente el fondo de la tragedia. Tal vez, cuando al fin develemos el significado de esas palabras, habremos comprendido la desertificación vencedora. Sólo espero que para entonces no sea demasiado tarde.
18 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9183618
Como todo cliché, la frase impide pensar porque ya no es necesario hacerlo. Es un hecho que no requiere mayor comprobación. Así, el lugar común, a fuerza de repetición se toma como una verdad inamovible, como una verdad que no busca revisarse y mucho menos debatirse. “Vencimos al desierto” y punto. La frase en sí indica una gran hazaña, una inmensa proeza. Sin embargo, bajo la apariencia de bondad ocultamos un cadáver. Por eso, cada vez que decimos “vencimos al desierto” no sólo ocultamos una profunda tragedia ambiental, sino hasta nos sentimos grandes. La frase hecha nos impide ver su trasfondo. Negamos la realidad porque decimos que “estamos bien”. ¿Qué caso tiene cuestionar? Tan fuerte lo hemos hecho, que hasta vencimos al duro desierto. Y en efecto, vencimos al desierto, porque sistemáticamente talamos los bosques de mezquite y huizache. Materialmente desarraigamos los árboles. De esa manera, uno de los diagnósticos más recientes para hacer el plan urbano de la Zona Metropolitana de La Laguna, advierte un grave problema de erosión. ¡Y nadie más que nosotros mismos lo hemos hecho! Pero vencimos al desierto porque las lagunas que nos dieron nombre e identidad desde el siglo XVI, son un páramo; un inmenso yermo que forjamos.
Más que vencer al desierto, lo creamos “racionalmente” al cambiar el rumbo milenario de los ríos Nazas y Aguanaval. El problema está nuevamente con la raíz: ¡la cortamos! Por lo mismo, la expresión “vencimos al desierto” denota la soberbia de quien a fuerza de destrucción, se impone (no se integra) a la naturaleza. Afirmar nuestra imposición sobre el desierto significa la arrogancia de una sociedad que arrasa con sus recursos, que no le basta con desarraigar al padre (la metáfora del Nazas), sino agota sus fuentes subterráneas: el acuífero. El desequilibrio ya es mayor, cuando los viejos del agua, nuestros inmensos ahuehuetes, nos advierten que sí vencimos al desierto. ¿Estamos tan sordos qué no escuchamos ni queremos escuchar? Hasta una obtusa canción tenemos para presumir el ecocidio: “Porque así es mi Torreón vencimos al desierto/ cien años es tu tiempo y hoy te cantamos con sentimiento/ Torreón, Torreón, te llevo en mi corazón”. Nada más vergonzoso que la celebración de la derrota en una frase cómplice.
En La Laguna vencimos al desierto, y todavía no hemos aquilatado lo suficiente el fondo de la tragedia. Tal vez, cuando al fin develemos el significado de esas palabras, habremos comprendido la desertificación vencedora. Sólo espero que para entonces no sea demasiado tarde.
18 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9183618
El fin de las libertades
“No soy un traidor ni un héroe. Soy un americano”. La frase no corresponde a una novela de Ian Fleming o de John le Carré, sino a un joven estadounidense de 29 años, Edward Snowden, quien acaba de develar una gigantesca red global de espionaje alentada por Estados Unidos. Pero lo particular del escándalo, no es tanto el espionaje, al fin una práctica usual e inherente al Estado, sino el arrepentimiento de un colaborador. Snowden era un “analista” subcontratado por una agencia de inteligencia del gobierno gringo. En algún momento el joven espía decidió dar marcha atrás y filtró documentos a los periódicos The Guardian y The Washington Post, donde se evidencia un gran programa para espiar llamadas telefónicas, correos, mensajes y cualquier cosa que pase por compañías como Google, Apple, Microsoft, Facebook y Skype. En pocas palabras ¡todo! Pero si creíamos que las peores manos están en el gobierno, esas empresas globales no sólo lo superan, sino hacen realidad la distopía imaginada en 1984. La tecnología rebasa a la literatura. Acaso, de vez en cuando, hay alguien que rompe o se suicida. Al igual que Bradley Manning, el analista militar en Irak que filtró miles de documentos a WikiLeaks, Snowden aparece como un tránsfuga. Un héroe posmoderno. Un anormal que decide romper el pacto.
El escándalo ya tiene proporciones suficientes para ratificar a Barack Obama como el tipo carismático y cool que sostiene la guerra, Guantánamo y una estructura orwelliana de dimensiones insospechadas. Ya en el camino del escándalo, el multicitado libro de Orwell escaló las ventas en Amazon y Barnes and Noble.
Paradójicamente, por más fuerza que tuvieron los Estados a lo largo de la historia, siempre había zonas infranqueables hacia las personas. Estados tiránicos, dictaduras militares, poderes autoritarios, pero ninguno como ahora, encontró en los gobiernos democráticos, los medios más eficaces para invalidar las libertades. Nada se acerca tanto a lo imaginado por el autor inglés, como esta red global que quiso abandonar Snowden. Hace tiempo que Daniel Bell habló de las contradicciones de la sociedad posindustrial y la era de la información. Estamos conectados en una sociedad global. Pero la modernidad que tanto se empeñó en defender la individualidad frente a la comunidad, terminó anulada por una omnipresente escucha global. ¿Tendríamos que sorprendernos? De alguna manera hay forma de acotar un Estado. Nixon fue pillado y depuesto de la presidencia por expiar a la oposición. Pero cómo acotar empresas que superan el tamaño y los recursos de muchos países.
¿Quién sanciona a Google, Apple y demás monstruos del mercado? Sencillamente no hay forma.
Quizá la revelación de los secretos quede como un escándalo temporal en los medios internacionales. Con el paso de tiempo ya nadie hablará del espionaje, la intervención de la privacidad y el fin de las libertades. Sin duda para entonces, tendremos una vida más cómoda.
Posdata
En México no necesitamos gran tecnología ni demasiada sofisticación. Podemos pedir una orden maciza y el padrón del IFE. ¡Cuál privacidad! Usted pase y compre las bases de datos.
14 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9183456
¡Vicente Fox marihuano!
¿Vicente Fox pacheco? ¿Vicente Fox tronándosela? ¿Vicente Fox grifo? ¡Para nada! El ex presidente mexicano es fiel a su tradición de publicista. Hombre simpático, dicharachero, hablador. En pocos palabras, un genio de la comunicación involuntario. Como sabemos, Vicente tiene algunos años insistiendo en cambiar el paradigma sobre las drogas. Curiosamente, su propuesta no está tan fumada. Se trata, eso sí, de una tendencia que poco a poco gana adeptos entre políticos, académicos y consumidores organizados de varios países. En Estados Unidos hay 18 estados que han legalizado no sólo el consumo, sino hasta la producción de drogas. Más reciente, los ciudadanos de Colorado votaron el sí (51%) a las drogas, lo cual ya ha impactado en la reducción del precio de la marihuana en ese país. Para los que no se han enterado, por aquello de la moral y las posiciones personales, la portación de droga en México está regulada en pequeñas cantidades: ¡es legal la pachequez!
La marihuanada de Fox es una posición que pide un cambio de paradigma. No el de la guerra contra la drogas que impuso a sangre y fuego Estados Unidos. Fracasos monumentales como el de Colombia y México, evidencian un mal todavía mayor de esa política punitiva. En conferencia en Seattle, Fox abogó por el cambio de enfoque, e incluso, a pregunta expresa, hasta se animaría a producir mota, una vez fuera legal.
Seguí con atención varias entrevistas y no sólo las declaraciones aisladas que llamaron la atención de los medios. Contrario a lo que podría pensarse, máxime por las puntadas en su sexenio, la propuesta fue articulada con la tendencia en Estados Unidos. El argumento de Fox fue bastante coherente, tanto como el discurso latinoamericano que poco a poco empieza a emerger, y que encuentra en el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, a uno de los más lúcidos promotores del nuevo paradigma. El triunfo del carrujo legal en el país vecino parece ser la mayor transformación de drogas entre México y Estados Unidos. No la lucha armada que ha dejando un país herido y profundamente lastimado. Hay que leer con atención el informe de la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre “El problema de las drogas en las Américas” (2013). No es la condena ni el combate violento lo que se propone; tampoco cierra los ojos ante el daño de las drogas en las personas. Sin embargo, el informe advierte un mal mayor en la tendencia actual del combate. Además, presenta escenarios hacia el 2025. Cito algunas preguntas de los escenarios: ¿Cuáles son las oportunidades y los desafíos actuales? ¿Cuáles son las oportunidades que podríamos tener y los retos que tendríamos que afrontar en el futuro? ¿Qué opciones tenemos? ¿Qué es lo que debemos hacer para enfrentar mejor el problema de las drogas en las Américas? Después de todo, Vicente Fox no está tan pacheco. Quizá sólo esté apuntado lo que en las próximas décadas podría ser visto como normal.
12 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9183251
Torreón alternativo
Más fácil es resaltar lo negativo de una ciudad como Torreón, sobre todo por los últimos cinco años que han sido demenciales. Mala prensa nos sobra, y qué decir de lo que encontrarán en las hemerotecas los historiadores en el futuro. Y aunque parece que la ciudad al fin encuentra un poco de calma, todavía ronda en las calles la inminencia de la violencia. Sin duda estamos en durísimo tránsito a un futuro mejor. Sin embargo, más allá de la nostalgia sobre el pasado idílico y glorioso de la región (no sólo de la ciudad), está nuestro presente. En los últimos años poco a poco han emergidos grupos que representan lo mejor de la sociedad lagunera: esperanza, dignidad, orgullo, ganas de recuperar la ciudad. Ruedas del Desierto y Moreleando son dos ejemplos palpables, alentadores. No son los únicos, pero sí bien visibles y transparentes. No es casualidad que grupos ciudadanos con ese espíritu afloren en tan difíciles circunstancias. No verlo, es no entender a la ciudad, ni sus cambios.
De las ciudades laguneras, Torreón es la ciudad más alternativa. Las más dada al cambio. Tan sólo en política, lo cual ya es mucho decir por la desconfianza hacia la autoridad y los políticos, los ciudadanos de Torreón están más cerca de la alternancia que de la permanencia. Desde hace tiempo que esta ciudad no es priista ni panista. Eso sí, según el humor, la preferencia de los ciudadanos y los resultados del gobierno local, a veces está el PRI, otras el PAN. Pero lo relevante es el cambio por el apremio o castigo. En 1996, Jorge Zermeño del PAN abrió la brecha de la inédita la alternancia. Luego sucedió Salomón Juan Marcos por el PRI. Le siguió Guillermo Anaya del PAN y continuó José Ángel Pérez por ese mismo partido. Para 2009 regresó el PRI con Eduardo Olmos a la cabeza. En menos de un mes sabremos del nuevo rumbo.
Como en cada elección, los partidos políticos hablan de estructura, voto duro y movimiento territorial. Pero si un sello se desprende desde de la década de los 90 a la fecha, es que Torreón en una ciudad alternativa por sus ciudadanos. Por supuesto no todos, pero sí los suficientes para oxigenar la política. Esos ciudadanos alternativos son los han subido han subido al PRI y también lo han bajado. Son los que le abrieron la puerta al PAN y también lo echaron. Son los electores más interesantes por críticos, por infieles. Saben que pueden ratificar al partido en el poder o sencillamente quitarlos con su voto. Desde luego, hay quienes desprecian la democracia, las elecciones, el voto. Pero no reconocer en la alternancia un valor, es comprender muy poco de las sociedades modernas. Esa pequeña virtud pública está bien arraigada en Torreón, pero ausente en otras ciudades laguneras, como Gómez Palacio (¿nos deparará pronto alguna sorpresa?). Lerdo y San Pedro de las Colonias son alternativas excéntricas. La primera entre el PRI y el PAN; la segunda entre el PRI y el PRD. En estas circunstancias, la elección de Torreón me gusta por competida.
9 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9182986
De las ciudades laguneras, Torreón es la ciudad más alternativa. Las más dada al cambio. Tan sólo en política, lo cual ya es mucho decir por la desconfianza hacia la autoridad y los políticos, los ciudadanos de Torreón están más cerca de la alternancia que de la permanencia. Desde hace tiempo que esta ciudad no es priista ni panista. Eso sí, según el humor, la preferencia de los ciudadanos y los resultados del gobierno local, a veces está el PRI, otras el PAN. Pero lo relevante es el cambio por el apremio o castigo. En 1996, Jorge Zermeño del PAN abrió la brecha de la inédita la alternancia. Luego sucedió Salomón Juan Marcos por el PRI. Le siguió Guillermo Anaya del PAN y continuó José Ángel Pérez por ese mismo partido. Para 2009 regresó el PRI con Eduardo Olmos a la cabeza. En menos de un mes sabremos del nuevo rumbo.
Como en cada elección, los partidos políticos hablan de estructura, voto duro y movimiento territorial. Pero si un sello se desprende desde de la década de los 90 a la fecha, es que Torreón en una ciudad alternativa por sus ciudadanos. Por supuesto no todos, pero sí los suficientes para oxigenar la política. Esos ciudadanos alternativos son los han subido han subido al PRI y también lo han bajado. Son los que le abrieron la puerta al PAN y también lo echaron. Son los electores más interesantes por críticos, por infieles. Saben que pueden ratificar al partido en el poder o sencillamente quitarlos con su voto. Desde luego, hay quienes desprecian la democracia, las elecciones, el voto. Pero no reconocer en la alternancia un valor, es comprender muy poco de las sociedades modernas. Esa pequeña virtud pública está bien arraigada en Torreón, pero ausente en otras ciudades laguneras, como Gómez Palacio (¿nos deparará pronto alguna sorpresa?). Lerdo y San Pedro de las Colonias son alternativas excéntricas. La primera entre el PRI y el PAN; la segunda entre el PRI y el PRD. En estas circunstancias, la elección de Torreón me gusta por competida.
9 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9182986
Lo que ELLA quiere
Con frecuencia, la visión de unos se suele confundir con la de todos. Pero lo que vemos no es necesariamente lo que todos ven. Creemos, suponemos: un error muy frecuente entre los noveles de la política. Que en La Laguna tengamos algunos grupos a favor de la conformación de un nuevo Estado, no significa en automático que el punto sea, el punto de la mayoría de los laguneros. Hace uno días, mi estimado compañero del periódico Milenio, Eduardo Holguín, respondió a mi texto, “Preguntas para Ella” (2 de junio, 2012).
El primer punto de la crítica de Holguín se refiere a la relevancia de juntar 500 mil firmas, para “mostrarle a los legisladores y a las autoridades del país que queremos ser nosotros mismos los forjadores del buen futuro de la región”. Pero incluso, aunque juntemos 1 millón de firmas en apoyo a la creación del Estado de La Laguna (Ella), la irrelevancia sería la misma. Seguramente esas miles de firmas llamen la atención y hagan ruido de vez en cuando en los medios nacionales, pero institucionalmente no hay en nuestro sistema político validez para esas firmas. Podemos juntarlas a favor o en contra de una causa, nada lo impide, sin embargo, ante la ausencia de mecanismos de democracia directa, sencillamente esas firmas son irrelevantes. Referéndum y plebiscito no existen en nuestra constitución. Por eso, al archiconocido periodista, Pedro Ferriz de Con, lo mandaron “por un tubo” con su iniciativa de eliminar a los diputados plurinominales. El periodista de Grupo Imagen juntó 4 millones de firmas. Por entonces, el presidente de la Cámara de diputados, Carlos Ramírez Marín, declaró: “Los diputados, sin lugar a dudas, la tomarán en cuenta”. Tan la tomaron en cuenta, que mejor la mandaron a la basura. En otras democracias, con mucho menos firmas, hasta pueden correr a sus legisladores. No es nuestro caso para incidir en el gobierno.
Pero vamos a suponer que dentro de unos años, los laguneros que tanto desean un Estado, quedamos de acuerdo para anular el voto en las elecciones de gobernador. Un voto en blanco generalizado sería un claro rechazo a las capitales de Durango y Coahuila. En 2010, votaron en las elecciones locales, 107 mil ciudadanos en Gómez Palacio, y 45 mil en Lerdo. En 2009, 43 mil ciudadanos votaron en Matamoros, y 232 mil en Torreón. En suma 427 mil votos que podrían ser anulados para mandar una contundente señal política. Para decidir sobre el futuro de la región no necesitamos 500 mil firmas, ni tampoco un Estado. Tampoco pienso que “es la primera vez que La Laguna está de acuerdo en algo”, como se afirmó en la entrevista con Ferriz de Con. Mucho antes de pretender un Estado, los laguneros hicieron grandes empresas comunes para beneficio de la región. No necesitaron firmas para hacer un puente, o una carretera para unir Lerdo, Gómez Palacio y Torreón. Sencillamente lo hicieron. Independientemente de Ella, no tengo duda de que pequeñas acciones en común entre los laguneros, podría hacer una mejor región. Y conste que no hablo de un Estado.
7 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9182808
El primer punto de la crítica de Holguín se refiere a la relevancia de juntar 500 mil firmas, para “mostrarle a los legisladores y a las autoridades del país que queremos ser nosotros mismos los forjadores del buen futuro de la región”. Pero incluso, aunque juntemos 1 millón de firmas en apoyo a la creación del Estado de La Laguna (Ella), la irrelevancia sería la misma. Seguramente esas miles de firmas llamen la atención y hagan ruido de vez en cuando en los medios nacionales, pero institucionalmente no hay en nuestro sistema político validez para esas firmas. Podemos juntarlas a favor o en contra de una causa, nada lo impide, sin embargo, ante la ausencia de mecanismos de democracia directa, sencillamente esas firmas son irrelevantes. Referéndum y plebiscito no existen en nuestra constitución. Por eso, al archiconocido periodista, Pedro Ferriz de Con, lo mandaron “por un tubo” con su iniciativa de eliminar a los diputados plurinominales. El periodista de Grupo Imagen juntó 4 millones de firmas. Por entonces, el presidente de la Cámara de diputados, Carlos Ramírez Marín, declaró: “Los diputados, sin lugar a dudas, la tomarán en cuenta”. Tan la tomaron en cuenta, que mejor la mandaron a la basura. En otras democracias, con mucho menos firmas, hasta pueden correr a sus legisladores. No es nuestro caso para incidir en el gobierno.
Pero vamos a suponer que dentro de unos años, los laguneros que tanto desean un Estado, quedamos de acuerdo para anular el voto en las elecciones de gobernador. Un voto en blanco generalizado sería un claro rechazo a las capitales de Durango y Coahuila. En 2010, votaron en las elecciones locales, 107 mil ciudadanos en Gómez Palacio, y 45 mil en Lerdo. En 2009, 43 mil ciudadanos votaron en Matamoros, y 232 mil en Torreón. En suma 427 mil votos que podrían ser anulados para mandar una contundente señal política. Para decidir sobre el futuro de la región no necesitamos 500 mil firmas, ni tampoco un Estado. Tampoco pienso que “es la primera vez que La Laguna está de acuerdo en algo”, como se afirmó en la entrevista con Ferriz de Con. Mucho antes de pretender un Estado, los laguneros hicieron grandes empresas comunes para beneficio de la región. No necesitaron firmas para hacer un puente, o una carretera para unir Lerdo, Gómez Palacio y Torreón. Sencillamente lo hicieron. Independientemente de Ella, no tengo duda de que pequeñas acciones en común entre los laguneros, podría hacer una mejor región. Y conste que no hablo de un Estado.
7 de junio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9182808
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