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domingo, 1 de mayo de 2016

El espejo de Brasil


Como mexicano veo con envidia el momento que están viviendo los brasileños. Todas las sociedades tienen problemas, pero la diferencia está en cómo unas enfrentan sus problemas, y otras sencillamente los dejan pasar. Brasil tiene similitudes con México. En ambos países las autoridades tienen serios problemas de legitimidad y confianza. En ambos países la corrupción es un mal que los degrada. La diferencia está en que una buena parte de la sociedad mexicana es permisiva y tolerante con la corrupción. Acá nos conformamos con la crítica de café, con las rabietas en las redes sociales, donde cualquiera le mienta la madre al presidente. Pero hasta ahí. Pocas veces nos organizamos más allá del malestar, para cambiar el estado de cosas.
Recientemente una propuesta ciudadana para combatir la corrupción reunió cientos de miles de firmas en el país, para apoyar la iniciativa Ley 3 de 3. Ya apoyan el PAN y el PRD en el Congreso, pero es revelador que el partido en el poder, el PRI, meta trabas y obstáculos. Volviendo a Brasil, desde hace tiempo los ciudadanos decidieron tomar la calles y cercar a su gobierno. Miles reclamaron al gobierno de Dilma Rousseff gastar millones de dólares para las futuras olimpiadas, en vez de invertir en el transporte público. De esa manera los brasileños vienen participando, presionando, acorralando. Mal para una democracia donde sus ciudadanos deciden no involucrarse, dejar el rumbo sólo al gobierno. La democracia necesita de pesos y contrapesos.
En el índice global de percepción de corrupción que genera Transparencia Internacional, Brasil ocupa el lugar 76 de 167 países. Entre más abajo en la lista, mayor la percepción de corrupción. De esa manera está a la par de Bosnia, India, Tailandia, Túnez y Zambia. México está todavía más abajo, en el lugar 95, a lado de Mali, Bolivia, Filipinas y Armenia. Poco a cambiado en nuestro país desde que llegó la alternancia al poder en el año 2000. Pero no hay duda que en Brasil, los ciudadanos han puesto de cabeza a su presidenta, Dilma Rousseff. La presión ha sido tal que el Congreso acaba de aprobar un juicio político (impeachment, en la tradición política inglesa y norteamericana), para removerla de poder. Sólo es cuestión de tiempo para que la quiten formalmente del poder, mientras tanto son horas de agonía para la presidente que en el peor momento de su gobierno, decidió proteger al expresidente Lula Da Silva, quien a su vez es investigado por una un caso de corrupción.
Como es natural al poder, la presidenta Rousseff le dio el cargo de Jefe de Ministro para así protegerlo. En pocas palabras le confirió desde el poder, impunidad. ¿Dónde hemos visto esto? Dilma tiene los días contados en una democracia que cuenta con los mecanismo para quitar a sus gobernantes. Envidia de la buena, cuando en nuestro país, el presidente es sorprendido con tremenda "Casa Blanca", y lo mismo, el secretario de Hacienda, pero no pasa nada. Luego el mismo presidente nombra a un leal para que lo "absuelva". Al final repiten que la corrupción es "cultural".
Es cierto, detrás de la crisis política en Brasil también hay intereses e intrigas de los grupos en el poder, pero es preferible un Estado donde el gobierno lo pueden retirar los ciudadanos, a un gobierno de impunidad institucionalizada.
Guatemala ya nos dio el ejemplo. Ahora Brasil está en la misma ruta. Y México, ¿para cuándo? Dormimos el sueño de los justos.

20 de abril 2016
El Siglo
https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1216748.el-espejo-de-brasil.html

Consejo Cívico de las Instituciones Laguna


La historia está en su gente. Por lo mismo, uno de los aspectos más interesantes de la historia de la Comarca Lagunera es la manera en que los laguneros se han organizado para salir adelante. Me gusta reconocer en la historia lagunera, el surgimiento de asociaciones civiles, uniones empresariales y causas comunitarias. Pienso en las primeros años del siglo XX, cuando prácticamente estaba todo por hacerse en Torreón. Había que levantar una ciudad, construir sus espacios y sobre todo, consolidar una comunidad. Tan moderna y liberal nació Torreón tras el cruce de ferrocarriles en 1883, que un buen día se notó la falta de un espacio público. Al respecto, varios laguneros echaron manos a la obra para hacer la primera plaza de la ciudad, hoy conocida como "plaza de armas". Por entonces el gobierno era tan minúsculo y tan pobre en sus arcas, que fue gracias a las aportaciones particulares como consiguieron hacer una de las plazas más significativas de la ciudad. Poco a poco se juntaron las partes: la venta simbólica del terreno, la donación de plantas y las bancas, la colocación de adoquines. Al poco tiempo los ciudadanos gozaron de los paseos en la plaza.
Cuando hubo necesidad de pavimentar y por fin hacer la emblemática avenida Morelos en los años veinte, fueron nuevamente los esfuerzos ciudadanos reunidos en la figura de la Junta de Mejoras Materiales. Había en ese entonces una colaboración estrecha y productiva entre los ciudadanos y el gobierno municipal. Alrededor de la Morelos confluyeron donaciones de empresas, pequeñas aportaciones de ciudadanos, y por supuesto, el apoyo de clubes de servicios y grupos bien organizados. De esa forma se logró construir y adornar el paseo Morelos.
Sin lugar a dudas, la historia del puente sobre el río Nazas, es una de las más representativas y notables entre los laguneros. Durante muchos años las ciudades de Torreón, Gómez Palacio y Lerdo quedaban incomunicadas por la avenida del río. Hasta que un buen día un grupo de laguneros se propuso construir un puente y así unir a las ciudades. En principio la colecta fue modesta, luego vino una campaña -Coopere usted y habrá puente-, para avanzar en la construcción. Fue tal el ímpetu ciudadano que los gobiernos estatales de Durango y Coahuila se sumaron a la construcción. En 1931 se inauguró el emblema regional.
De igual manera podríamos seguir con otras historias de éxito comunitario entre los laguneros, pero ahora quiero referirme al Consejo Cívico de las Instituciones Laguna, una de las organizaciones ciudadanas de gran prestigio no sólo regional, sino también con reconocimiento nacional. Nació en el difícil año de 2012 -el más violento de las últimas décadas-, con un propósito muy claro: medir y evaluar la incidencia delictiva en la región. Hoy es uno de los observatorios más destacados en el país, y cuenta con la certificación y respaldo del Observatorio Nacional Ciudadano y México Evalúa. El lema del Consejo, "mejores ciudadanos hacen mejores gobiernos", es representativo de una ciudadanía organizada que aspira a un lugar mejor. Uno de los méritos más puntuales de la prestigiosa institución lagunera, es ofrecer de manera sencilla y transparente los números sobre la incidencia delictiva. Cifras por cierto, que alimentan los registros oficiales de la Procuraduría en Coahuila y la Fiscalía de Durango.
La diferencia que hace dicha institución ciudadana e independiente, es hacer públicas las cifras sobre los delitos en la región. Presentarlas de manera sencilla y constante. Después de todo, para resolver un problema, es necesario primero tener información de calidad y sobre todo, que sea transparente. De esa manera, la inseguridad no se acaba por las declaraciones de los gobernantes, mucho menos cuando minimizan los asaltos y otros actos delictivos recientes. De cara a esa problemática, es fundamental hablar con claridad y honestidad, pero sobre todo, con h-u-m-i-l-d-a-d. En estos años, el Consejo Cívico ha sido fiel vigía de un fenómeno tan sentido para todos. Recientemente advirtió sobre el aumento del secuestros en la región. Pero lejos de descalificar, habría que dimensionar lo que eso significa, que a su vez se contrapone a la "verdad oficial" (como la fallida "verdad histórica"). Al final del día, lo que busca es mejorar la región como en otros épocas lo hicieron otras generaciones. Por eso es tan importante la honestidad y la colaboración responsable.
El Siglo de Torreón
16 de marzo 2016
https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1206538.consejo-civico-de-las-instituciones-laguna.html

Apelar a la vergüenza

En un estado de impunidad, el más fuerte es el rey. Bajo esa consigna de la selva citadina, la ley siempre es negociable, dúctil y dispuesta al mejor postor. Para el influyente, lo relevante es el dinero, la fuerza o las relaciones políticas. Con la multiplicación de la cámaras en los teléfonos, no hay semana sin un video que atestigüe de estos ciudadanos "especiales": el funcionario; el adinerado con un séquito de guaruras; el violento que a base de fuerza doblega la ley.







Ante esa situación, ocasionalmente surgen iniciativas o estrategias para tratar de encausar prácticas cívicas. Pero la labor resulta difícil y hasta peligrosa. ¿Algunas vez han llamado la atención a los automovilistas que no respetan los espacios para discapacitados? Inténtelo, así les puede ir. Mentadas de madre, amenazas y hasta agresiones les garantizo que van a recibir. Sin embargo, es revelador como una cosa lleva la otra. A nivel general podemos quejarnos amargamente de la corrupción de la política y los políticos, pero en las pequeñas actitudes, se es tolerante a la corrupción en la vida cotidiana. Un entorno de poca legalidad puede describir al gobierno y las autoridades, pero sobre todo, dice más de los ciudadanos que lo conforman. Porque sin duda, la otra cara de la moneda, la que toca a los ciudadanos, también propicia y tolera esas condiciones. ¿En verdad nos resulta extraño?
Recientemente, la delegada del gobierno de Miguel Hidalgo, Xóchitl Gálvez, ha utilizado transmisiones en vivo para grabar los operativos del gobierno en la calles. Específicamente las faltas viales y el retiro de automóviles de la banquetas. Como en todo, poco tardaron para documentar, a través Periscope (una red que transmite video en vivo), a los cómodos influyentes que no les basta la calle, de paso toman las banquetas. En una de ésas, un prepotente mandó a los guaruras por delante para evitar ser infraccionado. El suceso habría pasado inadvertido, si no fuera porque se grabó. De esa manera, nos enteremos santo y seña sobre el agresor. Exhibido ad infinitum en la prensa y las redes sociales, el agresor se dio por ofendido en sus derechos humanos. ¡No es broma! ¿Dónde hemos escuchado eso de "el ofendido soy yo"?
Curiosamente romper la ley y agredir a los ciudadanos no es el problema, sino ser exhibido públicamente. Quizá en un estado de impunidad generalizada como el que vivimos en México, estas pequeñas salidas, como utilizar grabaciones, sea un disuasivo para pensarla dos veces. Por supuesto, también hay detractores de la exhibición por considerarla infamante y hasta ilegal. El problema no está tanto en burlar la ley, sino exhibir públicamente el quebranto. Eso es lo que indigna según los críticos. Pero el asunto no es nuevo. Algunas policías en México ya incorporan cámaras a su ejercicio diario. En países como Estados Unidos, Inglaterra o Canadá, por mencionar algunos, las cámaras hacen las veces de policías en las calles. Es el Big Brother en todos los rincones. La diferencia abismal entre esos países y el nuestro está en la legalidad, o si se quiere, en la impunidad. Acá asumimos que todo es negociable, incluso en detrimento de los mismos ciudadanos. Y cuando la ley no nos favorece, entonces recurrimos a los derechos humanos. Hay en nuestra vida pública, una especie de liberalismo disfuncional que supone al individuo por encima del derechos de otros individuos. De esa manera no hay ley que aguante, ni prácticas cívicas que lo soporten. Por lo mismo, apelar a la vergüenza se vuelve una pequeña estrategia para defender un piso mínimo de legalidad. Por supuesto, utilizar las redes sociales para exhibir puede caer fácilmente en el espectáculo, pero también, esas mismas redes documentan la miseria del ciudadano y su profundo desprecio por la ley. La infamia no viene de las grabaciones, sino de los ciudadanos mismos.
2 de marzo 2016 
El Siglo

lunes, 12 de enero de 2015

Dos años de Moreleando

El próximo sábado Moreleando festeja dos años de tomar las calles. Los miles de ciudadanos que acuden a la Morelos, han demostrado que otra ciudad es posible. ¡Enhorabuena! Ahí nos vemos.

22 de nov 2014 
El Siglo

Antimanual del ciudadano

Cansados de la política, pensamos en los ciudadanos como una fuente inagotable de pureza. Tan mala imagen tiene nuestros políticos, que los ciudadanos nos parecen el último refugio de la sociedad. Hartos de nuestros gobernantes, elogiamos las vías ciudadanas como la única forma admisible. En la crisis de legitimidad de los representantes públicos, las “organizaciones de la sociedad civil” se presentan como una vía más confiable. De esa manera, ante la desconfianza, tenemos más fe en las asociaciones civiles o en las llamadas organizaciones no gubernamentales. 

Por puro contraste, todo lo que suene a ciudadano está “bien”.  Pero la vida pública es más compleja que unas categorías o unas diferencias conceptuales entre políticos y ciudadanos. No se trata de “tipos ideales”, sino de actores que en el fondo, reflejan comportamientos más profundos de la sociedad. Y ahí, no importan mucho la diferencia entre políticos y ciudadanos, por ser al fin artificiosa. Nada más ingenuo que decir: “no soy político”. Pero al mismo tiempo, nada más rentable que asumirse desde la negación a la ciudadanía. Así aparecen grupos de ciudadanos organizados, que sin estar en un partido político reproducen prácticas similares. ¡Sí! Esas prácticas que tanto detestamos.  Quizá la única diferencia es el acceso a bolsas millonarias o a la encarnación más viva del poder: la violencia.

Lejos de la idealización de los ciudadanos, hay prácticas que se corresponden y se parecen a las que odiamos tanto en nuestros políticos. Veamos algunas estampas.

El monopolio soy yo. Nadie es más importante en las asociaciones civiles, que la nuestra. Las demás también hacen trabajo, pero la mejor, la verdadera y sobre todo, la auténtica, es la que llevamos nosotros. Como si fuera un extensión del ego personal, se asume un ego colectivo.

Se vale criticar, pero a mi no critiques. Contrario a la apuesta liberal de la democracia, donde la crítica y debate son una esencia de la vida pública, en el microcosmos de las organizaciones de la sociedad civil, la crítica es deseable hacia fuera, pero nunca adentro. Se vale señalar con todo a los políticos en el gobierno, pero no se permite la crítica a los críticos. Como en el mundo de las redes sociales, los comentarios en contra se borran y de paso, se bloquea a los usuarios que cuestionan.

La tolerancia no es para nosotros. Si hay un discurso políticamente correcto, es el de la tolerancia. Tolerancia de opiniones, de grupos, de creencias está bien para los políticos, pero no para los ciudadanos organizados. Diferir es mal visto, y no adoptar la opinión de la mayoría, es casi una condena.

Tan largos unos como otros. Se ha hablado de la transparencia como un valor fundamental de la democracia. También se ha dicho que la rendición de cuentas es un deber del gobierno. Pero al revisar las cuentas de los ciudadanos asociados en redes de colonos o grupos de interés, encontramos tanta opacidad como en el gobierno. Al final llegan al mismo punto: los fraudes no son exclusivos de los políticos.

Superioridad moral. En el quehacer de las organizaciones, siempre hay quien habla desde la superioridad moral. Cargados con una batería de adjetivos, nos dicen quienes hace bien, y quienes hacen mal.  Así, cualquier foro es la ocasión para pontificar. Si otros ciudadanos colaboran con el gobierno, son “acarreados”. Si nosotros colaboramos con el gobierno, somos especiales e importantes.  

Demerite a los demás. Reflejo de los complejos personales, hay en el ámbito de los ciudadanos, un gusto por demeritar todo lo que no sea el trabajo propio. Si está bien el de otra asociación, demerítelo. Si está mal, diga mil veces que está mal. De esa manera quedará satisfecho con su trabajo, como quien asume haber descubierto la tierra.

Autoelogio, autoelogio y más autoelogio. De lo que se trata es de que brille uno.  La organización sólo es el vehículo para la promoción personal. Deje de lado el trabajo duro, usted salga en la foto. Llegue al momento oportuno cuando las cámaras estén encendidas. De lo que se trata es de aparecer. No lo olvide, la foto es lo más importante. Incluso si puede, regale un objeto personal a manera de relicario. 


El antimanual del ciudadano  continuará…

29 de oct 2014
El Siglo
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1052161.antimanual-del-ciudadano.html

lunes, 20 de octubre de 2014

Ciudadanos Onappafa II

Más que los políticos, son los ciudadanos los que dan contenido a la política. Prácticas, formas y expresiones perfilan la cultura política de una sociedad. Bien dicen, que no hay democracia sin demócratas. De la misma manera, son las prácticas de los ciudadanos las que afirman una cierta cultura cívica, unas relaciones socialmente compartidas. Así, la calle como espacio común, define la manera que en los ciudadanos asumen la política. por ejemplo, la limpieza de una calle depende más de los ciudadanos, que de las autoridades. Y vaya que las diferencias se notan cuando comparamos ciudades o colonias dentro de una misma ciudad. ¿Por qué unas son limpias y otras no? Igualmente cuando observamos el comportamiento vial entre automovilistas y peatones, damos cuenta de los valores que imperan en el espacio público. No se trata de una disquisición filosófica, sino en concreto de un respeto mínimo en el constante tráfico. ¿Han observado cómo en la ciudad los automovilistas no respetan siquiera las cebras que demarcan los pasos peatonales? Desde esas prácticas, tampoco extraña que en Torreón, 1 de cada 4 ciudadanos utilice indebidamente el espacio reservado para discapacitados en los estacionamientos (Enadis: 2010).
Si hay un ejemplo por excelencia que define los valores de los ciudadanos en una ciudad como Torreón, no son las desairadas elecciones, sino la amplia aceptación de portar en los automóviles placas ilegales. Sí, placas piratas bajo el emblema de la marca registra (no es broma), Onappafa. En los últimos años se multiplicaron las "placas" onappafas, y ya en el colmo de la semántica, hasta "copropafas" aparecieron. ¿Cuántos autos con placas piratas circulan por la calle? ¿Cuántos más bajo el sello de "amparados"? ¿20 o 30 por ciento de los vehículos en la ciudad? Lo significativo de esas "placas" es la aceptación bien extendida y hasta orgullosa de la ilegalidad en las calles. En otras palabras: ciudadanos Onappafa. ¿Quiénes son? Ciudadanos que exigen derechos, pero no quieren obligaciones. Ciudadanos que desean mejores calles, pero no pagan impuestos para mejorarlas. Ciudadanos afectados por la inseguridad, pero indignados porque la autoridad quiere aplicar la ley. Ciudadanos que se creen más "listos" que los demás, porque no pagan la tenencia. Ciudadanos dispuestos a romper la ley, pero exigirla cuando se trata de su problema. Ciudadanos disfuncionales que reflejan gobiernos disfuncionales. El "detalle" de las placas habla mucho de nuestros valores cívicos en la ciudad. De nadie más, más que de nosotros mismos.
Ahogado por la falta de dinero, el gobierno de Coahuila impulsó una reforma al código penal, para ahora sí proceder contra los onappafas. Ante el nuevo operativo, uno pensaría que ahora sí el gobierno va a meter orden, y ojalá así sea. Sin embargo, bajo la presunción de que se trata de otro operativo más, los ciudadanos onappafa saben bien que siempre habrá forma de darle la vuelta a las obligaciones. Si el gobierno aprieta, entonces las organizaciones presionan hasta hacer de los operativos, un esfuerzo irrelevante. Al mismo tiempo un gobierno que renuncia a sus deberes termina por alimentar el círculo vicioso. Lo grave del asunto es que en la calles siempre habrá, bajo esas reglas del juego, motivos para doblar la ley. Entonces ¿tendríamos que sorprendernos de la inseguridad que nos agobia? Es curioso cómo el gobierno mide con distintas varas. Mientras ciudadanos onappafa señalaron en las pancartas de protesta, "otro moreirazo", el mismo gobierno ha dejado impune la megadeuda. ¿Será que también tenemos un gobierno onappafa? Todo parece indicar que sí.

15 de octubre 2014
El Siglo de Torreón
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1047472.ciudadanos-onappafa.html

Fina persona


Con razón de sobra, nuestros políticos son el centro de las críticas, el repudio y hasta los males públicos. Ese discurso está bien aceptado en la opinión pública, de tal forma que cuestionarlo es inadmisible. En la avasallante lógica de la colectividad, los culpables son ellos y nadie más. Sin embargo, para decepción de ese pensamiento, los políticos no son los únicos actores en la vida pública, y no siempre, son los más decisivos. Tampoco, para desilusión de los críticos, son los únicos responsables de eso que llamamos política. Con desdén suele decirse que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Pero como bien apunta Antonio Navalón, tenemos los gobiernos que se nos parecen. Frecuentemente aquellos hombres que despreciamos hasta la ignominia, no vienen de fuera de la sociedad, sino provienen de la sociedad misma. Cuando señalamos a los diputados como representantes del desprestigio público, señalamos también a la representación de los ciudadanos de tal o cual distrito en país. Pero lejos de haber un ruptura entre unos y otros, como sugiere la crítica convertida en cliché, hay una cierta congruencia entre las prácticas políticas de ambos. No es solamente que el político al obtener el poder se transforme, sino que sus prácticas para bien o mal, reflejan un mismo piso compartido con los ciudadanos. De nadie más. A los nombres particulares, sean regidores, diputados o distinguidos gobernadores, lo que se corresponde son una serie de prácticas compartidas que se aceptan y se reproducen. No descubro nada nuevo, más bien trato de describir la correspondencia que hay entre políticos y ciudadanos. Más que hacer una distinción, habría que empezar por reconocer un piso común. La crítica más recurrente supone una separación de ambos. Unos, los ciudadanos, son puros. Otros, los políticos, son el mal. No obstante, cada vez que apuntamos de los hombres públicos sus vicios, errores o corruptelas, habría que dar un paso atrás para comprender, no las diferencias, sino la congruencia de las prácticas. De esa manera, encontramos cotidianamente similitudes que no deseamos ver, porque al final es más sencillo culpar a unos, que aceptar lo propio. Así, es más revelador de nuestra vida pública lo que hacen los ciudadanos, que los representantes públicos.
Recientemente, tras el huracán que afectó a Baja California, se evidenció en extremo el comportamiento de los ciudadanos. No de todos, pero sí de una significativa masa que se apoderó de las calles mientras el caos reinó en la ciudad. El paso de "Odile" causó graves daños, pero esa fuerza natural mostró que al no haber autoridad todo está permitido. En consecuencia se generalizaron los saqueos y la rapiña en los comercios. Pero no se trató solamente de "recolectar" alimentos o agua para la supervivencia, sino de ir por televisores, cerveza y hasta artículos navideños, como quien prepara con antelación las fiestas. Al mismo tiempo, en las colonias de Los Cabos, también se organizaron defesas contra los delincuentes que más tarde volvieron a saquear comercios. Bajo cierta variante, "Odile" también convocó a Fuente Ovejuna. Con el pretexto de la masa anónima saquear se volvió común. En un acto de congruencia, Joaquín Téllez Álamo, coordinador de Protección Civil en el municipio de Cabo San Lucas, salió del anonimato de la masa. Su domicilio se convirtió en bodega de motocicletas, refrigeradores, estufas, camas, bicicletas, aparatos electrodomésticos, y hasta muebles de salas. El hombre hizo su propia tienda departamental, según mostró la Procuraduría General de Justicia de Baja California, quien detuvo a la fina persona. Sólo falta que el ayuntamiento le otorgue un bono de productividad.
Pero dejemos las eventualidades climáticas, porque es en el día a día cuando los ciudadanos demuestran el contenido de la política. Más vale que no nos sorprendamos.


El Siglo de Torreón
1 de octubre 2014

http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1042695.fina-persona.html

domingo, 17 de agosto de 2014

Ciudadanos ¿quiénes son?


Gustosos por el mundo de las apariencias, culpamos de los problemas públicos a la minoría en el poder. El juicio tiene razón en buena parte, pero también está incompleto. Aunque, tampoco faltan razones para las condenas, los reproches, las decepciones y hasta los golpes. Hace algunos años, en la "plenitud del poder" Silvio Berlusconi fue golpeado por un ciudadano en la calle. Tanto hartó il cavaliere que terminó ensangrentado.
En esa narrativa, parece que los únicos responsables de la vida pública son los políticos. En México hemos construido un discurso sobre la culpabilidad de nuestros males públicos. Por lo tanto, el principal blanco está en los políticos, ¡y vaya que sobra razón! Pero algo más grave oculta el señalamiento, cuando los ciudadanos en la responsabilidad pública, se excluyen como si fueran de otro mundo. Siempre los otros son los culpables.
Como hombre público, el político podrá encarnar todos los males señalados por los ciudadanos, pero, si de algún lado sale el político es de la sociedad misma. Entonces, más que sorprendernos sobre los políticos, habría que ver antes a los ciudadanos. Sin duda alguna, para comprender nuestra vida pública, hay que ver más que a los políticos, a los ciudadanos. ¿Quiénes son?
Recientemente se publicó un extenso y bien explicado estudio sobre las prácticas de los ciudadanos en el país. Promovido por el entonces IFE, el Informe país sobre la calidad de la ciudadanía en México (2014, 277 páginas), es una investigación que muestra prácticas compartidas entre los mexicanos. La relevancia del Informe está en la aportación de datos puntuales sobre valores, percepciones y prácticas ciudadanas. En pocas palabras, la manera en que hacemos ciudad de manera cotidiana.
El primer dato que salta a la vista es la enésima confirmación de que los mexicanos desconfiamos de las instituciones públicas. Por ejemplo, una de las fortalezas en las democracias consolidadas, es el estado de derecho, pero muchos ciudadanos en México (66%), considera que la ley se respeta poco o nada. ¡Así ni cómo! La desconfianza en la ley es un círculo vicioso que reproduce a su vez otras prácticas. Cuando algún ciudadano es víctima de un delito, la respuesta más común es no denunciar. 6 de cada 10 no denuncian por tres razones: No sirve de nada (63%); falta de confianza (52%), y malas experiencias en el pasado (40%). Aunque ahora el gobierno envía a la cárcel a las llamadas autodefensas que no se alinean con su política, el surgimiento de grupos que toman la justicia por propia mano, parece producto de las mismas prácticas que tenemos como sociedad. ¿Habría que sorprendernos?
Votar no es la única forma de participación ciudadana. Es sólo una parte. Así lo preocupante no es sólo el abstencionismo que suele otorgar un cheque en blanco a los gobernantes, sino el pobre nivel de vida comunitaria. En otras palabras, los mexicanos somos poco unidos para las causas en común. La mayor asociación se da entre los grupos religiosos, ahí, sólo un 20% de mexicanos participa. 18% forma parte de alguna asociación de padres de familia. 14% participa en algún grupo deportivo. 11% está en un partido político. Casi 7% asiste a reuniones vecinales en su colonia. En términos generales, no hay un amplio interés en los asuntos comunes, pero sí lejanía. Allá que lo hagan otros dirán.
De acuerdo con el estudio, "el reto de fortalecer la vida comunitaria en México es tan grande como importante en la consolidación de su democracia. Aunque en las últimas décadas ha sido testigo de la institucionalización de elecciones libres y justas, México tiene todavía un desafío pendiente en la generación de una cultura cívica más vibrante y comprometida."
Somos una democracia en busca de ciudadanos. 53% de los mexicanos apoya la democracia como forma de gobierno. A 8% le da lo mismo, y al 23% preferiría un gobierno autoritario. Nunca falta quien extrañe a Díaz Ordaz.
Pero no todo está perdido. Confiamos en el ejército, en los maestros y todavía en la iglesia, no obstante los pederastas. Desconfiamos eso sí de los diputados, que están en la escala más baja de descrédito. Le siguen los partidos políticos, con un 19% de confianza. Y las policías, con un 32%.
Mucha responsabilidad tiene el gobierno con sus resultados, pero más responsabilidad tiene una ciudadanía tan poco comprometida con su comunidad, con su espacio público. Al final del día, no nos sorprendamos por lo que reflejan los políticos de sus ciudadanos.
16 de julio  2014
El Siglo de Torreón 

domingo, 11 de agosto de 2013

Nos han fallado


La naturaleza del poder no cambia mucho ni tampoco sus aspiraciones. Cambian sí los actores y las circunstancias. Las intrigas, el golpeteo y la cortesía acompañan todo el tiempo. Se puede jugar todo por conseguirlo, y también se suele perder todo cuando no se tiene. Hay una larga literatura que ha descrito las glorias y desgracias. A base de historias, los ejemplos y las comparaciones sobran. Al fin, es también la naturaleza humana.

Algunos hombres de poder suscitan admiración, pero otros, desprecio. Quizá sean los más. No me asombra quien ejerce el poder; es lo que se espera. Asombra quien habiéndolo conseguido, no lo asume ni por asomo. El caso contrario es el poder que desborda. Alguna vez uno, en nuestras modestas tierras, afirmó encontrarse en “la plenitud del pinche poder”. Dicho en otras palabras, en la impunidad absoluta. Pero dadas las condiciones en México, más que democracia, abunda la cleptocracia. En un entorno así, lo relevante es llegar al poder, aunque su ejercicio no pase más allá de los beneficios privados. Es el poder público al servicio de los bienes privados: la república inútil.
Un gran sociólogo alemán caracterizó esos gobiernos como patrimonialistas. En sus vertientes, hay un cierto gobierno notable en el México de nuestros días. Es el de los aspirantes al poder que se conforman con llegar. Ya no preocupa tanto ejercerlo, darle contenido, sino puro usufructo de los bienes públicos. Responsabilidad y resultados salen sobrando. Tampoco extraña una percepción bien extendida sobre este tipo de políticos, que pudiéramos caracterizar como fallidos. Pero no nos engañemos, porque en realidad sólo reflejan a la otra parte: los ciudadanos.

Ustedes escojan el lugar y los nombres, casi encontrarán un patrón de la inutilidad política. Como una expresión común de malestar, retomo dos voces. Una: “Los políticos son los que nos han fallado y nos han llevado a donde estamos. El origen de todo esto que pasó en Guerrero tiene un nudo político, y por eso el Ejército en qué vergüenzas anda cayendo. ¿Cómo es posible?”.

Dos: “El problema es político. Los gobernadores, que, más que gobernar, desgobiernan, no tienen el carácter suficiente para aplicar la ley porque tienen miedo”. Tal vez exista nostalgia del pasado, pero ambas expresiones podría haberlas dicho cualquier ciudadano en las calles, con la particularidad que las expresaron recientemente un par de generales retirados. Lo relevante de la crítica no es que provenga de unos militares, eso es lo de menos. Lo grave es la descripción de un estado común entre políticos mexicanos. Sería absurdo decir que todos, pero a juzgar por los resultados y las responsabilidades, a muchos les dio por llegar al poder para no ejercerlo. En esa lógica, basta conformarse con estar, sin importar el valor público que se genera. Hay mucho de fallido en esa visión que encuentra en el poder un accesorio vacío. Pero también hay mucho de común entre los políticos que nos han fallado.

9 de agosto 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9188410

Michoacán: mejor debatir las drogas


Cuando creíamos haberlo visto todo, aparece una nueva desgracia. Como otras veces, Michoacán es el escenario de la degradación, pero en la vorágine de la violencia también están Guerrero, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas… Al final la violencia continúa en México, a pesar de que cada vez hablemos menos de la misma. La actual política de comunicación saca el indeseable tema de la seguridad de los reflectores mediáticos, lo cual no evita que la violencia continué. Como en el cortísimo cuento: la sangre sigue ahí.

Fracaso tras fracaso, Michoacán es el paradigma de estado donde el gobierno es un actor impotente, ni siquiera ineficaz, para resguardar el orden y la seguridad de los habitantes. Allá cada quien hace lo que quiere: los criminales, los políticos, las llamadas defensas comunitarias, los maestros. Ya hasta resulta anecdótico que la entidad no tenga gobernador, o que la licencia evite las responsabilidades del votado Fausto Vallejo. ¿Dónde estará el viejito? Ahora el ejercicio del poder se limita a alcanzar el cargo, pero no asumirlo con todas sus responsabilidades. Revuelto el ambiente en Michoacán, el poder lo toma el más bárbaro, el más salvaje. A punta de fuerza, a punta de pistola, los criminales han pretendido una ideología e incluso, una pseudoreligión: la familia, los caballeros. Al fin ambas figuras trastocadas, tergiversadas, perdidas.

En esta matazón que no parece encontrar tregua, unos optan por la violencia, y otros por el debate. A pesar de sus estúpidas declaraciones, el expresidente Vicente Fox ha sido un necesario portavoz de la legalización de las drogas en México. Contrario a la visión dominante del combate, el Centro Fox acaba de organizar un pertinente simposium sobre la legalización y uso médico de la cannabis. Lo interesante del encuentro no es sólo la posición a favor de la legalización de las drogas, eso ya lo sabemos, sino la experiencia directa de ciudadanos integrados a un mercado llamado a la legalidad en Estados Unidos, especialmente en los estados de Colorado, Maryland y Washington.

Pero la relación con las drogas importa no sólo por las implicaciones morales, ustedes pueden rechazar o no el consumo, sin embargo, lo que no podemos rechazar es la defensa de la vida misma. En nuestro país la violencia alcanzó niveles descomunales, por lo mismo, el problema nos debe de interesar tanto como el valor de la vida. El prestigioso ex secretario de Salud en México, y actual decano en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, Julio Frenk, comentó en el Centro Fox: “Prohibir las drogas en México no ha reducido su consumo y, al contrario, ha traído otras consecuencias, como la violencia… Las papas fritas o las fritangas también hacen daño y no están prohibidas. Se trata de traer al debate políticas que vayan mas allá de la prohibición”. 

Por supuesto que el tema de la legalización (no sólo despenalización), es más complejo que una dañina fritanga, pero por mucho más preferible que seguir con la matazón y los gobiernos tomados por el crimen. Michoacán fue el fracaso de Felipe Calderón, y para como está el estado, ya lo comparte también Enrique Peña Nieto.

26 de julio 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9187225

lunes, 29 de abril de 2013

De impuestos y tenencia

Muchas cosas se dicen de los ciudadanos y del gobierno, pero en concentro, los derechos y sobre todo, las obligaciones nos dicen más de ambos en una democracia. A los ciudadanos nos gustan los derechos, ¡y a quién no! Pero cuando se trata de obligaciones parecemos rehuir. Algo así como ciudadanos a medias. Para recibir estamos atentos, para aportar nos vemos más tarde...
A nadie le gusta pagar impuestos, pero indudablemente, es una condición mínima para el orden del Estado y las instituciones. Mucho o poco, los impuestos, son el dinero público detrás de la mayoría de las obras, los espacios comunes, e inversiones. En ese sentido, hay toda una discusión acerca de la legitimidad de los impuestos, pero en lo que no hay duda, es en la inevitabilidad de los mismos. De acuerdo o no, la obligación de los impuestos es una condición de los ciudadanos. ¿O cómo pensar que se hace el gobierno?

Es cierto, hay unos impuestos más odiosos que otros. Por ejemplo la tenencia, que de unos años para acá se ha puesto de moda quitarla en algunos estados de la República: Querétaro, Durango, Chiapas, Morelos, Puebla, Guanajuato y Jalisco. En otros estados, como en Sonora la promesa no cumplida del gobernador Guillermo Padrés, originó un escandaloso movimiento por la no tenencia. Con menos fuerza, en Coahuila también han surgido grupos en contra de la tenencia. Nada más en Torreón, 18 mil automovilistas han “presentado” amparos contra el impuesto, según declaró Sergio Nava, dirigente de “Sociedad Civil Organizada”.

Uno de los argumentos que dan los quejosos, es la promesa incumplida del gobernador Rubén Moreira, pero aún y cuando la promesa se firme ante notario, ésta no tienen validez para obligar al gobernante. Por lo tanto, es un argumento improcedente.
El líder automovilista da también un argumento económico: “Hemos promovido alrededor de 18 mil demandas de amparo, que equivalen a vehículos que no podemos pagar el alto y excesivo impuesto de control vehicular”. Pero curiosamente entre los amparos están autos de lujo y modelos un tanto recientes. ¿En verdad no pueden o no quieren pagar los impuestos? Regresamos al punto. Derecho: sí queremos usar autos. Obligación: no queremos pagar impuestos por el uso.

Otra curiosidad del argumento económico, supone que es “alto y excesivo impuesto”, pero tener un auto, cuesta anualmente, según el vehículo entre 15 mil y 45 mil pesos nada más en gasolina. Por mucho, varias veces más que la misma tenencia. ¿En verdad no pueden o no quieren pagar el impuesto? A nadie le gusta pagar impuestos, y más con los gobierno que nos cargamos, pero independientemente del gusto, es una obligación del ciudadano. Y si no, ¿con qué cara reclamar luego? Hay quienes han encontrado la salida para evadir impuestos a través del amparo. Pero en el fondo, los supuestos 18 mil amparados, lo que están evitando no es el pago de los derechos vehiculares y la tenencia, sino la corresponsabilidad que implica la ciudadanía. Como su pares, los ciudadanos Onapaffa, lo que promueven los supuestos amparados son versiones de ilegalidad y evasión de impuestos. Tanto gusto encontraron, que hasta se indignan cuando se les cuestiona. En pocas palabras, nada más truhán que promover la evasión con miles de firmas bajo el pretexto de “sociedad civil”.

24 de abril 2013
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9178659

domingo, 6 de enero de 2013

Ciudadanos ¿quiénes son?


Mal y de malas decimos sobre nuestros gobiernos, pero pocas veces reparamos que si algo reflejan los gobiernos que tanto criticamos, es a los ciudadanos. Entonces, ahí la cosa cambia. Ya no nos gusta tanto señalar, incluso no excusamos con el desinterés o la descalificación en automático: “allá la política, yo me dedico a lo mío”. Hacia el último tercio del siglo XIX, cuando al fin logramos estabilizar un gobierno y dar contenido al estado en México, se idealizó al ciudadano. Incluso, ingenuamente creímos que las leyes escritas como las mejores del mundo, harían al fin, un idílico ciudadano. Ni una cosa ni otra. No fuimos lo que imaginamos. Al respecto, busquen el fascinante libro de Fernando Escalante, Ciudadanos imaginarios, Colegio de México).


Fuente: Encup 2012

Sin embargo, lo que interesa es lo actual. ¿Cómo somos los ciudadanos en el México de hoy? ¿Cuál es nuestra expectativa sobre la política? ¿En quién confiamos? Desde hace varios años, la Secretaría de Gobernación promueve un amplio estudio sobre las prácticas, habilidades y hábitos políticos de la ciudadanía. Se trata de la Encuesta nacional sobre cultura política y prácticas ciudadanas, con ediciones para los años 2001, 2003, 2005, 2008 y 2012. La más reciente, con una muestra de 3, 750 casos, fue recién publicada en diciembre del año pasado. Retomo algunos datos.
Para la mitad de los ciudadanos en nuestro país, la política es un asunto muy complicado. Tanto, que a la gran mayoría, 65%, le interesa poco. En otras palabras, para bien o para mal, lo que suceda en la política que impacte sus vidas, ¡no le interesa! Por lo mismo, tenemos políticos tan cómodos que canalizan a su favor ese desinterés. Al contario, sólo 16% le interesa mucho la política. Prácticamente una minoría. Paradójicamente la democracia es un gobierno de mayorías, pero entre nosotros, nada más 18% tienen un conocimiento amplio de lo que sucede constantemente en el país.
Fuente: Encup 2012

¿Qué piensan los mexicanos de la democracia? 6 de cada 10 ciudadanos prefiere la democracia como forma de gobierno. Aunque a 21% le pareció que en algunas circunstancias es preferible un gobierno autoritario. No obstante, 51% se siente insatisfecho con los resultados democracia. Aun así, ya lo decía un famoso político inglés que le tocó luchar contra el nazismo, es el menos peor de los gobiernos.
Es un lugar común maldecir la política por asociación a la corrupción. Pero de cara al gobierno, 7 de cada 10 mexicanos en el país reconoce que los ciudadanos permiten que haya corrupción. ¿Más claro? El dato no sólo es abrumador, sino ofrece una imagen desnuda de los ciudadanos ante el espejo del gobierno. Otra vez, en una proporción similar, 73% afirma que los gobernantes cumplen poco la ley, pero ¿no será más bien reflejo de los ciudadanos que en esa magnitud también la incumplen? Por supuesto, la autocrítica no nos gusta.
Fuente: Encup 2012

En una escala del 0 al 10, todas las autoridades gubernamentales, desde diputados, jueces, presidentes municipales, gobernadores, partidos políticos y policía, están reprobados con 5 ¡y hasta menos! El descrédito es generalizado, y muchas autoridades han hecho todo lo posible porque así sea.
En cambio, la familia es la institución con más confianza entre los mexicanos (7.8 de calificación). Le siguen los médicos (6.6), los maestros (6.3), la iglesia (6.4) y todavía el ejército (6.1). Por supuesto, el estudio da para más. Les propongo abordar en otro texto, las capacidades cívicas para el cambio social. 
6 de enero 2013

martes, 1 de enero de 2013

La sociedad cerrada




¿Qué ciudad estamos construyendo ahora? ¿Cuál es la ciudad que vamos a disfrutar o padecer en las próximas décadas? Sólo dos preguntas, no más, son las que me preocupan al conocer nuevamente sobre las acciones de los ciudadanos que cierran las calles para protegerse. Es profundamente significativo que como sociedad, la respuesta más firme a la crisis de seguridad que vivimos, es cerrarse. Ya hemos levantado muchas bardas y todavía nos esperan más. Prácticamente el modelo de vivienda en auge, edifica una ciudad amurallada, cerrada contra sí misma. También las autoridades, ante el fracaso por garantizar la seguridad a los ciudadanos, han destruido brechas y avalado el cierre de calles, pero todavía son incapaces de construir puentes y lazos de confianza. O ¿quién puede confiar en un gobierno que tapa un megafraude, o en uno que no le interesa tener servicios públicos de calidad? Atrás queda el Torreón mítico que se construyó abierto para el paso de los ciudadanos. Hoy son los ciudadanos los que proponen cerrar espacios públicos, no sólo por el hecho material de obstruir el paso, sino por la ausencia de confianza.

Cuando 7 de cada 10 ciudadanos en Torreón perciben la inseguridad como el principal problema (Politeia, nov 2012) en la ciudad, casi cualquier cosa, por más ilusoria o contraria a las libertades, encuentra terreno fértil. No hay que olvidar la lección que nos dejó el siglo XX, un siglo de gran matazón. Fue precisamente ahí donde la decepción de la democracia, aunado a la desconfianza por las libertades, abrió las puertas a las peores dictaduras o regímenes totalitarios. Por supuesto, no sugiero que eso estamos promoviendo tal cual, pero en el fondo, la semilla del temor y la desconfianza, aunado a un estado débil, es un caldo de cultivo para la justicia por la propia mano; para el estado de todos contra todos
No nos extrañe que le día de mañana, la sociedad que hoy se cierra, se también la pide suprimir libertades. Porque no se trata solamente de los cierres materiales con jardineras, bardas o rejas, sino de los cierres sociales que implican una sociedad segregada, cerrada para sí.

La expropiación de los espacios públicos hoy, es un mensaje desalentador para la ciudad del mañana. Lo que ahora nos parece adecuado, por ejemplo, cerrar calles, mañana puede volverse contra nosotros mismos. Como fácil ideología, nos gusta repetir que debemos reconstruir esa entelequia llamada “tejido social”; pero por otro lado, la acción más relevante de los ciudadanos, es cerrar el paso a otros ciudadanos. Difícilmente de ahí puede venir la confianza, la apertura para el encuentro de los ciudadanos.

Posdata
Aunque parezca irrelevante decir que los cierres de calles contravienen la constitución, ¿habrá todavía en nuestra ciudad algún joven abogado dispuesto a amparase contra el cierre de las calles? Si no, a manera de paráfrasis ya tenemos el prólogo de “La sociedad cerrada y sus amigos”.

28 de diciembre 2012
Milenio http://laguna.milenio.com/cdb/doc/impreso/9168265